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La sala de espera se convirtió en una especie de coreografía

Sucedió en la sala de espera del Departamento de Endoscopía en el Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán, donde esperaba a que le hicieran un estudio a mi madre. La atención en este hospital es de primera —como en Neurología cuando llevábamos a mi padre cerca de aquí— con todo y que recibe multitudes bíblicas de enfermos. Fue el personal de esta HHH institución la que obró una curación musical colectiva. Musicoterapia, la llamaron los griegos.

Era la tercera cita de mi madre en el mes, ya me aclimataba a la atmósfera que se respira en los centros de salud. En la sala de espera repleta de pacientes y parientes, por la que desfilaban enfermos en calidad de urgencia para realizarse estudios y cirugías, uno tras otro, entraban y salían sin cesar. La espera también era interminable. Las sillas no eran suficientes, la mayoría estaba de pie y otros más en el pasillo. Yo me estacioné en un rincón con la silla de ruedas de mi madre, convertida en perchero de ropa y bolsas. La gravedad del ambiente. El olor a enfermos y a medicamentos. Las voces de la recepción gritaban los nombres, los cuerpos se movían con ayuda de algún familiar, recibían una bata y se perdían tras una puerta que abanicaba las horas. El tiempo pasaba lento y pesado.

En la recepción había dos personas dirigiendo el movimiento: él era muy amable y eficiente; ella, además, organizaba con habilidad las endoscopías y las cirugías como si capitaneara un barco en aguas difíciles. En esas horas de hundimiento silencioso, de Titanic sin orquesta tocando hasta el final, horas en las que nadie ha comido ni dormido, en las que todos desean ser rescatados sanos y salvos, la mujer de la recepción colocó una bocinita sobre el mostrador. De pronto empezó a sonar la música, los éxitos de Creedence Clearwater Revival llenaron el vacío y su efecto mágico animó las horas muertas.

La atmósfera cambió. Experimentamos
de súbito una relajación y algunos empezaron a conversar. Otros cantaban discretamente o seguían el ritmo con el pie. En seguida emanaron los éxitos de los Doors como una fuente de colores y luego un
best of de los Rolling Stones. La sala de espera se convirtió en una especie de coreografía entre los pacientes, las doctoras y enfermeras yendo y viniendo, los jóvenes médicos empujando camillas y aparatos, y el personal que coordinaba el baile en varias pistas. Las irradiaciones de la bocinita movían la sala y se armó una danza de la salud con dolor, llanto, enfermedad, tristeza, incertidumbre e incomodidad. Pero también alivio y tranquilidad. La confianza en la ciencia médica con ética, ritmo y melodía. En 1978 los Cramps tocaron en el California State Mental Hospital. Me parecía una locura rockera, pero ahora conocí la importancia de su gesto, la música en los hospitales ayuda a curar la mente, el corazón y el espíritu.

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