Artefactos literarios y memoria de largo plazo

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Ha oscurecido y los libros descansan. Un orden secreto o el azar han unido testimonios distantes. Un parentesco inesperado enlaza libros mediante las claves de la memoria, la escritura y la violencia. En Guerra y paz, León Tolstoi narra el enfrentamiento de Napoleón contra el ejército ruso, en Smolensk, una ciudad de la Rusia occidental construida en las orillas del río Dniéper. En la Segunda Guerra Mundial, Smolensk fue el escenario de otra colisión humana: la batalla entre Hitler y el Ejército Rojo.

La ciudad de Smolensk tiene un significado especial para los neurocientíficos. El soldado Lev Zasetski fue uno de los héroes desconocidos que detuvieron allí el avance nazi. Según sus propias palabras: “El pelotón de lanzallamas, en cooperación con la compañía de fusileros, se disponían a romper la defensa de los alemanes en la otra orilla del río Voria. Nuestros cañones empezaron a rugir… un minuto, dos, tres. Y todo quedó en calma. Empezaron a silbar las balas sobre mi cabeza. Me tiré al suelo. Pero no podía esperar demasiado, porque nuestros soldados habían empezado a ascender por la orilla. Me puse en pie sobre el hielo, bajo el fuego de las ametralladoras, y avancé hacia el oeste…”

El testimonio de Lev Zasetski forma el relato central de Mundo perdido y recuperado. El caos de las primeras páginas se debe al hecho de que el soldado ha recibido un impacto de bala en el cráneo. Su médico, A.R. Luria, autor del libro y padre de la neuropsicología, encuentra a L. Z. en un hospital de rehabilitación, con graves problemas neurológicos. En el peor momento, ha olvidado su identidad personal.

El cráneo de L. Z. está roto: al interior hay una grave lesión de la corteza parietooccipital del hemisferio izquierdo. El sujeto no puede ver el lado derecho del universo. Cierra un ojo, luego el otro: la invisibilidad del hemiespacio derecho permanece sin cambios. Descubre asombrado que ha olvidado las letras: él, un estudiante de cuarto curso de la Universidad de Mecánica, es analfabeto. Si el médico le da la mano, no sabe cuál extender. La silla se encuentra más lejos de lo que parece; el tenedor no le obedece y no logra pinchar la carne. “De repente vuelvo en mí y me horrorizo al darme cuenta de que me falta medio cuerpo. Con mirada asustada, pienso: ¿dónde se han metido mi brazo y mi pierna derecha?” Una noche despierta con una sensación de presión en el vientre; no tiene ganas de orinar, pero debe hacer algo. ¿Pero qué? Acude al lavabo, pero no sabe qué hacer. Sabe que tiene un orificio para expulsar orina, pero tiene necesidad de otra cosa, es otro orificio el que lo presiona, pero ha olvidado para qué sirve.

No se trata de cualquier soldado. Su padre murió en una mina de carbón cuando L. Z. tenía dos años. Fue educado junto a tres hermanos por una madre analfabeta. Zasetski anhelaba asistir a la universidad para ayudar a su madre, para “ser un hombre soviético polifacético, capaz de ofrecer a la nación una ayuda en el campo de la ciencia y la técnica”. Esa ingenuidad optimista, que le permitió soñar en la adolescencia con un mundo de letras, liberador y fraterno, le permitirá enfrentar con valor el mundo hecho pedazos por la enfermedad neuropsiquiátrica.

Al principio le resulta tan difícil escribir como leer: no recuerda qué movimiento hacer para trazar las letras, pero un día todo da un vuelco: “un doctor me pidió que escribiera no por letras, sino de un tirón, sin soltar el lápiz ni separar la mano del papel. Por supuesto, pregunté varias veces lo que tenía que hacer, pero cuando finalmente lo comprendí, me repetí la palabra sangre, cogí un lápiz y la escribí de un tirón, a pesar de que no la recordaba porque era incapaz de leer lo que escribía”. El redescubrimiento de la escritura le permitirá rescatar evocaciones fragmentarias de la guerra y la enfermedad. Ante todo, restablece la continuidad de su identidad personal. Una pila de notas amarillentas se acumulará en desorden. Tras veinticinco años de trabajo clínico, el doctor Luria les dará una disposición lógica.

Mundo perdido y recuperado es una historia sobre la guerra, el hemisferio cerebral izquierdo, y el poder de la escritura como artificio para la remembranza. Pero esta noche, lejos de Rusia y la Segunda Guerra Mundial, leo una novela que también aborda el problema de la memoria y la violencia, aunque no se refiere a un combate entre naciones. Trata acerca del sometimiento de una masa anónima de migrantes centroamericanos en el territorio de México, durante su trayecto hacia la nación más poderosa del mundo. El autor nos presenta una masa humana informe, cuyos individuos no pueden ser nombrados. La identidad personal ha sido aniquilada, pero esto no sucede como consecuencia de una lesión cerebral: se trata de un artificio literario, diseñado para recordarnos que los nombres no pueden evocarse cuando las personas han sido reducidas a un conjunto de cuerpos intercambiables, cuya voz no será escuchada por autoridades mexicanas dedicadas a la extorsión. En Las tierras arrasadas, de Emiliano Monge (Random House, 2015) la tentativa de la memoria es formulada mediante la dimensión acústica de las voces. Estas voces humanas conforman una suerte de coros, que son fragmentos textuales de testimonios recolectados por el autor. Se trata de un depurado ejercicio literario que elabora bocetos del horizonte humano, pero no realiza juegos estéticos para el gozo de la contemplación: más bien pone en práctica el poder de la literatura en la generación de recuerdos: si Zasetski, el soldado ruso, debió recuperar la escritura para organizar su mundo caótico de vivencias, en Las tierras arrasadas no hay un enfermo capaz de alcanzar ganancias cognoscitivas extraordinarias. Es el autor quien deberá cumplir tres papeles en la elaboración de la vivencia subjetiva: será la voz de los migrantes, el portavoz de los secuestradores, y finalmente, deberá actuar a la manera del doctor Luria, ordenando papeles amarillentos acumulados durante décadas: el narrador otorga a la obra un juego de perspectivas que se inscribe dolorosamente en el oído del lector, mediante recursos de metaficción, dentro de una tradición configurada en México por Morirás lejos, El Grafógrafo, Cerca del fuego o El libro vacío.

Mediante el énfasis en la trama, Monge supera la trampa autorreferencial implícita en el juego metaliterario. Años antes, en su novela El cielo árido (Random House, 2012), Emiliano Monge se dedicó a escarbar en la historia mexicana del siglo xx, y nos devolvió un paisaje donde la miseria moral precede y trasciende al protagonista, un líder de la comunidad ficticia de Lago Seco. La mirada del narrador se detiene en 1975 y observa el suicidio de una mujer y el exilio de su familia. En 1948, el narrador observa el asesinato de un líder religioso. El narrador retrocede a 1934 y es testigo del incendio de una iglesia donde se encuentran encerradas docenas de feligreses. En 1901, cuando nace el protagonista de El cielo, la violencia ya se encuentra inscrita en los espacios humanos, en sus códigos de interacción, y en la arquitectura devastada y precaria que han dejado épocas anteriores de sometimiento y despojo. El cielo árido es una arqueología del odio en el caluroso territorio mexicano, cuya prosa nos permite atisbar una condición transgeneracional sin principio ni fin: simplemente se replica a sí misma, más allá de las vidas individuales que la ponen en escena.

Mientras un soldado ruso y su médico intentan reconstruir la trayectoria humana de un enfermo herido por una bala, mediante el poder de la escritura, yo intento olvidar la permanencia siempre renovada de la violencia en México, pero no lo consigo porque los artificios de El cielo árido y de Las tierras arrasadas han implantado en mi conciencia signos que se desdoblan y despliegan lentamente. Me quedo en la noche intentando descifrar el enigma propuesto por una prosa densa, compuesta por redes conceptuales inéditas, que van formando capas y capas de rememoración, y llevan a su límite la complejidad espacial del pensamiento. ¿Han sido los juegos formales del narrador, con su autoconciencia y su metaconciencia, los responsables de esta hipermnesia duradera? La literatura no descansa: por la noche inscribe recuerdos en nuestra memoria de largo plazo, para formar un conocimiento más auténtico. Y así será, si el trayecto de una bala no me reduce al analfabetismo.

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