La cruzada de los niños migrantes

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Siete mil niños cruzaron Europa. ¿Salieron del Reino de Flandes? Iban en busca de Tierra Santa, aunque nunca alcanzaron su destino: el tráfico de esclavos y la violencia del mar aniquilaron su misión sagrada. Este acontecimiento, legendario o histórico, fue capturado por Marcel Schwob en su noveleta La cruzada de los niños. Mediante pequeños testimonios ficticios, el autor recrea una escena trágica medieval. Los niños recibieron advertencias de que no podrían cruzar el mar en su camino a Jerusalén, según relata en la novela el Papa Inocencio III, pero respondieron que el mar habría de separarse para darles el paso. Algo de esa fe ciega se requiere hoy, cada vez que un menor de edad avanza desde el Triángulo del Norte de
Centroamérica hacia Estados Unidos. Los peligros de esta nueva cruzada son formidables. Eso pensé cuando leí Los niños perdidos: Un ensayo en cuarenta preguntas, de Valeria Luiselli (Sexto Piso, 2016).

Tras demostrar su eficacia narrativa en Los ingrávidos y La historia de mis dientes, Luiselli regresa a la ruta de Papeles falsos, un ensayo sobre
la extranjería. En el invierno de 2008 leí por primera vez un fragmento de ese libro. Se titulaba “Bosquejos de un paraíso en obras”, aunque hoy aparece en la versión impresa solamente como “Paraíso en obras”. Me sorprendió en su momento la libertad reflexiva y la sutil autonomía poética de la autora, tan difícil de agotar en la primera lectura. Papeles falsos conducía al lector a un horizonte melancólico, donde las fronteras nacionales mostraban su relatividad.

Ocho años después, me enfrento a un ensayo que parece haber sacrificado la tristeza lúdica de Papeles falsos, para dedicarse a lo que Emiliano Monge llama “el holocausto del siglo XXI”: la migración. Valeria no se deja seducir por la tentación de un abordaje sistemático, de gran envergadura. Aborda de manera puntual el problema de los niños y adolescentes que viajan desde Centroamérica hacia Estados Unidos. Se detiene en las peculiaridades de un proceso legal, capaz de integrar a los migrantes en la comunidad estadunidense, o de expulsarlos con argumentos jurídicos. Mientras gestionaba documentos para legalizar su estancia permanente en Estados Unidos, Valeria trabajó como traductora de entrevistas realizadas a niños migrantes, mediante una guía de cuarenta preguntas: el esqueleto temático del libro.

La migración ha generado novelas mexicanas memorables, como Las tierras arrasadas, de Monge (Random House Mondadori, 2015), y trabajos penetrantes de imaginación
crítica, como Árboles de largo invierno: Un ensayo sobre la humillación, de L. M. Oliveira (Almadía, 2016), un ensayo que combina la agilidad narrativa y la reflexión filosófica mediante una estructura flexible, atractiva para quienes crecimos bajo el canon de Las mil y una noches: me refiero a los relatos que conducen a otros relatos, a los cuentos adentro del cuento. Entre los aciertos de Árboles de largo invierno, no olvido mencionar un sendero bibliográfico inusual: sin abusar del Santo Catecismo Filosófico de Foucault, Lacan, Žižek, Derrida, Bordieu, Deleuze (autores a los que admiro apasionadamente, pero con quienes vale la pena hacer el compromiso de no convertirlos en letanías o fetiches), el autor elabora un camino teórico propio, en un tema que pertenece por derecho vergonzoso a la tradición latinoamericana: la humillación.

Oliveira relata la fortuna de tres migrantes hondureños, quienes buscan a
la Bestia, el tren que podría llevarlos a la
frontera norte de México. Las mujeres toman anticonceptivos para prevenir embarazos tras las inevitables violaciones sufridas en este trayecto. El autor investiga la psicología social de los violadores, así como el asco moral de una bailarina erótica argentina, secuestrada en un casino cercano a la frontera con Guatemala, y construye personajes convincentes, con talento de novelista, pero no se detiene en la fascinación por las anécdotas: las escenas de violencia interpersonal (y trasnacional) son recursos para analizar el fenómeno de la humillación, que podría entenderse como la elaboración forzada de una jerarquía donde la dignidad no es igualitaria: se encuentra blindada en los estratos superiores de la pirámide sociobiológica mediante
privilegios económicos y legales, pero puede nulificarse en los estratos
inferiores. Cuando esto sucede, “el otro no es nadie, de esa cosificación nace una capacidad de dañar sin límite: el otro es como la madera, puedo hacerme una mesa con él y no pasa nada”.

El asunto de la humillación es explorado en un clásico reciente: La fila india, de Antonio Ortuño (Océano, 2013), una novela sobre la violencia xenofóbica en el sur de México. Un albergue en el pueblo de Santa Rita es el blanco de ataques criminales generados por la extrema cosificación de los migrantes, quienes son reducidos a una biomasa en disputa entre grupos que trafican con personas. Con precisión estilística y una polifonía convincente, Ortuño plantea la doble moral de un país que denuncia la violencia racista sufrida por mexicanos en Estados Unidos, pero que tiene tiempo de ocultar la xenofobia ejercida contra centroamericanos en la frontera sur. La trama muestra otra forma encubierta de corrupción jerárquica: el personaje central de la novela es Irma, una trabajadora social, quien se muda a Santa Rita para asistir a los migrantes. Ella pretende ejercitar allí una vida cotidiana con su hija, pero debe negociar con su ex esposo los conflictos habituales de la guardia y custodia, la pensión alimenticia, y otras formas de encono residual tras el divorcio. El padre de la niña se considera un intelectual inconformista, cuya dignidad le impide rebajarse a pactar con el sistema económico mexicano. Se comporta con aires de superioridad frente a Irma, por ser funcionaria de gobierno. En los hechos, ejerce cómodamente el privilegio de abandonar con impunidad sus responsabilidades paternas. Aunque estos dobleces de la relación humana son un tema secundario de la trama, registran la corrupción interpersonal que es una causa (y a la vez un efecto) de la injusticia observada en el plano geopolítico y comunitario.

¿Cómo subvertir nuestros aires de superioridad? ¿Podemos gestionar la dignidad igualitaria en casa, en nuestro territorio? Valeria Luiselli narra en Los niños perdidos la dificultad de sus alumnos universitarios estadunidenses para apropiarse del asunto de la migración infantil y juvenil. La tendencia habitual es rechazar el problema como si fuera un objeto mental alienígena, es decir, como una intrusión desde lo ajeno hacia la confortable esfera de
lo propio. Pero las cuarenta preguntas del ensayo muestran que los altos costos de la intercomprensión pueden tener repercusiones inesperadas en la filosofía de la praxis: el final imprevisto afuera del libro es un desenlace literario infrecuente y legítimo.

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