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I

La única figura verosímil del detective en México se le debe a Valente Quintana, nacido en Matamoros, Tamaulipas, en 1890. Es personaje del policiaco real y no de la ficción. Valentín Herrera, el policía investigador de Ensayo de un crimen, de Rodolfo Usigli, y Filiberto García, el célebre matón con ínfulas detectivescas de El complot mongol, de Rafael Bernal, están inspirados en Quintana, a quien a finales de la década de 1920, a instancias de Emilio Portes Gil, se le encomienda investigar casos como el de José de León Toral y Concepción de la Llata, la Madre Conchita, perpetradores del asesinato del presidente Obregón. Quintana se hace pasar como preso en la cárcel de Belem para que lo encierren en la misma celda que Toral. Ahí lo interroga, descubre su verdadera identidad y sus vínculos con la monja que ordenó el magnicidio.

Según el diario El Ilustrado, Quintana mandó a prisión a alrededor de cien mil
criminales. Sin nada que certifique ese dato todo parece indicar fue otro servicio más de la prensa en favor del régimen y la “lucha contra el crimen”. El primer caso resuelto por Quintana fue cuando muy joven fue acusado de ladrón mientras trabajaba en una tien-
da de abarrotes en Brownsville, Texas, y él se encargó de desenmascarar a un compañero suyo. Poco después se matriculó con honores en la Detectives School of America y regresó a México luego de rechazar un cargo como inspector que le exigía renunciar a la nacionalidad mexicana. En 1917 ingresó a la Inspección General de Policía como gendarme y rápidamente ascendió como auxiliar, agente de segunda, de primera, jefe de grupo, comandante de agentes y jefe de las Comisiones de Seguridad. Durante ese tiempo fue tejiendo una eficaz red de informantes callejeros. Investigaba desde robos de autos hasta secuestros y sabía muy bien mirar hacia otra parte cuando sus pesquisas lo llevaban con los altos funcionarios de gobierno o con personajes de la alta sociedad mexicana.

II

En su obra Muertos de papel, Vicente Francisco Torres destaca como uno de los mayores logros de Rafael Bernal en su novela canónica El complot mongol, extrapolar a través de su personaje Filiberto García, los valores de la aristocracia militar postrevolucionaria mediante un logrado lenguaje coloquial y una aguda crítica al sistema político, representado por el PRI. Es casi seguro que Bernal estaba al tanto de las andanzas de Valente Quintana, y luego de varios intentos fallidos creó un personaje paradigmático en el policiaco mexicano. Como coincidencia, el área de investigación de Valente Quintana y de Filiberto García era el Primer Cuadro de la Ciudad de México. La novela triunfa entre los lectores porque introduce un componente nuevo en un género menospreciado hasta entonces por las élites literarias mexicanas: la denuncia con sentido del humor y tintes nacionalistas. El matón García representa a la clase militar revolucionaria que comienza a construir un poder político y una idiosincrasia a partir de la corrupción. Antes de El complot mongol, la literatura policial mexicana era un remedo de la gringa, sobre todo. Hoy en día, abunda el policiaco mexicano que es un remedo del logro de Bernal.

Valente Quintana atravesó toda una era de la delincuencia capitalina que cubre más de cuarenta años de cambios a la medida de la personalidad rocambolesca del detective, donde los bajos fondos construirían cercos ante la hostilidad del poder político. Como pocos policías Quintana trató con homosexuales, lesbianas, “linajudos”, travestidos, prostitutas, padrotes, ludópatas, bohemios, delincuentes de poca monta y criminales de postín, estafadores, toxicómanos y traficantes. En 1920 se inaugura el Salón México. Para finales de esa década Agustín Lara era el compositor prostibulario consentido del pueblo pese a que su música es prohibida en las escuelas. Hay represión sexual en lo diurno pero en los vericuetos de la noche la capital del país es libertina y divertida.

Cuando a inicios de la década de los cuarenta el país comienza su acelerada transformación de lo rural a lo urbano, ya había tomado mucha fuerza la vida nocturna capitalina. No existía el concepto de “cabaret” que poco después sería explotado ad nauseaum por el cine mexicano, pero sí se había conformado un espacio urbano repleto de burdeles y zonas prostibularias en el perímetro de lo que hoy conocemos como Centro Histórico y sus alrededores. Curiosamente Quintana nunca estuvo a cargo de casos célebres como el de la Miss México María Teresa Landa, que vaciara un revolver en el cuerpo de su marido en 1928; la investigación y captura en 1942 de Gregorio Goyo Cárdenas Hernández, el asesino serial de mujeres más célebre del país; de los crímenes cometidos en la colonia Roma como los de La Ogresa Felicitas Sánchez Aguillón, abortera de damas de sociedad e infanticida, detenida en 1941 en la colonia Buenos Aires; el asesinato de Joan Vollmer por su marido William S. Burroughs en 1951; o la detención en 1957 del Matacuras José Valentín Vázquez Manrique, Pancho Valentino, quien asesinó a sangre fría al padre Juan Fullana en una parroquia, entre otros muchos casos de nota roja que sacudieron a la Ciudad de México durante casi cinco décadas.

III

El papel de Quintana como detective de la recién conformada Policía Secreta del Distrito Federal corresponde más al perfil de un personaje de melodrama negro del cine mexicano. Engolado, vestido a la moda y de sombrero, sabía fabricar culpables cuando la ocasión lo requería. Su personalidad histriónica lo llevó a batirse en duelos a balazos para salvar el honor de un pulquero o a disfrazarse de leñador, vagabundo u homosexual callejero para investigar delitos. En alguna ocasión recibió en su domicilio 87 periódicos del emporio de William Randolph Hearst, que había publicado la biografía del detective mexicano tras su éxito al atrapar a Clara Phillips, quien luego de asesinar a su amante a martillazos huye para la capital mexicana y al saberse perseguida, se esconde en Honduras y Guatemala, donde es detenida por órdenes de Quintana que le seguía la pista de cerca.

Filiberto García en versión ilustrada de El complot mongol. Foto: Especial

En 1925 Quintana pasó dos cortas estancias en la cárcel de Belén, la primera tras haber sido acusado de mandar matar a Teodoro Camarena, jefe de una banda de asaltantes a quien Quintana había mandado a la cárcel cuatro años antes, y la otra cuando le confiscaron más de mil sombreros panameños que había introducido de contrabando al país. Luego de estos incidentes, renunció a su cargo y se dedicó a la fabricación de refrescos. Sin embargo, gracias a los servicios prestados al gobierno de México, Quintana fue exonerado. En enero de 1929 regresó al servicio de la mano del presidente Portes Gil que lo nombra Inspector General de Policía y le da luz verde para formar el Escuadrón Selecto para la vigilancia del Primer Cuadro. A la postre, ese escuadrón se convertiría en el temible Servicio Secreto.

En ese momento la palabra “detective” adquiere un uso semántico de entretenimiento literario y con el paso del tiempo resulta improbable en la realidad mexicana, donde los crímenes casi nunca se esclarecen. Queda en su lugar la palabra “agente”, con su connotación siniestra e intimidante. El prestigio del agente no tan secreto crece a la par de una campaña de criminalización hacia los pobres de parte del poder oficial. Sin embargo, Quintana fue vinculado a casos de corrupción, empleó presos bajo libertad condicional para distintas comisiones al margen de la ley, tuvo en la nómina de la policía a empleados de su fábrica de refrescos, la fotógrafa Tina Modotti fue investigada e interrogada por él como sospechosa de complicidad en el atentado contra el periodista y revolucionario cubano Julio A. Mella, atacado a balazos en la Ciudad de México la noche del 10 de enero de 1929, en la esquina de Abraham González y Morelos. Modotti iba del brazo de Mella al momento de la ejecución y al igual que el cubano era integrante del Partido Comunista Mexicano, pero de un bando contrario.

“Su personalidad histriónica lo llevó a batirse en duelos a balazos para salvar el honor de un pulquero o a disfrazarse de leñador, vagabundo u homosexual callejero para investigar delitos.”

Quintana ejerció el cargo con eficacia y al igual que el resto de sus subordinados de la policía de la capital del país, hizo de la tortura y los encierros prolongados prácticas comunes en las mazmorras de un viejo edificio detrás de la Lotería Nacional, donde solían llevar a delincuentes menores pero también a los enemigos del sistema para darles su “calentadita”.

Los espacios de acción del temible Servicio Secreto eran boticas, mercados, hospitales, ahí donde los toxicómanos buscaban su dosis; mercados, cantinas, piqueras, casas de citas, calles como la de San Bartolomé de las Casas, el callejón de San Camilito, Cuauhtemotzin (hoy Fray Servando), las Vizcaínas, la colonia Guerrero, la Merced, la calle del Órgano o Dolores en el Primer Cuadro de la ciudad eran algunos de los muchos escenarios ideales para una policía dedicada a intimidar a la plebe descarriada. En algún momento Goyo Cárdenas Hernández y Valente Quintana se habrían cruzado en la misma zona de depredación, uno como el monstruo que rondaba cabarets y zonas prostibularias y el otro representando a la ley; Cárdenas Hernández brilla hasta hoy con el fulgor del mal que todas las sociedades necesitan para considerarse modernas. Su contraparte se fue apagando hasta convertirse en un pálido destello de la aplicación de la ley.

IV

Con Quintana como ejemplo, los demás agentes, sin ninguna preparación profesional y reclutados muchos de ellos entre personas humildes que ya habían aceptado servir de soplones a la policía, comenzaron a disfrazarse para hacer labores de investigación. El complot mongol, escenificado en el Barrio Chino en la calle de Dolores y las andanzas de Quintana se entreveran y de paso exhiben los prejuicios raciales del México moderno. Pinches chinos, pinche complot mongol. En aquellos años Quintana funda un bufete de investigaciones en San Juan de Letrán: “Academia de Detectives” digna del Londres de Sherlock Holmes y no de la Ciudad de México, donde el hampa y la policía son uno mismo. A sus egresados les obsequiaba una gorra y una pipa como las del genial personaje de Conan Doyle.

Hasta el inicio de la década de los cincuenta, el agente secreto estaba en boca de todo mundo cuando un delito quedaba sin resolver: “Si Quintana hubiera estado ahí”, repetía el populacho pese a que de ahí venían siempre los principales sospechosos y detenidos del sagaz personaje. Para entonces, la vida nocturna metropolitana cobra un auge contradictorio que se mueve entre el libertinaje y la represión. La nota roja periodística y la vida nocturna comienzan su época de oro, la noche se asocia con la maldad y sirve de oportunidad para moralizar a la sociedad. La “higiene social” se aplica en los antros, los salones de baile, los centros nocturnos y demás giros negros. La propaganda del miedo se disputa un lugar con el rumor de que en esta ciudad todo se vale y todo se puede mientras haya para pagarlo. La legión beat se golpeaba los antebrazos para pincharse los excesos que sobre todo la capital del país les ofrecía a precios de risa. El “tarzán”, el “cinturita” y el “pachuco” son protagonistas de un universo arrabalero y cinematográfico donde la “sicalíptica”, la cabaretera y el “tongolelismo” sirven de ejemplo para condenar la sexualidad sin fines reproductivos y fuera del matrimonio. Quintana baila, bebe, canta y disfruta de la sensualidad de los bajos fondos disfrazado de plebe, travestido como uno más. Así coerciona, intimida, investiga, apresa y construye su reputación como el gran policía del melodrama capitalino que la nota roja elevaría a niveles de epopeya.

“Quintana es encumbrado en las primeras décadas del siglo XX por una sociedad abiertamente intolerante y cada vez más represora.”

En 1952 entra en el escenario de la ciudad Ernesto P. Uruchurtu, el regente de hierro elegido por Adolfo Ruiz Cortines. Uruchurtu es un Damocles de la vida nocturna capitalina y las libertades civiles que en Quintana encuentra su espada. En 1953 se filman dos películas basadas en las aventuras del agente secreto: El misterio del carro express y El mensaje de la muerte, ambas dirigidas por Zacarías Gómez Urquiza. Sin embargo, el capitán de la Dirección Federal de Seguridad, Fernando Gutiérrez Barrios, torturador de Ernesto Guevara y Fidel Castro en 1956, nunca tomó en cuenta los servicios prestados por Quintana al gobierno mexicano. Para Uruchurtu todo era prohibición y destrucción para purificar a una sociedad que sólo buscaba divertirse, liberarse. De paso cerró miles de fuentes de empleo. En su cruzada moralizadora derribó teatros de revista como el Tívoli, clausuró definitivamente cabarets, aplicó la censura a los cómicos de carpa como Palillo y mandó cerrar los populosos caldos Indianilla, en la calle del mismo nombre en la colonia Doctores. Uruchurtu gobernó la capital hasta 1966, tres años antes del retiro de la vida pública del ejemplar agente de la policía.

La película de Zacarías Gómez Urquiza basada en
Valente Quintana. Foto: Especial

Quintana es encumbrado en las primeras décadas del siglo XX por una sociedad abiertamente intolerante y cada vez más represora, donde la conjunción de la opinión pública y la visión oficial construyen una idea de lo proscrito y justifican acciones represivas contra el peladaje construyendo una noción del miedo en torno a la noche, los seres marginales y sus espacios de entretenimiento y circulación. Además de sus memorias, inconseguibles, hay cartas, denuncias y opiniones de la prensa, así como un nutrido informe que cubre buena parte de la trayectoria de Quintana al frente de las comisiones de seguridad.

V

Uno de los pocos casos que Quintana no pudo resolver fue el de Carlos Balmori, millonario excéntrico español dedicado a las exportaciones, dueño de un ostentoso palacete coyoacanense con zoológico, quien además era majadero y prepotente. Quintana conoció a Balmori en una de las fiestas conocidas como “balmoreos” en el domicilio de Balmori; éste le comunicó que una mujer disfrazada de hombre le robaba grandes cantidades de dinero en una de sus fábricas y que estaba seguro de que la muy pérfida estaba presente aquella noche con el propósito de burlarse del anfitrión, por lo que en ese momento contrata a Quintana para que indague entre los invitados y desenmascare a la impostora. El detective había llegado a los “balmoreos” con una sólida reputación como jefe de la policía capitalina; entre sus logros estaba, por ejemplo, el haber descubierto el acceso secreto al convento de Santa Mónica, en Puebla, durante la persecución religiosa. De la mano del hermano del presidente Portes Gil, Francisco, en aquel entonces director de la Beneficencia Pública, había planeado una “balmoreada” para el presidente, que no llegó a realizarse debido a una cruda prolongada y feroz de la popular y extravagante Conchita Jurado.

“Quintana era el encargado de mantener a raya a la plebe que en todo momento parecía amenazar la tranquilidad de la burguesía capitalina.”

Quintana aceptó con la creencia de que había llegado una oportunidad sencilla de ganarse un dineral por sus servicios, pero después de un rato de fantochadas y ademanes a la Sherlock para impresionar a los invitados/sospechosos, rojo de coraje y desconcertado por no encontrar a la supuesta maleante, se dio por vencido. El experto en disfraces había caído en una burda representación del cuento “La urraca ladrona”. Las bromas y las carcajadas no se hicieron esperar, pues conforme el millonario Balmori regañaba al detective por su ineficiencia, se despojaba de sus ropas y barbas hasta descubrirse como una anciana de voz tipluda. Se trataba de Concepción Jurado, mitómana, excéntrica, travestida y desparpajada mujer nacida en la capital en 1865. Llevaba años haciéndose pasar por Carlos Balmori. Como su personaje, “Conchita”, que no tenía un peso, llegó a codearse con las élites de la época; para esto contaba con un buen número de amigotes que participaban en sus montajes actuando como secretarios, lacayos, doctores o empresarios a sus órdenes que insultaba a más no poder en los elaborados sainetes llamados “balmoreos”, donde engañaba a los vanidosos como el famoso detective; eran un entretenimiento que a finales de los años veinte reunía a personajes como el dibujante Ernesto García Cabral, quien también fue víctima de una “balmoreada” y luego participaría como alcahuete de Conchita. El crack financiero y la Gran Depresión estadunidense de 1929 habían afectado a México con una fuerte depresión económica, de ahí que las “balmoreadas” se convirtieran en un desahogo elitista. Mientras tanto, Quintana era el encargado de mantener a raya a la plebe que en todo momento parecía amenazar la tranquilidad de la burguesía capitalina. Su prestigio estaba cimentado en la codicia y corrupción con la que chacoteaban las tertulias. En alguna ocasión Quintana tuvo la oportunidad de desquitarse del ridículo al que lo expuso Concepción Jurado/Carlos Balmori. Contrató a un actor profesional y a un “palero” para que fingieran un sangriento asesinato en una de las “balmoreadas”. Esto sacó de quicio a Jurado, que recibió el susto de su vida. Desde entonces, dejaron de invitar al detective a esas reuniones convertidas en espacios de permisividad y desinhibición sexual.

Poco antes de morir en 1969, mismo año en que se publicó por primera vez El complot mongol, Quintana se dedicó de tiempo completo a la fabricación de aguas minerales. Quizá a él le debemos el “tehuacanazo”, tan popular como práctica de tortura entre las policías mexicanas.


Referencias

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  • Pérez Monfort, Ricardo, Tolerancia y prohibición. Aproximaciones a la historia social y cultural de las drogas en México 1840-1940, Debate, México, 2016.
  • Piccato, Pablo, “La era dorada de la novela policiaca”, revista Nexos, febrero, 2014.
  • Piccato, Pablo, Ciudad de sospechosos: Crimen en la Ciudad de México 100-1931, CIESAS-Publi- caciones de La Casa Chata, México, 2010.
  • Pulido Esteva, Diego, “Los negocios de la policía en la Ciudad de México durante la posrevolución”, Trahumante. Revista Americana de Historia Social, número 6, julio-diciembre 2015, pp. 9-32. http:/www.redalyc.org/pdf/4556/455644906002.pdf
  • Pulido Llano, Gabriela, El mapa “rojo” del pecado, miedo y vida nocturna en la Ciudad de México, 1940-1950, INAH, México, 2016.
  • Torres, Vicente Francisco, Muertos de papel, un paseo por la narrativa policial mexicana, Conaculta, México, 2003.
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