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A Mari- Jo Paz, por la complicidad con Octavio de muchos años en el arte

En una carta  escrita por Marcel Duchamp  (Blainville, Francia, 1887 – Neuilly, Francia, 1968) el 11 de abril de 1917 y dirigida  a su hermana  Suzanne, decía: “Una de mis amigas, bajo el seudónimo  masculino  R. Mutt, ha mandado a la exposición un urinario de porcelana como si fuera una escultura. No es para nada indecente. No había ninguna razón para rechazarle. Pero el jurado ha decidido no exponer semejante cosa. He presentado mi dimisión y seguro que se hablará de ello en Nueva York…”[1] Y no sólo fue en Estados Unidos donde se habló de la pieza, sino en todo el mundo, y más, después de casi cien años todavía se sigue hablando del famoso Urinario de Duchamp. “Sea como fuere- dice la escritora Estrella de Diego-  lo divertido es que tal vez los detractores de Duchamp se han pasado un siglo  odiándole por algo que ni siquiera ha hecho. Naturalmente las razones económicas  también tienen su peso. ¿Se imaginan que el MOMA, San Francisco o cualquiera de los grandes museos cambien la autoría única de Duchamp en la cartela del urinario..?”.

Es necesario reflexionar después de un siglo, no sólo la importancia de Duchamp en  la escena artista, sino lo enorme influencia que su obra tiene y seguirá teniendo  en el mundo del arte. Un libro excelente para su análisis es el libro  Duchamp (que acaba de reeditar Editorial  Anagrama), el  crítico e historiador norteamericano Calvin Tomkins, se consolida como uno de los grandes  maestros de la comprensión estética de la segunda mitad del siglo XX. Por qué con esta obra, creo que sería necesario entender en primer lugar, que la obra producida por Marcel Duchamp ha ejercido una influencia clave en la historia del arte; en segundo, porque asentó  su vida y su obra en el equívoco, con lo que nadie sabe a ciencia cierta quién fue realmente, muy poco  por qué hizo lo que hizo y, desde luego, prácticamente nada acerca de lo que él pensaba sobre su obra o la que realizaron sus contemporáneos. De hecho, Duchamp cultivó el enigma, que como dice el historiador Calvo Serraller es fuente segura de fascinación.  Duchamp recaló en París a la edad de diecisiete años. En su faceta como pintor, que hubo de simultanear con el trabajo de caricaturista, pasó rápidamente por todas las tendencias artísticas en boga -impresionismo, postimpresionismo, fauvismo, cubismo- sin comprometerse con ninguna; este afán experimentador e inquieto iba a ser una de las constantes de su fecunda trayectoria.

Duchamp hizo un arte de límites, pero  que sitúa el objeto contra la obra de arte; un objeto descontextualizado, gratuito, abierto a todo género de asociaciones. Es necesario no perder de vista que  La mariée mise â un par ses celibataires, meme  es la pintura más comentada de la historia del arte moderno. La obra de Duchamp continúa siendo la provocación de historiadores y el  pasatiempo de ensayistas con pretensiones totalizadoras y teológicas. “ Durante décadas – dice la crítica  Ángela Molina-  su obra ha tenido un efecto de movimiento artístico, el único que no es un ismo pero si una actitud parecida a la indeferencia:  lo duchampiano. Empañó para siempre los pulcros cristales del historicismo, del arte  heroico moderno – y gracias a su tardío reconocimiento hacia Courbet- creía  que debía  aceptarse forzosa y contradictoriamente  como cosa  mentalle…”

El famoso  urinario de loza  Fountain (1917), que expuso en Nueva York a modo de escultura, revela una posmoderna capacidad  para el simulacro, es  cierto, pero también una creativa asimilación de las dinámicas artísticas del dadá y los  papiers collés  que ya por esas fechas atormentaban a Picasso y Matisse. Algunas de las aceradas propuestas de Duchamp enraízan aquí: originalidad, reproducción, mercantilización seriada, mecanismos de la percepción, psicología de la imaginación, simplicidad poética llevada al límite… Eran desplazamientos de sentido que, en alguna medida, los  ready-made utilizaban para poner en solfa las seguridades del ilusionismo naturalista convencional. Entre 1920 y 1923, Marcel Duchamp trabaja en una obra conflictiva para el arte contemporáneo.  El gran vidrio comparte con  Les demoiselles d? Avignon  de Picasso el espacio fronterizo del nuevo arte. Es decir, son quizá las dos piezas que cambiaron radicalmente las vanguardias estéticas.

Sólo un consumado ironista puede lograr el desconcertante efecto que Duchamp ha conseguido: que los estudiosos de su obra se remitan  por lógica al misterio de su vida;  que quienes afronten la investigación de su biografía, acaben siempre explicándola dentro  del análisis de su obra. Juego en verdad sorprendente. Por ello Calvin  Tomkins no sólo trabajo la vida y la obra de Duchamp, sino que procuró hacerlo desde una perspectiva irónica. SE dice que la vida del artista es su mejor obra, quizá por ello Tomkins inicia su ensayo biográfico  ironizando, con la ayuda de Duchamp, acerca de la legión de desconcertados apologetas que han generado, así como haciéndolo respecto al valor en sí de su obra, de la que confiesa que inaugura una  nueva era  artística y estética, aunque no sabe a dónde ésta lo puede llevar: “ Sin aparente esfuerzo  – dice  Tomkins-  por su parte, Duchamp planeaba sobe el ambiente artístico neoyorquino como un genio bondadoso. Dos exposiciones de la obra de los tres hermanos Duchamp – la primera en la Mortimor Brandt Gallery en 1944 y la segunda en 1945 en la Yale, University Art Gallery- sirvieron para recordar a la gente lo lejos que había llegado el benjamín de los Duchamp, más allá de los otrora aceptados límites del arte”, cabe preguntar: ¿podría haber sido de otra forma? Y la respuesta más común sería: no. Duchamp ya sabía en ese momento  que cambiaría el destino del arte del siglo XX. Aunque algunos consideran la influencia de Duchamp solo destructiva, demoledora de las convenciones que diferencian el arte de la vida, ajena a cualquier análisis cualitativamente artístico. Un arte fatuo, cínico y charlatán. Una efectiva  “subversión –dice J.F. Yvars- para un tiempo sin arte”. Y es cierto, en pleno siglo XXI cuántos charlatanes  artísticos viven de la sombra de Duchamp… sería una lista interminable.

A partir de  múltiples interrogantes Tomkins va construyendo la vida y obra de Duchamp; es importante  por otra parte,  decir, que el autor ha dedicado prácticamente toda su carrera de escritor a descifrar la enigmática obra de Duchamp.  Es cierto: Duchamp ha sido un problema no resuelto para los historiadores del arte. Un  incómodo testigo de cargo a lo largo de un siglo que ha subvertido la normativa tradicional del arte como institución imaginativa aceptada.  Hace un par de años el gran historiador Gombrich expresó su sorpresa ante la aparente seriedad de las propuestas del artista, que en un hombre inteligente – apuntaba- sólo puede entenderse como una broma excesiva. Por qué no aceptar que se trataba de elemental lucidez desinhibida que sólo con el tiempo alcanzaremos a situar en su dimensión correcta.

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Duchamp de Calvin Tomkins es un libro de más de 500 páginas, con cientos de notas y un muy importante apartado bibliográfico, donde se revisa, año por año, todo lo vivido, dicho y escrito por Duchamp, y desde luego, todo lo que han escrito – mención destacada merece  el  libro  de Octavio Paz  Apariencia desnuda-  y dicho sus contemporáneos. En este sentido, la enorme recopilación de Tomkins es abrumadora, no sólo en lo estricto de la investigación, sino también en la forma narrativa; es decir, la forma en que va descubriendo a Duchamp en sus diversas etapas artísticas. “En ocasiones, Duchamp decía que en Nueva York llevaba una vida de ermitaño. Por lo demás, le gustaba dar la  impresión de que trabajaba muy poco”. Aunque después sabríamos lo contrario, que lo que menos le importaba era lograr un discurso estético innovador, y que en el fondo revolucionara el mundo del arte moderno.  “Soy un gran – dice Duchamp en su libro  Cartas sobre el arte. 1916-1956–  enemigo de los escritos críticos…”. Aunque es cierto, Duchamp planteó en sus escritos de modo radical el interrogante acerca de la especificidad del ate en un mundo caracterizado por la sobreabundancia de imágenes. Nos enseñó a ver, a comprender, que en la era de la configuración tecnológica de la vida, las propuestas artísticas se articulan como juegos de lenguaje.

Al concluir la relectura del libro de Calvin Tomkins podemos encontrar un rompecabezas llamado Marcel Duchamp. Al lector le corresponde armarlo, y reunir correctamente cada una de las piezas sueltas. Al final, la obra y la vida de Duchamp fue pensada por él mismo para que el espectador de sus obras, y el lector de su vida  les dé el acabado final. Sin duda Duchamp se divirtió enormemente. Más de medio siglo de influencia.  En 1965 la neofiguración radical convirtió a Duchamp en un fetiche ajado al que reprochaba su silencio cómplice en una cultura imperialista y hegemónica. Eran los sesenta. El artista dejó pasar el envite y sonrió condescendientemente. Divertimiento puro, sarcasmo de alguien genial… “II sapore? Esselente!… E I’ effeto sorprendente non se tarda a conseguir”, decía el artista. Un libro el de Calvin Tomkins que disipa muchos de los mitos que rodearon la figura de Duchamp, y que sin duda, es ya estudio indispensable para los seguidores del genial y eterno  Marcel Duchamp, que este año cumple 50 de haberse ido. ¿A dónde? Eso sólo él lo sabe…Fue uno de sus gustos decirlo.

 

[1] Marcel Duchamp, Cartas sobre el arte 1916-1956.  Editorial  Elba, Barcelona, España, 2010