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Foto: clinicaalegria.ro
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Tengo un amigo que era adicto a comprar billetes de Melate. Seguramente soñaba, no con comprar una mansión, un yate o quinientas piernas de jamón serrano, sino con disponer de tiempo libre para dedicarse a lo que más le gustaba —pintar y escribir poesía— y no estar obligado a acudir todos los días a una oficina. Alguna vez perdió su cartera, o se la robaron, y lo que más lamentó no fue tener que reponer sus tarjetas, el dinero que contenía y su credencial para votar, sino los números que había elegido para ganar ese sorteo millonario.

Mi amigo estaba obsesionado con el tema y hablaba de él a la menor oportunidad. Decía que si lograra ser ganador, lo que haría sería deshacerse del dinero a la menor oportunidad, regalándolo o donándolo a causas de su agrado, y que mantenerlo en su cuenta bancaria para gastarlo de poco en poco sería una desgracia y un riesgo. Antes, cuando salían publicados los nombres de los ganadores con su fotografía, él decía: “¡Pobre, su vida está arruinada!”. Después del secuestro de una de las premiadas, se decidió omitir las señas de los ganadores. Para alguien que vive de su trabajo y que le sobran unos cuantos billetes o monedas para participar en loterías, ¿qué significaría en su vida tener diez, veinte o cien millones de pesos de resultar el afortunado poseedor de
la boleta premiada?

Y aunque atinarle a los números ganadores sea tan remoto como recibir el impacto de un rayo dos veces o tener como campeón del próximo mundial de futbol a Belice o Luxemburgo, la fe en la suerte y en el azar hace que sea posible soñar con el premio. Y creo que esa es la mejor recompensa: fantasear con ser millonario. En el caso del Melate, el chance de atinarle a los números es de uno entre más de 32 millones de posibilidades, que representa el .000003079 por ciento. Hay un sorteo en Estados Unidos, ya muy popular en México (y que se consigue a través de la página thelotter.com) cuyo premio, según El Universal, representaría lo que AMLO ganaría durante más de seis mil años.

En el caso del Melate, el chance de atinarle a los números es de uno entre más de 32 millones de posibilidades.

Otra es la historia de quienes apuestan en casinos. Hacia principios de los sesenta vivía con mi familia en Mexicali. Un buen día mi padre ahorró dinero suficiente para invitar a mi madre a una segunda luna de miel en Las Vegas. Al llegar al hotel-casino, él le pidió a ella que se adelantara al cuarto para desempacar las maletas mientras le echaba un vistazo a las instalaciones. Subió una hora después con la noticia de que había perdido todos los dólares que llevaban consigo. Le pidió que le diera sus collares, pulseras, anillos y reloj para empeñarlos y al menos dejar que pasaran los días. Se cambiaron a un motel, comieron en restaurantes baratos y asistieron a tres shows que tenían prepagados.

A pesar de la mala experiencia, mi padre siguió apostando hasta el final de su vida en bingos, ruletas, tragamonedas, carreras de caballos, dominó, póker y ¿dónde quedó la bolita? Alguna vez escuchó en un bar a un cantautor. Una de las piezas que cantó lo dejó muy impresionado, al grado de que se acercó a él para felicitarlo. El intérprete le dijo que aún no la tenía grabada y le propuso un trato: en caso de que se convirtiera en un éxito compartiría con mi padre las ganancias a cambio de mil dólares. Lo aceptó y firmaron una carta compromiso. Traté de investigar quién era el cantautor y la canción y no encontré ninguna referencia.

Apostar puede ser más adictivo que el tabaco o la heroína. Conozco más casos de personas que han perdido su patrimonio y el de su familia. En la literatura y el cine sobran los ejemplos en los que el juego es protagonista: de El jugador de Dostoievski a Casino Royale, la primera de la saga de James Bond. Hoy se invita a los televidentes a apostar en los juegos de futbol y por supuesto hay un ganador a largo plazo, y por supuesto no es el equipo que triunfa ni el espectador que apuesta.

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