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Foto: Especial

Hace unos días The New Yorker dedicó su portada a Amazon. La ilustración muestra a una chica recibiendo un paquete mientras su vecino, el dueño de una librería, abre su negocio. La imagen desató una polémica en redes sociales. Hubo quien satanizó las prácticas corporativas de dicha compañía y aquellos que se mostraron a favor del libre mercado.

Lo primero que me vino a la mente fue la diatriba de Jorge Carrión contra Amazon publicada en la revista Jot Down. En su manifiesto, Carrión establece que la reputación de Amazon se conformó alrededor del libro, aunque hoy Amazon te invite hasta a hacer el súper por paquetería. Uno de los usuarios de Amazon explicaba que de no ser por la compañía jamás podría recibir productos en las Islas Canarias a precios razonables. Que los gastos de envíos por librería tradicional rebasaban incluso el monto de las compras. Pero más allá de las bendiciones que pueda representar, Amazon también posee un lado oscuro.

Y el lado oscuro no tiene que ver con mi experiencia como comprador, que es amarga, sino con lo que me ha ocurrido mientras redacto este texto. Intento ingresar a mi cuenta y la página no me lo permite. Mi contraseña no funciona. Lo que no me deja dudas de que me están espiando. La competencia desleal radica en la estafa al comprador. Por ejemplo, en los viniles. Un disco que vale seiscientos pesos lo encuentras en ocasiones a trescientos. No dejas pasar la oferta y lo pides. Pero resulta que cuando llega a tu casa está defectuoso. Entonces lo regresas y te reembolsan. Lo quieres volver a pedir pero vale quinientos.
Si lo quieres tienes que pagar doscientos pesos más de lo que originalmente ya habías pagado por un vinilo que ya era (en teoría) tuyo.

La elocuencia de la portada de The New Yorker es devastadora. Dice muchísimas cosas. Entre otras que vivimos en un espejismo.

Otro de los timos es que te ofertan un vinilo pero con la advertencia de que no está disponible, pero que cuando haya existencias te lo enviarán. Pero nunca lo hacen, el título en cuestión aparece luego disponible pero a mayor precio. Y si lo quieres tienes que adquirirlo, también, a un precio mayor al que lo habían ofrecido. Es como el clima en las ciudades extremosas. Llegas y hace mucho calor, vas a ponerte tu chor y tus sandalias pero cuando vuelves a salir resulta que ya está lloviendo o haciendo frío. Estos casos son sólo dos fisuras de las tantas que presenta Amazon. Pero seguro se podrían llenar varias páginas con los sinsabores que se lleva uno todo el tiempo como su cliente.

La elocuencia de la portada de The New Yorker es devastadora. Dice muchísimas cosas. Entre otras que vivimos en un espejismo. Confiamos en un Primer Mundo que no existe. Pero caemos en la trampa por la necesidad de mantenernos informados. La imagen de The New Yorker desató una oleada de memes. En todas se burlaban del consumidor, nunca de Amazon. En resumen: pagamos para que nos jodan. Y además hacemos escarnio de aquel que no se deja joder. El capitalismo salvaje ha devenido en una maquinaría cínica que se protege a sí misma de cualquier cuestionamiento. El juego sucio como estrategia de mercadeo.

La globalización, tratándose de la empresa, es una ilusión. Se supondría que Amazon debe ser una compañía que ofrezca sus servicios de manera uniforme para cualquier comprador, sin importar la parte del mundo en la que se encuentre. Pero resulta que no. Que este imperio está conformado por capillitas. Si deseas comprar un libro en Amazon España tienes que pagar un dineral en gastos de envío. Como México no lo tiene en existencia, o inviertes o te quedas con esa sensación de futilidad que produce la experiencia de comprar en Amazon. Por supuesto que existen clientes que están enganchados a las compras en la página, pero algunos otros no están deslumbrados por el Prime, la entrega el mismo día, a algunos de verdad les importa lo que están comprando.

En la actualidad Amazon ha conseguido librarse de los servicios de paquetería habituales. Ha diseñado un método de entrega propio. Lo que le garantiza ahorrarse gastos de envíos. La portada de The New Yorker está alienando a los consumidores. La imagen confronta a un tipo de negocio local contra un monstruo que no se conforma con nada. Ahora van por los supermercados. Así como los minisúper aplastaron a las misceláneas. Eso es lo que dice la imagen de la revista. No sólo van a joder a las librerías, a las tiendas de discos, a las tiendas de deportes. Ahora van por el mercado de las amas de casa.

Cada día más personas caemos en la trampa de Amazon. Pero no nos simplifica la vida. Al contrario.  C

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