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Foto: Especial
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Hoy la muerte de Huberto me recuerda un olor. Es terrible y natural que la muerte de los amigos despierte una avalancha de recuerdos, sensaciones e ideas. Y que esas estampas se mezclen, muchas veces de manera inesperada, con lo que vamos viviendo. Es nuestra manera de prolongar su presencia, de darle nueva vida. Aunque los hayamos dejado de ver algún tiempo mientras vivían.

Es un mecanismo instintivo que las sociedades convierten en ritual. Está en la raíz de nuestro Día de Muertos en todas sus variantes. Los escritores lo han convertido en figura literaria: “La presencia en la ausencia”. Robert Musil lo puso en escena llevándolo de la muerte al amor. Un deseo tan intenso en ciertos momentos que los hermanos separados en su infancia que se identifican al reencontrarse hasta desarrollar un amor que parece imposible, Ulrich y Agatha, se unen y tienen orgasmos sin estar presentes. Juan García Ponce interpreta esa unión como una mística atea. Y él mismo, en su inmovilidad forzada, desarrollará una erótica de la más alta intensidad a través de la mirada, alimentado por las teorías místicas del quietismo. Voyeurismo y contemplación, como lo expuse en mi ensayo sobre su maravillosa novela De anima y la búsqueda que encarna (en Cuatro escritores rituales).

Leer a Musil, a Klossowsky, a Broch y otros con Juan García Ponce en los seminarios de su casa fue un privilegio enorme. Ya en su silla de ruedas, sin poder controlar las piernas y casi nada los brazos, pero todavía capaz de hablar fluidamente, entraba en una especie de trance contando y analizando cada escena. Los libreros ocupaban la mitad baja de todos los muros y una colección maravillosa de cuadros de artistas de su generación, la más alta. Retratos de escritores en blanco y negro por aquí y por allá, sobre todo encima de su escritorio, nos miraban fijamente.

Una piedra de río coronaba el montón de hojas mecanografiadas en las que estaba trabajando. Probablemente había dictado esa mañana las últimas. A la hora y media exacta de estar hablando, como poseído por los autores de los que nos hablaba, se detenía. Como muchos de los libros que comentaba no se conseguían en México ni estaban todavía en bibliotecas, nos prestaba los suyos para llegar a la siguiente sesión habiéndolos leído. Pasábamos otra hora comentándolos. Ya para entonces llegaba Huberto Batis a visitarlo y nos íbamos o nos invitaba una copa, normalmente de martini: esas bellas copas cónicas de vidrio muy delgado y una larga pierna. Huberto lo ayudaba delicadamente a beberla, sosteniéndola con sus manos y Juan la apretaba con los dientes. Al hacerlo, Juan temblaba un poco. Huberto le limpiaba los labios. Y seguía la conversación. Recuerdo el pequeño escalofrío que me invadió al darme cuenta de que todas las copas de martini tenían las orillas ligeramente cascadas. Las había mordido Juan. Y entendí un movimiento rápido de Huberto al limpiarlo. Se cercioraba de que no le hubieran quedado vidrios en la boca. Al beber nosotros en sus copas una extraña comunión confirmaba como un sello el círculo que había comenzado a atarnos al escucharlo en su santuario, al leer sus libros y hablar con él. Además, tanto Juan como Huberto en esos momentos nos volvían cómplices de la fidelísima amistad que los unió hasta el final. Algo único e irremplazable sucedía aquellas tardes. En su amistad con Juan comenzaba el lado luminoso de Huberto Batis.

“La sesión del taller de Huberto o lo que fuera, clase, seminario, conferencia, chisme de café, nunca parecía haber sido preparada para nosotros”.

LA CITA CON JUAN era entre semana, la tarde de los miércoles. Magui le llevaba unas galletas que ella había hecho y que a Juan le encantaban. Éramos muy pocos, nunca más de seis o siete. La cita con Huberto era en su casa, los sábados. Si leer con Juan y gozar su entorno fue una gran enseñanza, hacerlo con Huberto fue más bien hundirse en lo más inesperado a lo que puede llevarnos la lectura. Era abrirse siempre a una nueva experiencia. Juan nos dejaba entrar al orden espléndidamente estético de su casa. Abría y cerraba las sesiones con el reloj al frente. Comenzaba y concluía su clase en una clara composición de sus ideas. Huberto, en cambio, siempre parecía venir del caos de la vida y llevarnos de vuelta a él. Pero sabíamos que, en medio, algo maravilloso nos sucedería. Su aparente desorden era otra forma de orden. Así como en el aparente sinsentido y absurdo de Lewis Carroll hay otra lógica rigurosa implícita. Huberto en aquellos días estaba fascinado por esa idea que encontró ampliamente explicada en un libro de Gilles Deleuze, Lógica del sentido.

Para empezar, la sesión del taller de Huberto o lo que fuera, clase, seminario, conferencia, chisme de café, nunca parecía haber sido preparada para nosotros. Él nos metía en su río, en su ruido, en la avalancha de búsquedas extrañas que lo obsesionaban en ese momento. Y poco a poco íbamos descubriendo las razones de lo que sucedía. Nada quedaba contenido en los libros, aunque todo pasara tarde o temprano por ellos. Algunas veces la lectura de un libro se extendía y se multiplicaba por meses o tomaba caminos inesperados que daban densidad al recorrido. Quedaba la sensación de una continuidad extraña en el mundo entre lo que leíamos, las personas que conocíamos con él, la música, las películas, el arte. El hilo que unía casi toda aquella variedad barroca era Huberto.

HACE UNAS SEMANAS, al presentar uno de mis libros, me vino de golpe la lectura hubertiana de las novelas del escritor francés Joris Karl Huysmans. Especialmente una que se llama Al revés (torpemente traducida en España como A contrapelo y también, de manera más forzada y evidente, como Contra natura). Al comentar en público mi novela Los sueños de la serpiente con Jesús Silva Herzog, en el foro de la librería El Péndulo, una amiga creadora de perfumes en la India, Jahnvi Lakhota Nandan, de paso por México, decidió regalarme una versión olfativa de mi historia. Y perfumar ligeramente el auditorio durante la presentación.

J. K. Huysmans (1848-1907). Foto: flavorwire.com
J. K. Huysmans (1848-1907). Foto: flavorwire.com

Descubrimos un nuevo perfume creado por ella a partir de su lectura como un collage compuesto, como mi relato, de un primer desconcierto que se resuelve en memoria (musgo de roble) y conciencia del yo (algas marinas). La idea de la composición de una fragancia como versión de una composición literaria aparece claramente en la novela de Huysmans cuando el protagonista, que es aficionado a la creación de perfumes por placer de artista, crea rimas y concordancias olfativas tomando como estructura dos poemas de Baudelaire, “Lo irreparable” y “El balcón”. El nuevo pefume de Jahnvi se llama “Serpiente enroscada”.

La noción de que los perfumes tienen una línea dramática y sonora comparable a un poema puede ser fascinante y fue gracias a Huberto que lo descubrimos en la boca de aquel personaje de Al revés, Des Esseintes, un extravagante enigmático. Eso que en el siglo diecinueve llamaban un decadente. Todo un capítulo estaba dedicado a las flores tropicales que coleccionaba, sembraba en su invernadero y estudiaba. Encontramos bellísimas ilustraciones científicas de cada una. Pero además fuimos con Huberto al Jardín Botánico a buscarlas, a experimentar la fascinación por ellas que habíamos leído.

En otro capítulo, Des Esseintes tiene alucinaciones olfativas. Huele por todas partes una potente flor que no está ahí, el Frangipangi. Que se conoce también por Plumeria y es muy parecida a nuestra Flor de Mayo. Cansado de ese delirio decide buscar olores reales que tal vez desplacen el olor imaginario que lo ha poseído. Des Esseintes sabe que el arte de oler puede ofrecer placeres tan intensos como los del oído o de la vista. Y tiene una completísima colección de fragancias simples y compuestas. Las que vienen de un solo origen o las que son mezcla de varios y se llaman bouquet.

Le fascinaba la idea de que ningún perfume inspirado en una flor puede en verdad ser sólo extracto de ella. Su olor quedaría débil, lejano. Es necesaria una mezcla que lo recree. Salvo el jazmín, que es el único infalsificable. Des Esseintes poseía una colección de las sustancias más extrañas: una verdadera biblioteca de fragancias procedentes de todos los rincones del mundo. Y profundizaba gozosamente en el estudio de su gramática olfativa. Todo podría ser dicho con olores. Viajaba con sus creaciones, en el tiempo y en el espacio. Un día se vio poseído por el deseo absoluto de reproducir un aroma complejo y único. Recordó cuando “de pronto inhaló una lluvia de olores humanos, casi felinos”. Emanaban del sexo necesariamente sudoroso de una línea de bailarinas de Can Can quienes, al levantar la pierna hacia el público, con sus faldas onduladas extendían su “bellísima intimidad olfativa” hasta Des Esseintes, que estaba en la primera fila.

Era un olaje contundente que mezclaba fragancias de coño y de tela impregnada de talco y maquillajes, junto con otras esencias poderosas: aceites de resinas de Opopanax traídos del Cairo, Jazmín de Madagascar, Hojas de Ayapana de los Andes. Al reproducirlo, Des Esseintes añadió también esencia de la Magnolia Champaka procedete del Himalaya y del Sarcanthus u Orquidea Bocona del Mekong. “A todo eso, escribe Huysmans, Des Esseintes sumó una sospecha de goma de Siringa Amazónica para dar a aquel unto tan artificial el toque natural de la flor de la risa, de la alegría que produce sudar bajo el sol”.

“Habíamos viajado con él, o más bien con Des Esseintes, a una noche delirante en el Can Can de París sin haber estado ahí. Hicimos un ritual de presencia en la ausencia. La manera más poderosa y vital de leer”.

AL TERMINAR DE LEER aquel pasaje, a Huberto le brillaban los ojos y quedaba poseído por la curiosidad. Primero había que averiguar a qué se parecían esas flores y después qué era cada una de esas sustancias. Que, como dijimos, eran siempre mezclas. Un rápi-
do recorrido por las librerías de viejo que había detrás de la Alameda, más lo que ya había en su biblioteca, le permitió completar la primera fase. Después, con un par de perfumeros del Centro logró completar la segunda. Todo tenía otros nombres, algunas cosas hubo que substituirlas por otras que fueran las más parecidas.

En menos de una semana llegó con nosotros a continuar la lectura del capítulo de los perfumes con un frasco de aquella oleada que hacía que Des Esseintes perdiera la cabeza y un poco todos nosotros también. Habíamos viajado con él, o más bien con Des Esseintes, a una noche delirante en el Can Can de París sin haber estado ahí. Hicimos un ritual de presencia en la ausencia. La manera más poderosa y vital de leer.

Aquella noche, en su casa, festejamos el hallazgo de Des Esseintes y la razonable locura de Huberto con una botella de vino español de los que importaba su futuro suegro, el padre de Mercedes Benet. Sacó luego una botella de agua y una caja de dulces morados que también había traído del Centro de la ciudad. Nos pidió que probáramos uno dejándolo deshacerse en la boca. Luego quiso que describiéramos el sabor y lo que nos evocaba. Reímos mucho y cada quien invocó cosas muy distintas. Algunas decididamente eróticas.

Al preguntarle luego sobre la esencia clave del aroma de Can Can, el olor de coño sudado, él cambió la conversación. En todo momento guardó total discreción. Pensamos que su silencio, necesariamente, se debía a que esa fragancia faltaba. Una amiga mía me dijo esa noche que la amiga de otra amiga, especialmente olorosa, le había regalado unos mililitros (como el doble de lo que era necesario) en un frasquito que ella dio a Huberto y él llevó al perfumero. Pero ella no quería que se supiera de su donación.

Antes, alguien en su casa le había preguntado si esos dulces eran típicos de México, como los de la tienda Dulces de Celaya. “Se llaman, dijo Huberto, Perlas de los Pirineos. Pero el mismo Huysmans escribió que era un nombre ridículo. Vean el capítulo nueve, página 180, creo”. Cuando fui a esa página me enteré que se trataba de unos dulces que Des Esseintes adoraba y que describe minuciosamente como “una gota de perfume de Orquídea del Mekong y una gota de esencia de coño cristalizadas en un poco de azúcar: tienen el poder de penetrar las papilas de la boca y evocar sabores de agua un poco alterada por vinagres raros, y besos muy profundos, impregnados de los olores más fuertes del amor”. Huberto no había desperdiciado nada de su milimétrica donación.

Esa forma de leer como experiencia múltiple, solar, esa búsqueda extraordinaria era típica de la actitud de Huberto y lo pinta, casi, de cuerpo entero. La literatura era vital o no era nada.

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