Sobre el olvido de un género literario

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“Las drogas han destruido a muchas personas, pero las políticas erróneas han destruido muchas más.” Transcribo la declaración editorial más reciente de la revista The Lancet, una de las más relevantes en el ámbito de las ciencias médicas. La elección del tema no es casual: por primera vez en dos décadas, la sesión especial de la Asamblea General de las Naciones Unidas estará dedicada al problema de las drogas. The Lancet publicó recomendaciones difíciles de deglutir para el sector más conservador de la política y la salud: hay que “descriminalizar las ofensas menores y no violentas, como el uso, la posesión y la venta de pequeñas cantidades de droga, y fortalecer las alternativas a la sanción criminal en el ámbito de la salud y en el sector social”¹, ya que la revisión científica de los últimos diez años “muestra que la política de prohibición ha fallado tristemente”². Dentro de una línea de pensamiento similar, encuentro el libro Marihuana y salud (Fondo de Cultura Económica, 2015), escrito por Juan Ramón de la Fuente, Óscar Prospero García y otras personalidades con una sólida trayectoria en la medicina psiquiátrica, el derecho y la psicología social. Su lectura me hace pensar en la contradicción de un país con un exceso de noticias escalofriantes, acerca de homicidios, secuestros, y abuso sexual en todas sus formas, y en donde hay, sin embargo, una gran proporción de individuos encarcelados exclusivamente por el delito de posesión de mariguana, casi siempre de pequeñas cantidades que apenas superan (o no lo hacen) el límite establecido por la legislación mexicana, cinco gramos. ¿Los consumidores de drogas son chivos expiatorios ideales en un sistema de impunidad, basado en la complicidad económica de criminales y autoridades corruptas?

Me encuentro de visita en una librería. Junto a Marihuana y salud, encuentro un libro de Julio Glockner, el antropólogo que ha estudiado la mitología de los volcanes sagrados de México. La mirada interior (Editorial Debate, 2016) es un recorrido por los usos rituales de las plantas sagradas, como les llama el autor, en el mundo indígena contemporáneo, prehispánico y colonial. Este cuidadoso estudio me recuerda la tradición de Gordon Wasson, Aldous Huxley, Antonin Artaud y Fernando Benítez. Pero en la mesa de novedades me encantaría ver un libro que ha sufrido una prohibición de facto: me refiero al ensayo Lo existencial a través de los psicodislépticos, del doctor Salvador Roquet, editado en 1975 por la Albert Schweitzer Association.

Los libros de etnofarmacología, como el clásico Alucinógenos y cultura, de
Peter T. Furst, o La mirada interior,
de Glockner, suelen ignorarse con cierta condescendencia en las comunidades científicas de la biomedicina. ¿A qué se debe esto? En general, estas comunidades, a las cuales pertenezco, muestran poco interés por las extensas ramificaciones de la farmacología tradicional mesoamericana. Hay pocas investigaciones científicas rigurosas acerca de los posibles usos medicinales de las “plantas sagradas”. Esto justifica en parte el desinterés. Pero no hay que olvidar las décadas dedicadas durante el siglo xx a una política pública de represión. Los castigos ejemplares a investigadores que transgredieron las reglas ideológicas (escritas y no escritas) del sistema político de salud, como sucedió en el caso de Salvador Roquet, han sido recursos extracientíficos para cancelar los debates académicos y censurar la investigación con fármacos alucinógenos, y sobre todo para tatuar a ciertos médicos con el estigma que marca a los adictos: para exportar el estigma a los médicos que cuestionan o se oponen al canon ideológico de la guerra contra las drogas.

Salvador Roquet, médico psiquiatra, se interesó por las sustancias alucinógenas en los años 1950, durante un experimento para catalizar los efectos de la psicoterapia. Si bien el doctor Roquet era seguidor del psicoanálisis, sus experiencias clínicas lo llevaron a desarrollar una teoría conocida como “psicosíntesis”, basada en el uso de hongos alucinógenos, mescalina, ketamina, datura, y otros alucinógenos. Tras aprendizajes diversos en instituciones médicas, pero sobre todo mediante experiencias con sanadores tradicionales, entre ellos María Sabina, Salvador Roquet desarrolló un ambicioso sistema terapéutico que combinaba recursos basados en el arte, la psicología y la farmacoterapia, para aplicarlo especialmente en personas con ideación y comportamiento suicida.

Se dice que la depresión mayor es el mal de nuestros tiempos. La mayoría de los suicidios se asocian a esta condición. El día de hoy, las mejores revistas de la neurociencia psiquiátrica publican estudios farmacológicos rigurosos sobre el efecto terapéutico de la ketamina o la psilocibina (el principio activo de los hongos alucinógenos) en pacientes con depresión mayor. El mecanismo de acción de estas sustancias se relaciona con su afinidad por receptores de glutamato y serotonina, respectivamente: sistemas de neurotransmisión relacionados con las emociones y el sistema cognitivo.
Aunque el doctor Roquet no fue el primer investigador en usar sustancias alucinógenas en el escenario psiquiátrico, sí tuvo una ventaja frente a sus colegas de Europa y Estados Unidos: en México, estos recursos farmacológicos han sido usados durante siglos por la medicina indígena, que se fusiona plenamente con un sentido de espiritualidad y colectividad. ¿Hay alguna tentativa de reconocer y honrar estos estudios pioneros en nuestro país? Por el contrario, en 1975 Salvador Roquet fue encarcelado en el Palacio Negro de Lecumberri. Cuando un grupo de pacientes mexicanos y colegas de varias partes del mundo se organizaron para defenderlo, las autoridades mexicanas negociaron su salida de la cárcel a cambio de la prohibición para investigar o difundir sus estudios con sustancias alucinógenas. A medida que las neurociencias exploran los efectos de estas sustancias en personas con depresión, ¿no es tiempo de revalorar el trabajo de un investigador encarcelado por razones políticas? Desde luego, se pueden hacer críticas metodológicas a su trabajo, como se pueden hacer a casi todos los trabajos pioneros de la psicofarmacología, que instauraron el canon del litio para el trastorno bipolar o los medicamentos tricíclicos para la depresión. Pero la cárcel no es una crítica metodológica. La Organización de las Naciones Unidas se reúne para discutir el fracaso de la guerra contra las drogas, la Suprema Corte de Justicia de México avanza con audacia a la descriminalización del consumo de cannabis, prestigiadas revistas en el ámbito de las neurociencias publican investigaciones sobre los mecanismos terapéuticos de la ketamina y la psilocibina. ¿Y el doctor Salvador Roquet, que exploró estos temas de forma pionera, desde la transdisciplina etnopsiquiátrica? Parece que el Estado Mexicano que condenó a Roquet ha olvidado uno de los más antiguos géneros literarios: la disculpa.

¹ Csete, J. et al, The Lancet, 2016, núm. 387, pp. 1427-1480.
² The Lancet, 2016, núm. 387, p. 1347.

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