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La Monja. Foto: Especial
La Monja. Foto: Especial

Si por algo llamó la atención el trabajo de James Wan en la primer entrega de la saga de El Conjuro, fue porque sin recurrir a grandes malabares o alardes cinematográficos, hizo  funcionar una fórmula clásica del cine de terror.

Las largas secuencias siguiendo a los personajes, mientras, el crujir de las maderas, las sombras y los reflejos, preparaban los sobresaltos, fueron parte de la materia prima para una efectiva puesta al día de la tradición de las casas embrujadas, que resultó una afortunada secuela.

Gráfico: La Razón de México

En contraste, los dos spin off que buscaron aprovechar el impacto en taquilla, Annabelle y su precuela, deambularon entre el desastre y el aburrimiento. Ahora llega una nueva extensión de este universo fílmico creado alrededor de las investigaciones dentro del campo de lo paranormal por el matrimonio Warren, y por desgracia, sigue el mismo camino. Se trata de La monja, dirigida por Corin Hardy y producida por James Wan.

Tal vez sea la ausencia del ya mencionado director, que en este caso se reserva sólo la labor de productor, pero el asunto es que está producción, que cuenta el origen de ese espectro vestido con hábito que ya había hecho presencia en las otras películas, como premonición de la muerte de uno de los protagonistas, abandona cualquier tipo de sugerencia y apuesta por la literalidad de los efectismos, convirtiéndose en una especie de aventura fantástica que por sí misma tampoco encuentra el tono ni respeta sus propias convenciones; por ejemplo, se usa un arma para abatir criaturas demoníacas.

La sobriedad que de inicio entrega y que promete atmósferas inquietantes, luego se conjuga con una investigación plagada de cabos sueltos y lugares comunes. El desarrollo termina por aplanar el ritmo, en el que sólo una que otra situación llega a ser entretenida, sobre todo cuando aparecen las escenas de las tumbas y los escondrijos de la iglesia, en lugar de la amplitud y espectacularidad de dicha construcción, como hace la mayor parte  del tiempo.

Por si fuera poco está la inclusión de un aldeano que se viste de héroe y cuyos comentarios irónicos buscan cierto contraste con lo “dizque” terrorífico de la historia, pero termina detonando el chiste fácil; a veces raya en el humor involuntario.

“El mayor reto para mí fue cómo enlazarme con el padre Burke, con mis propias contradicciones y mis propios miedos, y también mis propios demonios, porque él (el personaje) los tiene muy presentes”

Demián Bichir

Actor

Hay que reconocer el esfuerzo de los los actores, sobre todo Demián Bichir (sacerdote), quien a pesar de la falta de claridad en las motivaciones de su personaje, se mantiene con convicción y decoro en sus interpretaciones; pero no es suficiente para salvar un producto que poco tiene que ver con el concepto que dio origen a la franquicia.

El actor mexicano en una escena. Foto: Especial
El actor mexicano en una escena. Foto: Especial