Mauricio Wiesenthal

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A un lector culto y bien informado nunca podría descubrirle las obras de Javier Marías, Andrés Trapiello, Javier Cercas, Antonio Muñoz Molina o Enrique Vila-Matas, quizá los cinco escritores españoles contemporáneos con mayor prestigio literario. Sin embargo, hoy me gustaría dirigirme a lectores más finos y menos atentos a las novedades, para compartirles la existencia de un escritor que continúa siendo secreto a pesar de su edad, su mundo y sus libros. Les hablo de Mauricio Wiesenthal (Barcelona, 1943), el autor que más me ha deslumbrado después de Coetzee y Sándor Márai, por citar a dos escritores cuya existencia descubrí en el año 2000, cuando leí Desgracia y El último encuentro, respectivamente.

Cuando uno lee a Mauricio Wiesenthal, experimenta la sensación de ingresar en una selecta biblioteca, pues sus libros —Rainer María Rilke (Acantilado, 2015), Siguiendo mi camino (Acantilado, 2013), El viejo león
(Edhasa, 2010), Luz de vísperas (Edhasa, 2008), El esnobismo de las golondrinas
(Edhasa, 2007) y Libro de réquiems (Edhasa, 2004)— remiten a otros libros y sus personajes son escritores o criaturas literarias con quienes los lectores dialogamos, discutimos o nos enamoramos. A veces es Balzac y otras Tolstoi, en ocasiones Stendhal y casi siempre Stefan Zweig, cuyo testamento literario
—El mundo de ayer. Memorias de un europeo— continúa interpelándonos ahora que la cultura y los valores de la vieja Europa agonizan exangües. En realidad, la biblioteca que sostiene cada página de Wiesenthal es la última reserva de los clásicos y por eso Proust, Rilke, Wilde, Camus, Turgenev y Dostoievski son sus cimientos y sus estanterías.
Sin ser una novela ni estrictamente unas memorias, Siguiendo mi camino es un
volumen de canciones, lecturas, personajes y geografías, aunque para disfrutar de su entraña deberíamos saber dos cosas. En primer lugar, que a Wiesenthal le interesan las vocaciones invisibles de los escritores (“Hay un misterio en las botas de punta redonda que hacía Tolstói, en los dibujos de Goethe, en la calculadora que inventó Pascal, en las medias que fabricaba Voltaire, en los muebles que diseñaba Víctor Hugo, en las partidas de ajedrez de Zweig, en la música que
componía Nietzsche, en las colecciones de mariposas de Nabokov”), porque “Un segundo oficio es algo tan cercano a la personalidad de un artista que siempre nos preguntaremos si era, en realidad, su auténtica vocación”. Dicho lo cual, el lector descubre que Wiesenthal ha financiado su escritura ejerciendo los oficios más inverosímiles. A saber, profesor universitario, fotógrafo, perfumista, talabartero, ghost writer, enólogo, librero, cronista de viajes y artista de circo, pero sobre todo cantante por bares, hoteles, clubes, tabernas y trastlánticos de tres continentes. Wiesenthal ha conocido desde el lujo más sofisticado hasta la bohemia más modesta, aunque siempre paseando con elegancia un dandismo personalísimo. Siguiendo mi camino es el inventario de su repertorio y cada una de esas cuarenta y siete canciones consiente una memoria fascinante de curiosidades, conocimientos y melancolías en las lenguas más diversas, porque Wiesenthal canta y habla en español, inglés, alemán, italiano, francés, ruso, napolitano, hebreo y portugués.

Por otro lado, a caballo entre la biografía y la epifanía poética, Rainer María Rilke (El vidente y lo oculto) es un libro fastuoso que me recuerda la biografía proustiana de Painter o la que Andrew Delbanco dedicó a Herman Melville, porque Wiesenthal no se limita a seguir los rastros visibles del poeta checo en lengua alemana, sino que se sumerge en las lecturas y la correspondencia de Rilke para encontrar la chispa que alumbró sus poemas y sus reflexiones. Libro mayor de sólida y maciza escritura, su cometido más ambicioso no es ilustrarnos sobre la vida de Rilke, sino invitarnos a reconocernos en un fascinante paseo por la gran cultura europea.

Hoy se lleva escribir sobre la condición humana, los horrores de la memoria y las regiones más oscuras del alma, cuando no acerca de las modernidades digitales, la levedad de las pasiones contemporáneas o los compromisos de diseño que exige nuestra era espectacular. La obra de Mauricio Wiesenthal no frecuenta ninguno de esos extremos y probablemente no colme las expectativas de aquellos lectores. ¿Desde dónde escribe Wiesenthal entonces? Si Fabrizio del Dongo narraba desde el campo de batalla mientras buscaba la batalla, Mauricio Wiesenthal escribe desde las ruinas de la cultura europea para decirnos cuánta felicidad atesoran esos escombros y para hablarnos de su antiguo esplendor.

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