Memorias de un soldado cubano

Fragmentos de los capítulos El Ejército pasa a la acción y soy el primero en llegar al campamento

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Yo  he  querido muchísimo al Che; hubiera sido capaz de morir  por  él  en cualquier  momento,  de  darle  todo  lo  que estuviera a mi alcance, pero  se  le  ha consagrado con el título de hombre sin manchas y, honradamente, yo no creo que así fueran las cosas. Para mí esto son manchas: cuando, haciendo uso de su poder, no se le da al agredido la oportunidad de defenderse. Eso no es ni más ni menos que avasallar al subalterno y es lo que en verdad él hizo con nosotros, que por una mezcla de respeto, de admiración y de miedo callábamos. Así sucedía conmigo y no pienso equivocarme si digo que, con los  demás compañeros, también sucedía lo mismo.

Ya he hablado de los castigos que él solía infligir por cualquier falta o error, y eso que nadie está exento de cometer faltas o errores, sobre todo en aquel tipo de condiciones. Un verdadero miedo a él se había apoderado de nosotros, ya desde la Sierra Maestra, por esas medidas despiadadas que él a veces tomaba. Yo  lo que pretendo es hacer la historia verdadera con el fin de que, en un futuro, quizá cercano quizá lejano, se la  pueda conocer y sirva a los que nos sucederán a nosotros. Repito que, aún con todos sus defectos, respeté y amé al Che como hombre y como revolucionario, por su integridad y sus principios. Pero, si de verdad se quiere hablar seriamente, no se pueden omitir los errores que se  hayan cometido, vengan del lado que vengan.

Eso me parece ser la vía de la honradez, y yo creo haber trabajado en todo  el transcurso de mi vida con mucha  honradez, independientemente de los errores que yo mismo pueda haber cometido. Al principio, al Che lo veía, digamos, como  a un ser extraño. Yo no estaba acostumbrado a ver extranjeros, y tampoco lo estaba la mayoría de los campesinos de  la Sierra Maestra. Ese argentino que  hablaba de manera rara, con una serie  de costumbres ajenas a las nuestras, nos sorprendió sobremanera. Y el hecho de verle con un fusil al hombro para ayudarnos a hacer nuestra revolución, aunque él no fuera cubano, ya  eso  iba  creando  en nosotros un mito de superhombre,  de una valentía absoluta. Es verdad que él demostró ser un hombre valiente, inteligente e intransigente en sus ideas, en su forma de actuar y de pensar. Pero ese mito se fue creando también con otra cosa, que era su forma de actuar con los compañeros. Por ejemplo, cuando uno huía botando un fusil, nosotros más bien tratábamos de disfrazarlo, de darle otro matiz, mientras que el Che no vacilaba en decirle: “Tú eres un  cobarde,  eres esto, eres lo otro”.  Y nosotros,  sin darmos cuenta que estaba humillando al hombre a la máxima expresión, tomábamos gusto a que se le dijera que  era un cobarde e incluso nos  dedicábamos a propagarlo: “que el Che  cogió a fulanito de tal y le dijo esto,  esto, y esto porque  es  un  cobarde, porque robó tal cosa, y el Che lo castigó de tal forma”. Cuando nosotros veíamos a un hombre cometer un error que a nosotros no nos agradaba,  pero no nos atrevíamos a decirlo por  miedo a cualquier represalia, veíamos que el Che cogía y le decía: “Eres un descarado, eres un ladrón, eres esto, eres lo otro”. Así fuimos viendo al Che como a aquel hombre que sí se enfrentaba a todas  las  cosas. Lo digo sin la menor  hipocresía, así le veíamos nosotros. El  Che tenía el valor de decirle a cualquiera lo que sentía. Por ejemplo, muchas veces lo vi interrogando a un hombre o cuando un hombre le estaba informando sobre cualquier situación,  y él se quedaba fijo mirándolo y, después  que el hombre hubiera terminado, con un carácter serio, muy fuerte, le decía: “Mira, tú lo que estás hablando  es  mierda”. Así, tranquilamente. Entonces  nosotros, los analfabetos, los que no  teníamos casi ningún tipo de ideología, mirábamos aquello casi como aplaudiendo al Che, sin darnos cuenta de que muchas de aquellas cosas de ideología y de principios él no se las explicaba al hombre. Eso no era más que una forma de apoyarse en su mando y avasallar al  subalterno. No puedo ocultar que para mí, verdaderamente, esas son manchas.

También, muchas veces, actuaba marcando preferencias, por ejemplo: Pombo y el Tuma podían cometer cualquier error y el Che no lo veía, podían tener en sus mochilas cualquier tipo de confituras para comer y el Che no las veía —pero si las tuviera cualquier otro él ya lo sabía, sabía incluso cómo las tenía, y enseguida lo llamaba para arreglarle cuentas. Veíamos que, a escondidas del Che, Pombo iba y sacaba  productos  de  la  cueva,  y  después  se  los  veía  por  allá,  a  él,  al  Tuma  y a Ricardo, que eran los que hacían del Che lo que querían, comiendo cualquier cosa; y el  Che se quedaba pasivo. Y eso que a menudo se  ponía hasta grosero con otros compañeros. Yo, por  ejemplo, un día me lo encaré. Cuando yo iba a cocinar, ya estaba inventando lo que iba a cocinar, y él vino y me dijo:

—¿Qué estás haciendo?

—Voy a hacer la comida.

—¿Y qué vas a hacer?

—Bueno, voy a hacer unas papas sancochadas y una camita ripiada.

—No, no hagas esa camita ripiada, haz un arroz con frijol y sardinas.

—Bueno, como usted mande.

Esa palabra le cayó muy mal y contestó:

—¡Como mande yo no, chico! ¡Como me sale de los cojones mandarte!

—No, pero espérese, yo no le hice a usted nada, yo no lo he ofendido a usted en nada para que usted me conteste de esa forma tan bruta, yo creo que yo no le he faltado al respeto a usted.

Pero él me dio la espalda y se fue sin contestar palabra. Yo creo que eso fue producto del informe que le acababa de hacer el compañero peruano Sánchez, como que éste se iba a retirar para Perú. Yo oí que iban hablando de los soviéticos y de la no ayuda de Cuba.

Así, actuando él así, se  fue  construyendo el mito. Tanto por parte  de  la dirección del movimiento como  de  nosotros, de las tropas, se iba  sintiendo  un respeto y una admiración cada vez  más grandes. 

FRAGMENTOS DE LOS CAPÍTULOS EL EJÉRCITO PASA A LA ACCIÓN Y SOY EL PRIMERO EN LLEGAR AL CAMPAMENTO

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