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El sismo del 57, dejó al Ángel caído. En el último, sesenta años después, se cayó lo poco de credibilidad que teníamos en nuestras instituciones.

“Polvo eres y en polvo te convertirás”, y no necesita llegar La Parca para que eso suceda.

Desde el temblor del 19 de septiembre, el 66 por ciento de los inquilinos del edificio en el que vivo (8 de 12) decidieron rescindir sus contratos de renta e irse a vivir a zonas menos sísmicas que la Condesa, a pesar de que el inmueble, según los dictámenes periciales, no tiene daños en su estructura. La construcción data de 1957, año en el que un terremoto de 7.7 grados en la escala de Richter (28 de julio, 2:43 am), con su epicentro cerca de Acapulco, dejó 68 muertos, daños en algunos edificios y casas y tumbó el Ángel de la Independencia, ícono del Distrito Federal inaugurado en 1910 y lugar de cita hasta ahora para hacer festejos diversos. Se tomaron entonces medidas para que las edificaciones cumplieran con ciertas normas más rigurosas que evitaran que esta ciudad, de apenas cuatro millones de habitantes, sufriera consecuencias mayores. Al parecer los arquitectos de mi edificio cumplieron con la reglamentación y erigieron unas columnas que lo sostienen y que son a prueba de temblores y temblorinas. Por supuesto, eso no excluye los daños más cosméticos (grietas, vidrios rotos) y los colaterales: en mi caso, los libreros en el piso, los vasos y copas hechos añicos, las botellas estrelladas y uno que otro cuadro averiado. Tres meses y medio después, aún no termino de acomodar los libros en su lugar.

Con el edificio semivacío, los dueños aprovecharon no sólo para reparar los departamentos que sufrieron algunos daños, sino también para darle un mantenimiento mayor a las áreas comunes, entre otras cosas: pulir pisos y escaleras. Esto se traduce en una gran cantidad de polvo, que si se midiera en IMECAS yo tendría que haber dejado de circular todos los días que ha durado la reparación. Afuera las cosas no son distintas. Desde hace meses la colonia está en proceso de repavimentación. Y ahora le tocó a mi calle: por lo pronto se están rehaciendo las banquetas, que si bien no estaban en óptimas condiciones podrían haber esperado varios años más. Los recursos gastados habrían sido de mucha mayor utilidad para restaurar algunos de los inmuebles seriamente tocados por el temblor. Polvo adentro y afuera.

 

El sismo del 57, dejó al Ángel caído. En el último, sesenta años después, se cayó lo poco de credibilidad que teníamos en nuestras instituciones.

 

Me tocó vivir el terremoto de 8.8 que cimbró una buena parte de Chile el 27 de febrero de 2010. Fue tan intenso que modificó el eje de rotación de la Tierra. Eran las tres y media de la mañana. Nos encontrábamos en Santiago escritores, editores, bibliotecarios, promotores de lectura e interesados en el tema en un congreso de literatura infantil y juvenil (CILELIJ). Muchos de nosotros suponíamos que una buena parte de la ciudad estaría en ruinas. Hacia las diez de la mañana yo me di una vuelta por las inmediaciones del hotel y ciertamente encontré mucho escombro y vidrios rotos. La fachada del recinto en el que se celebraba el congreso se había venido abajo, pero ningún edificio había colapsado. El aeropuerto quedó inhabilitado por algunos días. Juan Villoro, que se encontraba entre los invitados, le dedicó un libro, 8.8: El miedo en el espejo (Almadía, 2010). En él afirma que, a diferencia de Chile, la corrupción en nuestro país ha hecho que los sismos sí produzcan derrumbes, muchos de los cuales quizás podrían haberse evitado si se respetaran las normas de construcción, que quizás ahora vuelvan a ser más estrictas, aunque en unos años pasarán al olvido. El del 57, dejó al Ángel caído. En el último, sesenta años después, se cayó lo poco de credibilidad que teníamos en nuestras instituciones.

Año de elecciones, este 2018 no podemos votar contra la Tierra, que seguirá temblando a su antojo y sin previo aviso, pero sí lo podemos hacer contra la impunidad y la corrupción, dos de los peores males que nos afectan día a día.

Entre el polvo de adentro y el polvo de afuera me quedo con otro más íntimo que hace el aire respirable: parafraseando a Quevedo: “Polvo soy, mas polvo enamorado”.

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