Robert Dahl

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Horacio Vives Segl


Como generacionalmente es de esperarse, poco a poco se van yendo las plumas y las voces de los intelectuales que planeaban una mejor y más factible manera de construir democracias al término de la Segunda Guerra Mundial. Hace unos días falleció el politólogo norteamericano Robert Dahl (1915-2014). Apenas en octubre del año pasado, el politólogo hispano-germano Juan Linz también falleció.

Dos profundas pérdidas para la Universidad de Yale y la para la Ciencia Política contemporánea; dos figuras de aquella “generación de jóvenes turcos”, de pensadores europeos y norteamericanos que se encargaron de sistematizar una agenda de conocimientos sobre la política, desarrollados en las principales universidades de Estados Unidos —como Yale—, y que se encargaron de formar a diversas generaciones de politólogos, muchos de los cuales reprodujeron en sus países de origen dicha agenda de vanguardia para la Ciencia Política.

 La democracia según Dahl. Dentro de las múltiples aportaciones académicas que realizó Robert Dahl, en 1971 escribió una de sus obras destinadas a ser referentes obligados para la Ciencia Política: La Poliarquía. Participación y oposición (Yale University Press). Pocos entendieron las entrañas del poder y de la democracia como lo hizo él. Dahl observó minuciosamente el funcionamiento de poco más de treinta países que hacia finales de los años sesenta se podían considerar formalmente como democracias. Llegó a la conclusión de que la democracia es un ideal teórico utópico, y lo que se entiende como tal en realidad es la poliarquía. Para Dahl, se podía transitar de una hegemonía cerrada (forma de gobierno indeseable) a una poliarquía en la medida en que se incrementa lo más posible el debate público (liberalización del régimen) y el derecho a participar en elecciones y en el gobierno (representación efectiva).

En sociedades crecientemente complejas en tamaño y diversidad de agendas, Dahl encontró que han de darse al menos tres condiciones para que todos los ciudadanos puedan convivir con un gobierno democrático: (1) que los ciudadanos puedan formular sus preferencias; (2) que dichas preferencias puedan ser manifestadas pública y libremente entre sus partidarios y ante el gobierno, tanto individual como colectivamente, y (3) que el gobierno reciba y procese dichas preferencias con igualdad de trato y sin hacer discriminación alguna por su contenido u origen. Cada una de esas condiciones debe estar acompañada de distintas garantías institucionales para ser efectivas, como las libertades de expresión, asociación o voto, la elegibilidad para el servicio público o la diversidad de fuentes de información. En suma: ante la imposibilidad de la democracia como modelo utópico, ¿qué condiciones se deben cumplir para que un país sea lo más democrático posible?

 Vigencia. La democracia sigue siendo (afortunadamente) la mejor forma conocida para articular la competencia entre grupos, conformar gobiernos y amortizar el conflicto entre diversos actores. Con todo, es innegable que actualmente algunas democracias—como es el caso de la mexicana— atraviesan una etapa de cuestionamiento, al no percibir la ciudadanía en general suficientes beneficios asociados a esa forma de gobierno. O, dicho de otra forma, que podrían ser preferibles gobiernos menos democráticos, o incluso no democráticos, con tal de que fueran más eficaces para resolver los problemas de mayor apremio de la población, como los relacionados con la situación económica o la seguridad pública. En debates como el actual, las lúcidas reflexiones de Robert Dahl sobre el funcionamiento de la democracia serán muy oportunas.

hvives@itam.mx
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@HVivesSegl

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