Este año (el 11 de octubre pasado, Teatro Helénico) se cumplieron quince años de representación de un monólogo llamado Los niños perdidos,* basado en mi cuento “A los pinches chamacos”. Su actor y animador, Esteban Castellanos, cumplirá en esa fecha alrededor de setecientas representaciones. He visto la obra unas diez veces y siempre he notado cómo afina pequeños detalles, supongo que debidos a su interacción con el público y a su veta perfeccionista. Se ha presentado en muchos foros, en programas de la SEP destinados a jóvenes de secundaria y ha viajado con la obra por una buena parte del interior de la república y por varios países de América y España. En ese monólogo —también llamado ahora con pompa “espectáculo unipersonal”— representa al menos a una decena de personajes, y los elementos escenográficos que requiere son tan sencillos que puede montarse casi en cualquier espacio. Y ciertamente se conecta bien con el público al que va dirigido, aunque en ocasiones los maestros, los padres de familia o las autoridades se asusten de su contenido.

Quienes hacen teatro independiente en México ganan muy poco. Sobreviven.

Esteban es alguien que también invita por las redes sociales a sus funciones y recibe siempre comentarios solidarios del gremio y de los amigos. Cuando los leía me sorprendía que muchos de ellos le desearan “¡mucha mierda!”. Lo dejé pasar sin entender por qué sus allegados lo insultaban. Luego pensé que se trataba de un chiste privado. Hasta que él me explicó no hace mucho una de las versiones que existen sobre la expresión: antes, en los siglos XVI y XVII, los asiduos al teatro, especialmente de clases adineradas, llegaban al corral de comedias o al lugar de la representación en carruajes guiados por caballos, que con la falta de pudor consabida de los equinos defecaban en la calle. Entre más excremento llenara el camino, significaba que había más público pudiente. Como las funciones eran gratuitas, los espectadores con mayor poder económico lanzaban monedas al escenario y los actores se agachaban a recogerlas. De ahí otras expresiones para desear buena suerte a la compañía: además de “mucha mierda”, aunque menos común, es decir “¡rómpete una pierna!” o “¡rómpete una pata!”.

Ciertamente, salvo excepciones, quienes hacen teatro independiente en México ganan muy poco. Sobreviven. Y no por independientes son menos profesionales. Si bien no tienen que estar rompiéndose las patas para recoger monedas en el escenario, la parte que les corresponde de taquilla por lo general apenas significa una mínima parte del esfuerzo que hacen para montar una puesta en escena. Suelen ensayar por muchas semanas, tienen que echar mano de los ahorros, pedir préstamos, buscar un patrocinador o generar una fondeadora que les ayude a comprar vestuario, elementos escenográficos y utilería. Y por supuesto necesitan tener otra fuente de ingresos para vivir. Por eso los ensayos tienen que hacerse en horas que no choquen con las de su tiempo laboral. Luego hay que conseguir un teatro o un foro que los acoja y esperar a que el público asista. A veces, los espacios que consiguen no permiten cobrar, por lo que se reparten sobres a la entrada para que en ellos se ofrezca una aportación voluntaria.

Aunque todavía no me acostumbro a echar esa buena vibra coprofílica (tan sólo en mi familia tengo cuatro actrices/actor: mi esposa, mi hija, mi sobrina y mi yerno, además de varios amigos dramaturgos), trato de colaborar con el gremio echándole ese poquito de mierda que el caballo de mi carreta puede expulsar: cuando representan en escena un cuento mío no pido retribución por derechos de autor: me siento más que compensado sabiendo que una compañía puede obtener algunos ingresos, no sólo para vivir o sobrevivir, sino para seguir haciendo teatro.


* El monólogo se presenta el miércoles 25 de octubre a las 20:30 horas en el Teatro Helénico. Ingreso a partir de 12 años. Boletos: $200.

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