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Carlos Fuentes entrega a Rafael Rojas el Premio de Ensayo Isabel Polanco, en la FIL 2009.

La polis literaria, el más reciente libro del historiador Rafael Rojas (La Habana, 1965), presenta un panorama de la América Latina de mediados del siglo XX a través de la generación del boom, que se desarrolló en medio de la Guerra Fría, la Revolución Cubana y la defensa del arte por encima de posiciones políticas. Es una reconstrucción del momento histórico y los debates políticos a partir de la correspondencia de varios de sus autores. Tiene que ver con el compromiso social del intelectual, en busca de explicar la emergencia de esta generación desde la historia, las tensiones y los dilemas sociales, culturales y políticos. Rojas ha publicado una veintena de libros sobre historia intelectual y política de América Latina, México y Cuba. Ha recibido premios como el Matías Romero, el Anagrama de Ensayo y el Isabel de Polanco. Es profesor visitante de las universidades de Princeton y Yale.

¿Por qué escribir este libro que aparece en un momento tan álgido para América Latina?

Lo que me decidió fue la disposición de un archivo epistolar conformado ante todo por los fondos de la Biblioteca Firestone en la Universidad de Princeton, donde está la correspondencia de Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Severo Sarduy, Guillermo Cabrera Infante… Todo ello ocurre a través de Carlos Fuentes —principalmente— y de Emir Rodríguez Monegal, crítico uruguayo, así como de los archivos de García Márquez en el Harry Ransom Center de la Universidad de Texas. Este libro recapitula la correspondencia entre ellos y trata de encontrar el reflejo de las polémicas que tenían lugar en las revistas literarias más importantes del momento. La época de la Guerra Fría fue de grandes polémicas culturales, subdividida en pequeños debates. Lo mismo encontramos el tema de la homosexualidad, por ejemplo en Paradiso de Lezama Lima —que divide a Rodríguez Monegal y Mario Vargas Llosa— que la ruptura con los llamados novelistas de la tierra (Rómulo Gallegos, Asturias, Quiroga). Pero hay un tema que recorre el libro y es el compromiso político del intelectual: ¿cuáles son los límites de ese deber, hasta dónde se puede mantener un compromiso con autonomía estética? ¿La poética estilística debe subordinarse al compromiso político? Aquí es donde los personajes se dividen.

¿El boom es la generación más política que ha tenido América Latina?

Creo que produjo en muy pocos años una renovación impresionante, específicamente de la narrativa. El nombre de boom capta el impacto de esa emergencia inusitada: en pocos años surgieron novelas icónicas para la tradición literaria latinoamericana. En sus autores hay una enorme diversidad de poéticas y a la vez una gran calidad, más la movilización de un público. La relación de los lectores con los escritores latinoamericanos cambió por completo y, sobre todo, cambió el lugar de la literatura latinoamericana en el mundo. Trato de explicar la emergencia del boom desde la historia y los dilemas políticos del momento, y de darle importancia sobre todo a los dilemas y las tensiones de la Guerra Fría como parte del contexto para comprender a esta generación. El boom no sale de la nada, no es sólo el resultado de una renovación estilística, ni del encuentro de tres o cuatro escritores que dijeron: “Vamos a renovar la literatura”. No, yo creo que ellos, además de sus poéticas y literaturas, enfrentaban los dilemas de la Guerra Fría. Lo veo claramente en la novela de dictadores, que es la respuesta literaria del boom a las dictaduras y la historia del autoritarismo latinoamericano. Pero también lo veo en las diversas estrategias para el realismo, es decir, las herramientas que usan para abrir flancos al realismo social o socialista, pues lo que buscaban era, en resumidas cuentas, un compromiso intelectual sin perder autonomía estética ni capacidad crítica. Estos escritores buscaban una nueva o tercera izquierda y así se involucraron en el debate público como periodistas, ensayistas, intelectuales que suscribían manifiestos y adoptaban posiciones públicas.

La Revolución Cubana fue punto de encuentro…

Y desencuentro. Todos parten de una adhesión y entusiasmo muy intenso por la Revolución Cubana. Todos, en la medida en que la Revolución se institucionaliza, toman distancia o se mantienen. Yo trato de hacer una historia lo más precisa posible de esa relación, y el primero que toma distancia es Carlos Fuentes en aquella reunión del PEN Club de 1966  con Arthur Miller, Pablo Neruda—, donde demanda “el entierro de la Guerra Fría en la literatura”.

Esa correspondencia tiene un eco intelectual que hoy se ha perdido.

Todo el tiempo pensé que escribía el libro de una era antediluviana, por ser anterior a la era digital; se trata de un mundo donde el epistolario era muy importante y el compromiso del intelectual, una cuestión de vida o muerte en América Latina, intensificada por la guerra, las guerrillas, los golpes de Estado, la Revolución. Hoy vivimos una época distinta por las transiciones a la democracia y la revolución digital. Antes había una mayor integración del campo intelectual latinoamericano, quizá los conflictos históricos daban mayor cohesión a la comunidad literaria regional y una fuerza especial a la idea de América Latina. Eso naturalmente se ha perdido, como el papel del epistolario, propio de la ciudad letrada y pretecnológica anterior al siglo XXI.

Mario Vargas Llosa, lo recuerdas en el libro, defendió la autonomía del escritor.

Él fue uno de los más enfáticos en decir que el compromiso político no implica una pérdida de la autonomía estética. En el capítulo sobre Vargas Llosa reconstruyo su visión de la literatura que la burocracia cubana mantenía a través de la Casa de las Américas. Por ejemplo, sus primeros cuentos y novelas —como La ciudad y los perros, Los cachorros y Los jefes— fueron valorados positivamente, porque esas obras implicaban una denuncia del autoritarismo. Cuando Vargas Llosa se mueve a proyectos más experimentales como La casa verde, a la burocracia ya no le gusta tanto y se lo hace saber, y entonces él insiste en defender la autonomía del escritor, la autonomía literaria. Esto también fue importante para García Márquez, Carlos Fuentes y Julio Cortázar, quien es el caso más emblemático de un escritor que es solidario con las causas de izquierda pero quiere mantener una autonomía artística, hacer un tipo de literatura cosmopolita muy ligada a las corrientes de la gran literatura europea. Cortázar no quería ser un escritor típicamente latinoamericano y al mismo tiempo reclamaba su derecho a defender la revolución.

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