Ignacio Padilla, siempre

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La muerte del escritor Ignacio Padilla, mi querido Nacho, mi cómplice en algunos de los mejores momentos que la vida literaria me ha regalado, me ha abierto en canal. A esta edad en la que comienzo a despedir a familiares, profesores y amigos más bien mayores que yo, la muerte de alguien muy querido y más joven me arrasa, me desarma y me arranca a tiras la esperanza. Y es que a Ignacio no solamente lo quería sino además lo admiraba por su bonhomía generosa, su inteligencia risueña y su excéntrica erudición, porque
Nacho era un especialista en monstruos, un exégeta del Apocalipsis y un hombre que conocía el Siglo de Oro como si la Santa Inquisición lo hubiera procesado por pactos explícitos e implícitos con el demonio.

No soy capaz de precisar cuándo conocí a Nacho porque siempre estuvo ahí. Es decir, en la Universidad de Sala-manca, en los congresos de la madrileña Casa de América, en los Institutos Cervantes de Londres y París, en la FIL de Guadalajara, en los Cursos del Escorial, en Patmos y Jerusalem, en la Fundación Lara de Sevilla, en los Hay Festival, en Alfaguara, en Páginas de Espuma, en la bandeja del correo electrónico, en el WhatsApp, en casa de mis amigos, en mis libros y en mi corazón. Nacho siempre estuvo ahí, que era su forma especial de estar aquí. Hace menos de un mes nos estuvimos escribiendo y ahora tengo que resignarme al desorden de su ausencia.

Sin duda otros compañeros más autorizados que yo se ocuparán de sus libros de ficción, constelados de criaturas memorables incrustadas en tramas desopilantes. Fue un extraordinario escritor de cuentos y considero que su obra ocupa un lugar de privilegio en la narrativa breve latinoamericana contemporánea, pero en esta hora tan triste querría romper una lanza por sus ensayos, ya que considero que Ignacio Padilla fue un ensayista prodigioso que utilizó el género precisamente como laboratorio para “ensayar” las ideas que luego desarrolló en sus ficciones, aunque los ensayos siempre los publicó a posteriori. Así, cuando pienso en La vida íntima de los encendedores (2009) advierto las relaciones con El androide y las quimeras (2008), y lo mismo me ocurre cuando reconozco las obsesiones de La isla de las tribus perdidas (2010) y La industria del fin del mundo (2012) en novelas como Espiral de artillería (2003), La gruta del toscano (2006) y El daño no es de ayer (2011), así como en ciertos relatos de Las antípodas y el siglo (2001). Si la muerte no se lo hubiera llevado tan pronto, estoy persuadido que Ignacio habría escrito una fastuosa novela cervantina ambientada en los delirantes y tenebrosos años del barroco español, acaso tejiendo redes que partirían de Salamanca y Sevilla para terminar en México y Querétaro.

Me considero un privilegiado porque Nacho me pidió que presentara hasta cinco libros suyos, y uno de ellos incluso en México, en su propio país. No cabe mayor honor para un presentador, que jugar como local siendo uno visitante. Me congratulo de haber correspondido a su cariño, de haber escrito acerca de su obra y sobre todo de haberle dedicado uno de mis libros —Arte de introducir (2011)—, porque entonces al buen Nacho siempre le constó cuánto lo quise y lo admiré, dos sentimientos muy agradecidos en el complejo “egosistema” de la literatura.

Este año teníamos previsto encontrarnos en el Festival Cervantino de Guanajuato, luego en la presentación madrileña de su próximo libro y por último en la FIL de Guadalajara. Ninguno de esos encuentros será ya posible y por eso busco a Nacho entre las páginas de sus libros, que ya he colocado sobre mi mesa de trabajo. Me demoro sobre las letras de molde de sus dedicatorias, me alegro de tener dibujos suyos en las páginas de respeto y de pronto subrayo unas líneas de su novela Espiral de artillería: “en esa casa a la que ya no pertenezco y donde voy sintiendo que no es la muerte lo que duele o lo que más tememos, tampoco la incertidumbre de hacia dónde vamos, ni siquiera el dolor del tránsito, sino el espacio que dejaremos vacío, las cosas que ya no serán miradas por nosotros, las palabras que otros irán a buscar de nuestros labios para encontrarse sólo con un hueco inmenso”.

Mi teniente Padilla, finalmente viajaste al fondo del mar en el Seaview.
Siempre hacia lo más profundo, como Cervantes en el inframundo, como tu sherpa espeleólogo, como Juan de Patmos descendiendo a su gruta para narrar el fin del mundo. Siempre, Nacho. Hasta siempre.

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