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23 de Junio. Marcha del orgullo gay. Foto: Alex Tapia

La multitud debió ser como se esperaba y probablemente más, mucho más. El ambiente saturado de exhibicionismo tumultuoso y los pisotones de las personas caminando en círculo eran señales que prevenían algo: no se trataría de cualquier marcha. La conmemoración del 2018 acumularía cuarenta años de orgullo capitalino y confines nacionales: de los más de 250 mil asistentes, según datos del Gobierno de la Ciudad de México, casi la mitad la conformaban peregrinos originarios de distintos puntos de la república que encontraron en el Paseo de la Reforma la posibilidad de marchar, gritar, visibilizarse y reventar al ritmo de “Agüita”, de Danna Paola, resguardados bajo el grandilocuente anonimato propio de una ciudad con millones de habitantes supuestamente afines a una mentalidad abierta. Una pareja de vaqueros con estatura del norte, botas, camisas a cuadros, barbas de tres días delineadísimas y un sexy aliento alcohólico que vaticinaba un sábado de fantasías porno a lo VHS me contaba:

Jamás podríamos hacer esto en Reynosa, para empezar la violencia es tan sangrienta que prácticamente vivimos encerrados, ya no digamos echarte una cheve a mitad de la calle o besarme con mi novio: si no te matan de un levantón, te plomean por puto. Aquí podemos bailar y pistear sin miedo, ni ser buleados por jotos. Se siente una libertad única.

Casi todos nos cargábamos un grado de aliento alcohólico. Ya sea porque las ñáñaras de la marcha propiciaban la sensación de que el desayuno sano podría tener sabor a represión y clóset, no quedaba de otra que pistear como parte de la protesta.

Otros, como yo, veníamos de ver el México-Corea acompañado de tamales, café y hartas mimosas. Por poco, el homofóbico mundial de Rusia 2018 arruina el desmadre para los organizadores.

Junto al pelotón cuasi infinito de arcoíris, torsos desnudos, algunos trabajados en el gimnasio y otros orgullosos de las pancitas cheleras, plataformas y pelucas, también se aglutinaron granaderos con todo y cascos y esos escudos de plástico que utilizan para replegar revoltosos; chingo de granaderos que por cierto no formaban parte del contingente leather.

Junto a la adrenalina, las selfies, las expectativas de orgullo, fiesta y sexo fuera del matrimonio, la tensión resoplaba con intolerante amenaza, casi como si estuviéramos en aquel 26 de junio de 1978 cuando se llevó a cabo la primera Marcha del Orgullo LGBT en el entonces Distrito Federal:

Hay que considerar que en los años setenta y ochenta la atmósfera estaba atravesada por la represión, la violencia del Estado y la guerra sucia, y que el recuerdo de la matanza del 68 y el halconazo del 71 pesaba ominosamente sobre las iniciativas libertarias. Por ello, la asistencia en ese 26 de julio fue magra: empezamos diez cagados de miedo pero decididos a confrontar lo que viniera y concluimos unos cuarenta en el Hemiciclo. Estos números aumentaron año con año: de 900 a mil en la primera marcha, 5 mil en la segunda y así. Sin embargo estos números se redujeron a partir del 87, como resultado de la devastación que el SIDA causaba entre los liderazgos gays —recuerda Juan Jacobo Hernández, pionero del activismo gay en México, fundador del Grupo Sol.

Tal era el nerviosismo que los organizadores optaron por cambiar, 48 horas antes, del histórico punto de partida en Los Leones de Chapultepec a la estrechez de la calle Niza, en los bordes de La Palma. Todo con tal de evadir los roces con la afición futbolera que muy probablemente celebraría a la misma hora, en el Ángel de la Independencia, el triunfo de la selección nacional frente a Corea del Sur.

23 de Junio. Marcha del orgullo gay. Foto: Alex Tapia

De acuerdo con algunos textos en las redes, se temía que al ver tanto joto besuqueándose con Gloria Trevi de fondo, la manada de futboleros mostraría su músculo homofóbico; después de todo, son los mismos que gritan “¡Puto!” al portero rival, comentaban por ahí. Incluso, algunos medios digitales especializados en temática LGBTTTI se aventuraron a publicar minuciosos consejos en caso de hostigamiento por parte de la afición de homofóbica. Curiosamente —sobre todo si tomamos en cuenta la proporción del joterío—, ninguno sugería entrarle a los chingadazos, como ocurrió con los discursos de Stonewall, el 28 de junio de 1969, que fue el origen de las marchas gays prácticamente en todo el mundo.

Fue en la esquina de Reforma y Niza donde los granaderos empezaron a orientar el tránsito peatonal. En principio era fácil: quienes llevaran puesta la camiseta de la selección irían a dar vueltas alrededor del Ángel. En cambio, quienes portaban la insignia del arcoíris en alguna parte del cuerpo, desde un pin hasta la bandera tamaño queen size, eran desviados por Paseo de la Reforma rumbo al Centro Histórico.

La culpa la tuvieron esos gays que además de marchar con la camiseta de la selección puesta, deambulaban agarrados de la mano de otro cabrón con arcoíris pintados en los cachetes. No eran unos cuantos. Juntos completaban la marabunta. ¿A dónde diablos iban ellos?, parecían preguntarse los granaderos.

“Durante las marchas de los últimos años la fiesta, cercana al carnaval y los excesos, ha desplazado la actitud de protesta de las primeras ediciones”

El encontronazo fue inevitable.

Por varios minutos, gays y familias nucleares quedaron atrapados en la rotonda de La Palma sin poder avanzar porque los tráileres, con las consolas de DJ en la punta de la plataforma y sus asistentes bailando con go go dancers en medio, para darle el toque de lujuria musculosa al panorama, habían empezado su parsimonioso recorrido al Zócalo, mientras otros gays que intentaban unirse a los contigentes que llegaban desde el Ángel quedaron enjaulados, rodeados por batucadas y coros de “Cielito lindo”.

¿En qué momento empezó la magia? Literal. No voy a negarlo, el mareo incipiente de los primeros tragos inducía a la cursilería, pero creo fue cuando un cabrón de apariencia tosca abrazó casi contra su voluntad a un jovencito que algunas víboras describrían como anoréxico, forzándolo a levantar el brazo para ondear la bandera de México junto a la del arcoíris. El chico, al principio cohibido, se dejó envolver por el cabroncete que le cobijó la espalda con una fraternidad que conmovió a las multitudes que respondieron eufóricas ante la escena.

Muchas familias decidieron quedarse a la fiesta gay. Le celebración en el Ángel duró muy poco. Por ahí un papá se sacaba la foto con una drag medio metro más alta que él gracias a sus tacones, y hasta le daba a su bebé para que lo alzara como trofeo de una tolerancia nunca antes vista.

Estábamos en el Ángel, pero el niño dijo que estaba muy aburrido y que quería ver los arcoíris y nos venimos para acá y la verdad es que la estamos pasando muy bien, mi hijo tenía razón, acá hay música y fiesta. A veces los hetero somos muy aburridos y básicos… traeré a mi familia el próximo año, quiero que mis niños crezcan con los valores de la tolerancia. Te confieso que tenía mis ideas sobre los gays, pero esta marcha me ha cambiado la mente.

Eso me decía un señor que había llegado desde la Magdalena Contreras. Su esposa no paraba de tomar fotos, sobre todo a los camiones cargados de fiesta y cuerpos contoneándose.

La cuarenta Marcha del Orgullo LGBTTTI tenía el mote de histórica por sus cuatro décadas de trayectoria y en verdad lo fue, pero más por la insólita celebración cruzada que derrotaba a la tan temida homofobia pambolera, y a los prejuicios, muchos de ellos originados por los mismos homosexuales y lesbianas. Los drags y travestis no se daban abasto entre todas las familias maravilladas con sus looks estrafalarios, párpados tapizados de brillantes y pestañas postizas, insistiendo en retratarse a su lado. Las señoras más atrevidas pedían a sus maridos que les tomaran fotos con los gays mamados, seductores con gafas oscuras estilo aviador: “A ver si así ya empiezas a bajar esa barriga”, le decía una mujer a su marido.

Pensaba que si todas esas familias con niños, niñas y carriolas son de las que van a los estadios a gritar “¡puto!”, después de esta experiencia lo pensarían antes de gritar de nuevo. Sobre todo, pensaba que los hetero habían dado el primer paso, convivir con la diversidad que suele indignarse por el homofóbico grito, pero ya no desde la comodidad ofendida del gueto rosa, sin atreverse a conocer quiénes son todos esos que se acomodan en una grada y disfrutan de un partido.

Una escena del 23 de junio. Foto: Alex Tapia

EMPRESARIOS VS. LA NOSTALGIA Y LEALTAD DE LA PROTESTA

Las familias se dispersaron. Unas emprendían el camino a casa, otras regresaban a pasar el sábado en Chapultepec y otras más se acomodaron en las aceras de la Zona Rosa para sentirse parte de la cuarenta Marcha del Orgullo LGBTTTI, cuyo cartel anunciaba cuarenta años viviendo en libertad, aunque esto es más bien un capricho olvidadizo pues no siempre fue así. Como recuerda Manuel Arellano, activista gay: “A fines de los años setenta e inicios de los ochenta la vida homosexual se ocultaba. Había temor a enfrentar violencia, extorsión policiaca y sobre todo rechazo”. En ese sentido, Alonso Hernández, activista gay especializado en la historia de la liberación homosexual en México, recuerda:

No había derechos, a mí me detuvieron por faltas a la moral y las buenas costumbres en 1987 por darme un beso con otro chico, ¡en la calle! Imagina unos años antes, todavía existía miedo a las razzias (operativos), extorsiones, el sistema de salud no estaba sensibilizado sobre el VIH.

Alonso, quien durante mucho tiempo se involucró en la organización de la marcha del orgullo, hasta que en el 2009 fue coordinador, y del 2012 al 2014 estuvo en lo que se denominó Comité Histórico, cuenta cómo la marcha del orgullo fue perdiendo su pudor hasta el día de hoy:

Mi primera marcha fue la número dieciséis. Había ingresado al Grupo Palomilla Gay, jóvenes aprendices de activismo que estaban en el proceso de aceptación, y me fui hiperabrigado y tapado para que nadie me reconociera: era de clóset, fue incómodo y al mismo tiempo liberador porque mi “camuflaje” llamó la atención de los fotoperiodistas. Ese año Palomilla Gay fue el grupo convocante (no había comités) así que entre todos cooperamos según nuestras posibilidades y habilidades, Ham y Bordon cosiendo y pintando la manta inaugural, boteando para sacar recursos, pegando carteles, consiguiendo el sonido, contactando grupos.

Cierto. Hoy es más o menos distinto. La ciudadanía se acostumbra a convivir de manera cotidiana con parejas del mismo sexo y durante las marchas de los últimos años la fiesta, cercana al carnaval y los excesos, ha desplazado la actitud de protesta de las primeras ediciones, como las que recuerda Alonso. Hoy el orgullo desfila en compañía de carros alegóricos patrocinados por marcas de alcohol, antros, aerolíneas y apps de taxis y encuentros, tufo a mota y latas de cerveza que brotaban casi por arte de magia de las mochilas de quienes ya saben que la gasolina de las tropas de la diversidad es el alcohol, de los treinta a los cincuenta pesos, depende de lo erizo que te vieran. Era tanta la gente que llevaba casi cuatro horas sin salir del círculo de La Palma, cada vez más peda y cachonda.

Estoy a favor de la expresión del género y de la sexualidad, y del consumo público y lúdico recreativo del alcohol y las drogas con conciencia. Lo que no soporto es la visión neoliberal del pride carnavalesco y frivolizante que han generado las empresas en torno a la marcha —dice Gloria Davenport.

Activista trans, escritora, coordinadora general del Movimiento Feminista de Mujeres Diversas —MFMD Nosottras—, coautora de iniciativas para la inclusión de las poblaciones TTTRANS en la Constitución de la Ciudad de México y el Instituto de Diversidad Sexual y de Género de la CDMX, Davenport añade:

Desde mi primera marcha, a la que asistí como periodista —en 1996 o 1997—, no me sentí convocada ni incluida en la denominación “marcha gay”. Desde entonces, siempre he tenido una visión crítica de rechazo a la carnavalizacion de la protesta, incluso cuando fui coordinadora por dos años de la misma con el Comité IncluyeT. Me molesta la reducción frivolizante impuesta a las Mujeres TTTRANS a quienes aún se nos llama vestidas.

Gloria se refiere a la denominación pride, como se le conoce a la marcha del orgullo en estos días y que de algún modo deriva de Interpride, organización internacional cuya visión ha moldeado el carácter altamente comercial de las marchas del orgullo alrededor del mundo. A su asociación pertenecen los pride de ciudades como Madrid, San Francisco, Nueva York, Toronto, Montreal, Miami, Berlín, París y decenas de ciudades más; por parte de México, sólo Guadalajara aparece como miembro oficial, pero por el diseño de la cuarenta marcha del orgullo que se llevó a cabo el 23 de junio de 2018, se nota que aspira a replicar el modelo del Interpride que gobierna la estética en buena parte del planeta.

“Esto es un maldito circo”, me decía un examante que contemplaba la marcha desde el rincón menos ajetreado del Paseo de la Reforma. Lo encontré refunfuñando, con los brazos cruzados en señal de displicencia: “Definitivamente vendré a la otra, la del próximo domingo”, decía mientras yo encogía los hombros sin parar de tomar cerveza.

No sería la única marcha de junio. La tradición indica que las marchas del orgullo deben llevarse a cabo el último sábado de junio, en honor a los mencionados disturbios de Stonewall. No obstante, el último sábado de junio de 2018 tendría a las monumentales elecciones presidenciales al día siguiente, con la ley seca ahuyentando el alcohol y la fiesta. Así que los organizadores optaron por recorrer la fecha al sábado anterior, para mantener el desenfreno intacto, aspecto incómodo para los activistas pioneros del movimiento gay mexicano, quienes consideran que tal decisión, impulsada por el interés económico, traiciona las raíces que dieron libertad a la diversidad sexual de hoy, lo que provocó un
desencuentro entre activistas de cepa y empresarios.

“Alguien gritaba que la del sábado pasado había sido la marcha de los congales mientras que esa, la del 30 de junio, era la marcha con denominación de origen”

Activista y empresario, dueño del mítico bar Tom’s, único y fenomenal sobreviviente de la ola de clubes leather de los noventa, como El Taller de Luis González de Alba y La Estación en la calle de Hamburgo, Miguel Antonio Pujona comenta:

Sobre los activistas buenos vs. empresarios malos, quiero decirte que se nos olvida que fue el mercado el que, en principio, abrió espacios para nuestras reuniones. Desde luego que fue intramuros (negocios) donde el movimiento comenzó a organizarse, pues no podíamos hacerlo en la vía pública por razones de represión, sobre todo policial. Poco a poco salimos hasta llegar a lo que ahora llamamos La Marcha, que es financiada por la iniciativa privada y al final todos acabamos de antro. También se nos olvida que la globalización jugó a favor de la igualdad de derechos. Recordemos que no fuimos nosotros los primeros, ni tampoco los gays quienes promovieron la igualdad de derechos; de hecho, sé de quienes en la comunidad se opusieron a esta igualdad. El discurso demagógico sataniza a empresarios, como si brindar fuentes de empleo y derrama económica fuese un pecado; para mí, los avances hasta ahora logrados por la comunidad se deben a una combinación de los siguientes factores: 1. Activismo político gay, 2. Mercado (interno y externo, todos queremos el “dinero rosa”), 3. Capital político (la gran mayoría de los políticos quieren el “voto rosa”), 4. Globalización (ideas, mercado, libertad, derechos, etcétera).

UNA SEMANA DESPUÉS

La del 30 de junio, convocada por los activistas considerados pioneros del movimiento homosexual mexicano, reunió a poco más de mil personas, sin carros ni marcas y con una nostalgia rotunda por aquellos tiempos en que la protesta era la prioridad. Los pequeños contingentes salieron del Ángel alrededor del mediodía, por ahí había una fracción de lesbianas socialistas y un grupo de jóvenes cargando marionetas gigantes en forma de los entonces candidatos a la presidencia. Alguien gritaba que la del sábado pasado había sido la marcha de los congales mientras que esa, la del 30 de junio, era la marcha con denominación de origen que respetaba la tradición del último sábado.

En lugar de música a todo volumen, los activistas al frente del convoy arcoíris pasaban lista y mencionaban nombres como Nancy Cárdenas, Max Mejía, Ignacio Álvarez, Salvador Novo, Beatriz Sheridan, Armando Lamadrid y muchos de los personajes que contribuyeron a la visibilización de homosexuales, lesbianas y trans, gritando ¡Presente! al finalizar cada uno de ellos. La mayoría de los asistentes debía tener la edad de mi padre o un poco más, también con esa melancolía por los viejos tiempos cuando la postura iconoclasta tenía una razón de ser. Enrique Martínez Rayas, activista gay involucrado en la organización de la marcha en años anteriores, comenta:

Decidimos no participar en la marcha que se celebró el sábado pasado porque creemos que no está diseñada para responder a las más sentidas necesidades de las poblaciones de diversidad sexual. Hablar de cuarenta años de libertad me parece un eufemismo para no entrarle a los reclamos y las demandas, sobre todo cuando conocemos de la complicidad del comité con el Gobierno de la Ciudad de México; eso ha hecho que las demandas se vuelvan muy ligeras o deslactosadas.

Si bien entiendo la razón por la cual ocurrieron dos marchas del orgullo capitalino, hoy en día las marchas promueven más marcas que pancartas con protestas por los derechos LGBTTT que aún nos falta visibilizar. El choque de sentimientos encontrados me produce la misma incomodidad que una astilla en el dedo gordo del pie. Tengo buenos amigos en ambos bandos y por momentos la división me parece innecesaria y anacrónica. Los orígenes tienen su lugar reservado, pero hay algo caprichoso en el intento de mantenerse vigente a costa de la evolución.

Tampoco es que la fiesta sea un pecado: después de todo, la traducción literal de gay es alegre.

La segunda marcha, el 30 de junio. Foto: Alex Tapia
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