Apuntes sobre la imaginación y la ciencia

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Al caminar por las calles virtuales de la ciudad, encontré la casa del escritor Alberto
Chimal, y observé un letrero en su muro: “En esta casa nos gusta la ciencia, pero también la imaginación”. Indiscretamente, me puse a oír una conversación a través del muro: los amigos de Alberto hablaban sobre un escritor, dedicado a la divulgación científica, quien afirmó en un noticiero que “la ciencia ficción es una tomadura de pelo, una tontería tras otra,” y que “la literatura fantástica es otra chifladura.” Tal vez mi condición híbrida, de científico del sistema nervioso, y de amante de la literatura, con una debilidad temprana por obras de ficción especulativa y narrativa fantástica, me obligó a preguntarme: ¿la imaginación literaria de corte fantástico es un recorrido estéril, que promueve la excentricidad o el infantilismo, y carece de valor social, heurístico, conceptual? ¿Es un estorbo para la innovación científica? Algunos escritores y críticos difunden opiniones semejantes. Decidí consultar a científicos latinoamericanos acerca de lecturas que marcaron su vocación.

Gerardo Herrera Corral, autor de Universo: la historia más grande jamás contada (Taurus, 2016), menciona que el libro de ficción con mayor influencia en él fue Fausto, de Goethe, que lo motivó a estudiar física en Alemania para penetrar en el conocimiento de las partículas elementales. Hoy es un líder de la ciencia nacional, y su trabajo es de relevancia crítica en el Gran Colisionador de Hadrones de Europa, en el mítico cern que sintetiza la vocación fáustica de nuestros tiempos. Aunque Fausto es una obra basada en símbolos de la mitología judeocristiana, su capacidad para revelar problemas arquetípicos de la conciencia puede catalizar la formación de una trayectoria científica.

Camilo Ríos Castañeda, Premio Nacional de Química, me reveló lecturas que marcaron su vocación: Isaac Asimov, Ray Bradbury, Tolkien, Julio Verne, Edgar Allan Poe. Estos autores despliegan una imaginación exuberante, guiada a veces por sólidos conocimientos muldisciplinarios (Asimov), o solamente por intuiciones poéticas (Bradbury) y tradiciones simbólicas (Tolkien); sin embargo, la fantasía de estos creadores significó una inspiración en una personalidad que investiga las bases bioquímicas de la enfermedad.

Jairo Muñoz Delgado, un destacado primatólogo, me comentó que el realismo mágico de Gabriel García Márquez fue un estímulo importante en su historia. Aunque las ficciones de García Márquez violan de manera flagrante las leyes de la física, y podrían ofender a una mente lógica sin imaginación, no representan contratiempos para un estudioso del comportamiento: son estímulos para una inteligencia dedicada a la comprensión de otras formas de inteligencia.

Tras conversar con tres expertos en la aplicación del rigor lógico a las estructuras del conocimiento, pasé a la librería y compré sin temor a represalias el nuevo libro de cuentos de Alberto Chimal: Los atacantes, publicado por Páginas de espuma durante el 2015. Me dispuse a leer con entera libertad, y redacté unas cuantas notas sobre estas exploraciones imaginarias.

El primer relato, Tú sabes quién eres, sintetiza la propuesta inicial del libro: es un estudio contemporáneo de la víctima imaginaria o potencial. En los bosques nórdicos de la Edad Media, la víctima se rendía ante brujas, monstruos folclóricos, posesiones demoniacas. ¿Qué nuevas entidades obsesionan a la víctima contemporánea, a quién pretende vigilar con dispositivos electrónicos, mapas de geolocalización y cámaras de seguridad? ¿No es a través de esos medios como las entidades ominosas —los atacantes— monitorean nuestro latido psicológico?

Los salvajes es una broma dedicada a la mitología infrarrealista, que usa claves de narcoliteratura y estética pulp, con ese desenfado —esa facilidad—
tan característica del lado amable de Chimal: un desenfado amigable que no da tranquilidad alguna al lector. Se trata de un humor retorcido, capaz de modelar la subjetividad en una forma inusual. En La gente buena, la broma es más sutil, el juego imaginativo no es llevado a la hipérbole o la parodia, sino a una forma insólita de perversidad que Chimal inserta en el sistema psicológico de sus personajes, a la manera de un programa social oculto. Este programa emocional y cognitivo, este código de interacción desconocido parcialmente por el espectador, pero compartido por todos los personajes, los dota de naturalidad y autonomía psicológica durante la puesta en escena de la lectura: las emociones desplegadas por los protagonistas provocan risa o coraje en el lector, quien no puede predecirlos, y se desliza en las suaves arenas movedizas de un relato sobre la dominación y el sometimiento.

Aquí se entiende todo describe un video ridículo y siniestro insertado en la investigación del crimen para generar círculos concéntricos de engaño y revelación. Me pregunto si la experiencia de este relato habría sido más penetrante si Alberto Chimal hubiera desplegado, como en otros textos, un mayor juego estilístico, pero el texto no parece interesarse en exploraciones formales de orientación esteticista. El experimento estético de la prosa y su estructuración, por otra parte, alcanza su máximo desarrollo en un cuento titulado Arte, que funciona como un ensayo de ficción metafísica, arbitrario y fascinante, una especulación acerca de los límites de la conciencia frente a la irrupción de lo inesperado y la totalidad.

Al terminar el libro, olvidé las advertencias de tantos críticos de la literatura fantástica; me sumergí en la extrañeza de estos relatos que muestran el rever-so de una era tecnológica, llena de conocimientos, en la cual esos conocimientos no erradican un sentimiento primitivo de temor ante un futuro que amenaza nuestra seguridad en todas partes, en la comodidad de nuestros dispositivos electrónicos y en el corazón de la estancia cotidiana.

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