Ética planetaria y conmociones terrestres

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Foto: Especial

1996. Un filósofo protestante y un pensador católico discuten el proyecto de una ética planetaria, tras reconocer que toda religión ha sido fuente de actos de violencia escalofriantes, a pesar del mensaje religioso de amor y paz. Hans Kung, católico, defiende la posibilidad de un acuerdo de convivencia entre religiones. Paul Ricoeur, protestante, se muestra escéptico hacia una filosofía práctica centrada en los acuerdos, pero que subestima las profundas diferencias culturales.

El debate de Kung y Ricoeur actualiza la tradición de la Carta sobre la tolerancia de John Locke, y enfrenta retos formidables. Las mayorías, en cada iglesia o corriente espiritual, consideran imposible, indeseable o innecesario el diálogo interreligioso. La Carta de Locke, publicada en Inglaterra en 1689, promovía el derecho a la libertad religiosa, con dos límites: la protección del Estado no debía incluir sujetos ateos ni agentes de la Iglesia Católica. Trescientos años después, la ética planetaria promovida por Kung ve más allá de la tolerancia entre grupos cristianos: es un manifiesto firmado por el Dalai Lama, quien no cree en un Dios, junto a representantes católicos, protestantes, judíos, musulmanes, budistas, hinduistas. No es un consenso metafísico, sino un acuerdo básico de reglas morales comunes a toda religión, al margen de las justificaciones teológicas o míticas divergentes. El manifiesto considera que un nuevo orden mundial es imposible sin una ética planetaria, que todo ser humano debe recibir un trato humano, y que se requieren cuatro compromisos inalterables: a favor de una cultura de la no violencia, a favor de la solidaridad y un orden económico justo, a favor de la tolerancia, la honradez y la veracidad, y a favor de la igualdad y la camaradería entre hombres y mujeres. El escepticismo de Ricoeur surge al reconocer la incompatibilidad de las convicciones fundamentales de cada religión, que retroalimentan los estilos xenofóbicos de nuestra sociedad porque dan soporte a etiquetas culturales para distinguir entre “lo nuestro” y “lo ajeno”.

Al pasar de la gran discusión universal a las experiencias regionales, podemos recuperar testimonios del terremoto que destruyó vidas y bienes materiales en México, el 19 de septiembre del 2017. Al advertir la gravedad del sismo, la masa ciudadana suspendió transitoriamente la competencia individualista y los sistemas de etiquetado xenofóbicos, para practicar, en forma intuitiva, los preceptos de una ética universal, al margen de liderazgos espirituales o políticos.

“El filósofo y el científico coinciden en la regla de oro de la reciprocidad, como origen de una cultura solidaria.

2017. En el hospital, debíamos evacuar enfermos de la Unidad de Neuropsiquiatría. Antes del temblor, algunos estaban eufóricos, como expresión de un episodio de manía. Tras la evacuación, bromeaban y transmitían una alegría resistente al miedo generalizado. Un paciente con diagnóstico de esquizofrenia se encontraba en el más profundo silencio: la sacudida violenta y las noticias de la tragedia no cambiaron su rostro inexpresivo. Quienes padecían depresión mayor sufrieron el evento intensamente. Las reacciones fueron individuales, según la psicopatología y los estilos de personalidad, pero en general los pacientes se brindaron apoyo moral, unos a otros. El personal de enfermería actuó con determinación. Los médicos jóvenes del servicio hicieron planes para auxiliar a las víctimas en la calle.

Un colega realizaba una cirugía cerebral, en la cual el paciente permanece despierto para monitorear los efectos de la operación sobre la mente y el comportamiento. Durante el temblor, el equipo de salud permaneció junto al enfermo en el quirófano. En las horas siguientes, mis colegas completaron la cirugía, mientras se confirmaba el derrumbe de edificios circundantes. Admiro la fortaleza de mis colegas, pero otros preguntan: ¿Habría sido mejor desalojar el edificio para buscar una zona segura? ¿Es mejor un médico heroico, sepultado con su paciente en las ruinas de un hospital, o un profesional pragmático que abandona una cirugía, pero podrá ayudar a las víctimas del desastre al día siguiente?

La coincidencia de fechas entre el temblor del 2017 y el peor desastre natural mexicano, el terremoto devastador de 1985, es una casualidad, aunque parece una versión sádica de la teoría nietzscheana del Eterno Retorno. En un estado psicológico de excepción, los ciudadanos se concentraron en acciones de rescate y apoyo social. La crónica popular no
olvida las canalladas cometidas por políticos que “expropian” bienes donados por la sociedad civil para repartirlos a sus clientelas electorales, pero en general las muestras de fraternidad comunitarias han sido abrumadoras. Por un momento, quedó entre paréntesis cualquier etiqueta mezquina de clase, género, etnia.

1998. Paul Ricoeur regresa al debate sobre la universalidad de la ética, esta vez frente a un neurocientífico ateo, Jean-Pierre Changeux. La discusión se encuentra en el libro La naturaleza y la norma: Lo que nos hace pensar. El científico pregunta: en la formación de una ética laica y transreligiosa, ¿las ciencias naturales pueden ayudarnos a discriminar entre las normas éticas universales, y las convenciones sociales triviales que nos separan, como llevar barba, velo o sombrero, o la observancia de ritos alimentarios? El filósofo y el científico coinciden en la regla de oro de la reciprocidad, como origen de una cultura solidaria. El estudio de los grupos humanos sugiere que la formación del código ético universal es necesario, pero no suficiente para combatir la violencia y garantizar la justicia. Se requieren poderosas corrientes emocionales capaces de dar vida al código. En tal contexto, pregunto por qué las comunidades mexicanas sacudidas por el sismo olvidaron las etiquetas sociales que segregan y dan soporte a la competencia grupal. Quizá la conmoción terrestre generó una experiencia sincrónica de terror, que aproxima a las conciencias individuales, y diluye las diferencias que separan el “nosotros” del “ustedes” y el “ellos”. Podemos suponer que tras la fase inicial de la reparación colectiva (el “furor curativo”, dice algún psiquiatra), la solidaridad volverá a focalizarse, en función de las etiquetas convencionales de género, clase social, raza, religión, lengua, nacionalidad, y según la pertenencia a mayorías o minorías sexogenéricas, étnicas o neuropsiquiátricas. Mientras los pensadores debaten, el sueño fraterno generado por la conmoción terrestre comienza a diluirse frente a la competencia encarnizada, bajo las reglas anónimas del darwinismo social. Quiero pensar que estos días de excepción generaron una impronta emocional, que revitaliza la estructura ética de incontables jóvenes, víctimas o testigos del desastre. ¿Se requieren más lecciones, provocadas por desastres naturales, para generar una solidaridad duradera que avance contra las desigualdades de género, clase, raza? ¿Es la única manera de aprender en forma colectiva el significado duro de la no-discriminación?

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