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Existen generaciones que se reconocen, y son buenas, existen otras que se abrazan, y son mejores, y existen aquellas que no se aceptan, y esas son las imprescindibles. Es lo que se desprende de Neurosis, sustancias y literatura de Mariana H. Son veintiún charlas informales que esbozan un mapa de la literatura mexicana reciente. Esta tentativa, como todas las de su naturaleza, resultará controvertida para algunos y para otros no tanto. Su autora, H, como es conocida en los bajos fondos, en su labor de entrevistadora se juntó a comer, beber y platicar con un puñado de actores de las letras nacionales. El libro no pretende, como ella misma advierte, sugerir siquiera un canon, sin embargo este conjunto de reuniones escudriña un tema que en años recientes ha vuelto a cobrar importancia en el panorama: la existencia de una generación.

La eterna cuestión de qué hace posible a una generación inunda las páginas del libro. En varias ocasiones se menciona al Crack. Pero más que una generación son un grupo.

La idea de la generación literaria como tal en México llevaba varias décadas dormida. Pero la irrupción de los nacidos en los setentas ha puesto de nuevo el tema en la mesa. Es posible que esto ocurra debido al buen momento por el cual atraviesa la literatura mexicana. Esto es fácilmente comprobable por la obra de autores como Antonio Ortuño o Yuri Herrera. Y pese a que hacia el interior del panorama se viven distintas crisis de orden editorial, temático y hasta de calidad, existen siete u ocho autores jóvenes que mantienen en alto la reputación de las letras nacionales.

 

Los protagonistas de la literatura mexicana reciente sufren de una orfandad necesitada de explicarse

 

Lo anterior no significa que la generación que precedió a la de los nacidos en los setenta no representara un high light dentro de la literatura mexicana. Lo más cercano a una generación es la llamada “literatura norteña”.  Escritores que pese a que conformaron un grupo, aunque de manera involuntaria, jamás han desmentido que configuren una generación. Contrario a los nacidos en los setenta, que insisten en que no forman parte de generación alguna. Más allá de las antologías publicadas hasta el momento, por ejemplo México20 o Un nuevo modo, los nacidos en los setenta no se sienten parte de movimiento o generación alguna. Qué hace posible a una generación. Nadie logra ponerse de acuerdo. Menos con una generación como ésta. En la que los narradores se vuelven periodistas, los periodistas narradores y los poetas cronistas.

Y aunque la mayoría reniega de la idea de generación, existen unos cuantos autores que sí experimentan la necesidad de formar parte de una. Pero la buena intención no alcanza para designarla. Coincidir en un mismo tiempo y espacio no es suficiente. Uno de los rasgos más visibles de la literatura mexicana reciente es su diversidad. Y amparados en esta característica los escritores pueden deslindarse fácilmente. No comparten muchas cosas entre sí, excepto lo evidente. Como por ejemplo vivir la violencia de la época. Pero esto tampoco es determinante. La violencia domina el discurso pero no germinó el oficio.

En Neurosis, sustancias y literatura, H pone a reflexionar a los entrevistados acerca de si son miembros o no. Y quizá otra de las instancias a las que les interese denominar a una generación sea al aparato editorial. Es un esfuerzo válido por posicionar a un autor. Pero los actores empiezan a sentir la obligación de comentarse entre sí. Lo cual es natural. De esta postura lo que no entienden los bien intencionados es que formar parte de una generación no significa que todos sean tus amigos y hablar bien de todos y que la competencia no exista. Que a un autor
le vaya bien no le debe interesar a otro escritor por buen samaritano. Lo que debería inspirarle este hecho es a escribir mejor.

Existen autores que son una generación en sí mismos, como es el caso de Guillermo Fadanelli. Él es representante único de una desolación mexicana que no se ve a sí misma ni buscó adherirse o desmentir a una generación. Una desolación que se extiende (y agudiza) hasta nuestros días. Y que demuestra que los protagonistas de la literatura mexicana reciente sufren de una orfandad necesitada de explicarse. El parricidio en la literatura tan presumido en el pasado ahora busca un asidero. No a un padre literario pero sí a una hermandad. Una hermandad dividida. Unos quieren asociarse y otros no.

Veintiún escritores mexicanos menores de cuarenta años conforman la Generación H. Autores que se han dado golpes en la oscuridad buscando reconocerse en un medio en el que resulta imposible hacerlo, aunque algunos insistan en tener hermanos postizos.

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