Capitán Fantástico
de Matt Ross

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Ben Cash (Viggo Mortensen) y su esposa Leslie (Trim Miller) deciden abandonar la comodidad, “salirse de la red” y dejar las aparentes certezas de la vida moderna, por lo que se llevan a sus seis hijos a vivir en medio del bosque en el noroeste estadunidense, donde su padre les enseña estrategias de supervivencia en la naturaleza y artes marciales,
además de que les dan una sólida educación formal que incluye política, historia, arte, idiomas (por lo menos cinco), física, medicina y astronomía. En las primeras imágenes vemos a un grupo de cazadores cubiertos de lodo. Bodevan (George McKay), el hijo mayor, persigue un venado al que atrapa y le corta el cuello. Ben le ofrece el corazón del animal para que lo muerda, con lo que se completa un rito iniciático moderno primitivo.

Ben y su familia han escapado del materialismo, el consumismo, la vulgaridad política, los dogmas de la normalización mediática y la manufactura del consenso (Chomsky dixit). Durante el día la familia se ejercita, entrena, caza y estudia, por la noche, a la luz de la fogata, leen Dostoievski, Jared Diamond, Nabokov y tocan música. En un tiempo de hiperinformación, adicción a las tecnologías de comunicación móviles y obsesiones mediáticas, la cinta Capitán Fantástico, del actor, guionista y director Matt Ross, se antoja particularmente provocadora, como un manifiesto en contra de la complacencia y el cinismo que caracterizan a nuestra época. Además, el estreno de la película coincide con el debate que ha provocado la muerte de Fidel Castro. Ben es un padre autoritario y bien intencionado que ha impedido que sus hijos tengan contacto con el mundo y aunque las ideas que les enseña son progresistas, los ha convertido en una caja de resonancia de sus propios ideales. Su meta es volverlos críticos autosuficientes del sistema, y si bien la disidencia no es reprimida, sí es aplastada con poderosos argumentos a los que sus hijos no pueden responder. De tal manera la familia se convierte en una especie de comuna o peor aún, en un culto en el que Ben es la figura infalible que impone un orden cuasi militar, en donde no se permite la holgazanería ni física ni mental y en donde se habla con una franqueza y honestidad que bordan en la crueldad.

Ben ha elegido una vida en la que no debe rendirle cuentas a nadie, sin embargo sabe que al salir de su mundo corre enormes riesgos al confrontar a la sociedad. Y eventualmente una tragedia familiar los motiva a abandonar su utopía salvaje para visitar la civilización. Leslie ha sido hospitalizada por padecer de esquizofrenia y tras varios intentos de suicidio logra quitarse la vida. El padre de Leslie responsabiliza a Ben por su muerte y le prohíbe asistir al entierro. Tras deliberar y ver el sufrimiento de sus hijos decide ignorar las órdenes de su suegro e ir con sus hijos a obligar a la familia a respetar los deseos de Leslie de ser incinerada en la tradición budista. La confrontación de Ben y sus hijos con el resto del mundo va de lo hilarante a lo extraño, pasando por lo conmovedor, en su largo recorrido de Oregon a Nuevo México a bordo de un viejo autobús escolar. Roban comida en un supermercado, tienen un brutal choque cultural con sus primos, celebran el día de Noam Chomsky (el equivalente a la navidad pero en donde no se festeja a un señor mágico sino a un
pensador humanitario) y engañan
a un policía haciéndole creer que son una familia de fanáticos religiosos.
Ben es una versión iluminada e izquierdista de los survivalists, el movimiento paranoico que espera el final de la sociedad acumulando armas, botellas de agua, resentimiento y latas de comida en preparación para el inminente apocalipsis que tendrá lugar cuando aparezcan los helicópteros negros de las Naciones Unidas, los zombis, el Rapto o alguna otra amenaza a la cultura judeo cristiana estadunidense, al estilo de Howard (John Goodman), el personaje de Avenida Clover 10 (10 Cloverfield Lane, 2016), de Dan Trachtenberg.

Ben piensa, con cierta razón, que sus hijos están mejor preparados para la vida que los niños que van a la escuela y pasan el día jugando videos, sin embargo no se imagina que su universo de armonía se estremecerá cuando Bodevan le confiesa que ha solicitado entrar en la mayoría de las grandes universidades del Ivy League estadunidense y ha sido aceptado en todas, además su hijo, Rellian (Nicholas Hamilton) se rebela en su contra refugiándose en la casa de sus abuelos tras acusarlo de ser el responsable de la muerte de su madre. Su mundo se colapsa cuando se da cuenta de que está poniendo en riesgo la vida de sus hijos. Es muy importante señalar que gran parte del peso y la credibilidad de la historia la carga en sus hombros Mortensen, un actor cada día más completo y extraordinario.

Ross apuesta por una cinta que rompe la norma del muy gastado género del filme familiar hollywoodense. En buena medida se puede criticar la propuesta de sus personajes, así como la confrontación un poco caricaturesca con su familia política, burgueses consumados que viven en un club de golf. Ross plantea que el abandono
de la civilización de Ben no es estrictamente un regreso rousseauiano a la tierra, ya que valora la cultura (tanto la alta como el pop de los años setenta) y la ciencia (producto de la sociedad urbana), tampoco se prepara para una revolución ni parece tener planes para lo que harán sus hijos al volverse adultos. Su comuna está condenada a la desintegración o al incesto. El guión parece insinuar que un hombre que ha pensado en todo como Ben no imagina que sus hijos lo abandonarán a él, como él abandonó al mundo.

En estos tiempos es imposible al ver esta película no pensar en Fidel Castro y su paternalismo nacionalista. Tanto el patriarca de Cuba, como el de la familia Cash, deciden romper con el capitalismo y aislarse en un mundo idealizado de pureza. Los dos fomentan la educación y la salud por encima de la frivolidad y la libertad de expresión. Ambos creían que rendirse era peor que morir y ambos padecían de un narcisismo tóxico. Sin embargo, la trama de Ross culmina celebrando y rindiéndose ante el experimento de la familia Cash al no mostrar más polémica ni disidencia; difícilmente podemos imaginar un final semejante para el experimento nacional de Castro.

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