Lúcumas Sevillanas

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El primer helado que comí en mi vida era de lúcuma. Ya no recuerdo si me lo compraron en una heladería o en una carretilla ambulante, pero me acuerdo muy bien del arroyito anaranjado que chorreaba por mi mano y que me impidieron secar de un lametazo. El helado más exquisito es el de lúcuma, con permiso de las delicias de plátano del “Rayas” sevillano y de “Los italianos” de Granada, dos heladerías andaluzas que venero.

Cada vez que termino de leer el periódico o de ver los telediarios, salgo al jardín de casa para ver cómo están los árboles, los tomates del huerto y el esplendor de los pomelos, porque necesito corroborar que existen cosas agradables y una esperanza de generosidad que reventará al final del otoño, cuando los tallos que ahora observo achicharrados me sorprendan con sus verdores.

Desde hace años siembro árboles latinoamericanos en macetas que luego trasplanto con mimo a la tierra. Los inviernos y sobre todo los veranos han diezmado implacables varias generaciones de poncianas y chifleras, pero —si llueve como debería— cuando los aires mejoren retoñarán de nuevo poncianas, arupos, ceibos, lapachos, chifleras, huarangos, faiques y molles. El año pasado se unieron a la arboleda dos lúcumos que planté para que sus raíces lleguen al próximo invierno vigorosas, aunque no creo que las heladas de la vega sevillana puedan con ellos porque los lúcumos florecen por Tarma, Ayacucho, Apurímac y Huancavelica. Mucho peores son los veranos africanos que nos gastamos, pues desde hace una semana no bajamos de los 45 grados centígrados a la sombra.

En Chile, Bolivia, Ecuador y Perú la lúcuma es muy conocida. Pienso que en Colombia tiene que darse y en América Central existe un fruto muy parecido llamado zapote, aunque amigos “ticos” autorizados me replican que el zapote y la lúcuma “son lo mismo, pero diferente”. La razón es que ambos pertenecen a la familia botánica de las pouteria, de ahí que una de sus especies sea la lúcuma andina que procuro conseguir en la vega sevillana. Un arbolito lo sembré al raso y el calor lo ha machacado; el otro lo planté al abrigo de unas tuyas que le hacen sombra y así crece muy despacio.

La madera del lúcumo es recia y de un color tostado. El ídolo del templo de Pachacámac era de madera de lúcumo, como uno de los postes que los arqueólogos encontraron en 1938. También eran de lúcumo los ídolos de la cultura Moche y el árbol más alto que se exhibe en el llamado “Jardín del Inca” de la ciudadela de Machu-Picchu es un lúcumo. El jesuita Bernabé Cobo probó la lúcuma a fines del siglo XVI y opinó que era “tiesa y sin jugo y algo ahogadiza, no de sabor apetecible, por lo cual no es fruta de estima”. ¡Ay, padre! ¿Por qué no la preparó en arrope, como cocían las berenjenas en su Lopera natal? La lúcuma no está para comerla en rama sino para guisarla. Pero si se toma en helado está para morirse o quedarse loco.

La corrupción, la crisis económica, la ausencia de gobierno y las penosas trifulcas entre los partidos políticos me deprimen y me irritan; pero mis hijos están bien, nada me falta. Turquía, Maduro, Siria, Putin, el Banco Central Europeo y el mal llamado estado islámico prefiguran un otoño teratológico; pero el verdor de mi pradera es un remanso, nada me falta. El alzheimer de mi madre a lo lejos, mi hija mayor viviendo en un país remoto y las muertes previsibles (y sobre todo las inesperadas) de los amigos me estragan y me desconsuelan; pero en sus nombres podo, siembro y cosecho. A estas alturas de mi vida, lo que quiero es que los padres de familia desempleados que tienen mi edad encuentren trabajo, que los partidos que nos tratan como si fuéramos idiotas se hundan en las elecciones y que las niñas y mujeres secuestradas por integristas islámicos sean liberadas sin haber sufrido atropellos. No es mucho, pero son cosas concretas, como los tomates recién cogidos del mato espejeando al sol tras enjuagarlos.

Puestos a pedir algo para mí, querría que el último helado que coma en esta vida sea de mis lúcumas sevillanas.

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