La igualdad moral

“La igualdad moral —apunta este ensayo desde una perspectiva filosófica— es la convicción de que, pese a todas nuestras diferencias, las personas compartimos algunos aspectos relevantes que obligan, si se aceptan, a tratar a cada uno de nosotros con la misma consideración y respeto.” La ausencia de este valor gravita en el centro de la historia ancestral de las sociedades humanas: sin su principio básico será imposible construir una convivencia justa y cada más urgente.

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Las ideas toman forma a lo largo de la historia y por eso no podemos decir que son producto de la generación o de la persona que las enuncia por primera vez de cierta manera nunca antes escuchada. Digo esto a la luz de la igualdad moral, esa gran idea que se encumbró en el siglo XVIII pero que, por supuesto, se fue urdiendo a lo largo de los siglos. Los estoicos, por ejemplo, defendían la idea de que todos los seres racionales merecen, porque así lo exige el orden del cosmos, la misma consideración moral. El cristianismo tomó la propuesta y afirmó que si todos los seres humanos fuimos creados a imagen y semejanza de Dios, entonces todos poseemos la misma dignidad. En el siglo XVII, Hugo Grocio llegó, a partir de la misma noción, a sostener que la esfera moral se constituye a partir de un cuerpo de derechos individuales, es decir, del conjunto de capacidades para actuar que reconocemos en cada individuo. Poco después, John Locke alcanzó la siguiente conclusión: todos los seres humanos tenemos el mismo derecho natural a la libertad y a la propiedad de nosotros mismos.

La igualdad es revolucionaria porque las sociedades estaban conformadas a partir de la asunción de que las personas éramos de naturaleza distinta en lo esencial. Por supuesto, decir que somos iguales no afirma que somos idénticos. La igualdad moral es la convicción de que, pese a todas nuestras diferencias, las personas compartimos algunos aspectos relevantes que obligan, si se aceptan, a tratar a cada uno de nosotros con la misma consideración y respeto. Eso es lo que no sucedía en las sociedades frente a las que la igualdad se plantó. En las sociedades jerárquicas el trato merecido por cada estamento dependía de cuán elevada era su dignidad: los reyes tenían más dignidad que los siervos. Los peninsulares más que los criollos. Los blancos más que los negros, los hombres más que las mujeres. Y todo esto se reflejaba en las leyes y las costumbres de las sociedades. Con la llegada de la igualdad al corazón de las constituciones políticas de las democracias, se vuelve cada vez más difícil justificar leyes que no consideren y respeten a cada persona por igual.

LAS ESTRUCTURAS DE LA EXCLUSIÓN

Ahora, claro, no es posible cambiar de un plumazo las estructuras de una sociedad. Es obvio que no basta proclamar la igualdad moral para que ésta florezca. El ejemplo estadunidense es clarísimo: la declaración de independencia de 1776 dice que es evidente que todos los seres humanos fuimos creados iguales y que poseemos ciertos derechos inalienables. Sin embargo, la esclavitud no se abolió de todo el territorio hasta 1865. Y claro, la abolición de la esclavitud no bastó para que los afroamericanos tuvieran los mismos derechos civiles que la población blanca. Por eso, en 1963, aún era perfectamente actual el discurso de Martin Luther King Jr.:

Hoy les digo a ustedes, amigos míos, que a pesar de las dificultades del momento, yo aún tengo un sueño. Es un sueño profundamente arraigado en “el sueño americano”. Sueño que un día esta nación se levantará y vivirá el verdadero significado de su credo: “Afirmamos que estas verdades son evidentes: que todos los hombres son creados iguales”.

Hoy, desgraciadamente, aquel discurso no ha perdido vigencia, las estructuras sociales que excluyen a los afroamericanos siguen presentes.

En México, qué digo, las estructuras sociales excluyentes siguen en pie, pese a la letra constitucional. Recordemos este enunciado del artículo primero de nuestra Constitución:

Queda prohibida toda discriminación motivada por origen étnico o nacional, el género, la edad, las discapacidades, la condición social, las condiciones de salud, la religión, las opiniones, las preferencias sexuales, el estado civil o cualquier otra que atente contra la dignidad humana y tenga por objeto anular o menoscabar los derechos y libertades de las personas.

Sin embargo, es evidente que prohibir la discriminación o la esclavitud no basta para terminar con ellas.

El artículo cuarto reitera que el hombre y la mujer son iguales ante la ley. Pero las mujeres no gozan plenamente de sus derechos: son discriminadas, violentadas, disminuidas por una estructura que no termina de desmoronarse. Insisto: por decreto, de un plumazo, no se alcanza el gozo de la libertad. Teresa Incháustegui nos recuerda en su introducción al estudio de la ONU sobre la violencia feminicida en México, que después de los siglos XVIII y XIX, cuando la igualdad moral se volvió sustento de todo sistema democrático, las mujeres siguieron excluidas de la ciudadanía plena, excluidas de las decisiones políticas, de la educación, de la posibilidad de ejercer algún tipo de profesión (y claro que las excepciones no desmienten la situación de la gran mayoría):

La sujeción de la mujer, como se ha denominado a esta suerte de inhabilitación que se hizo a las integrantes del género femenino, las colocó en la situación de tuteladas y/o protegidas, y estuvo justificada por la idea de que la naturaleza femenina se caracterizaba por la inferioridad física y la debilidad racional.

Una nota periodística publicada el 17 de marzo de 1922 en el Milwaukee Journal afirma lo siguiente:

El costo de golpear a la esposa será más alto en San Francisco. El viernes, después de multar a un hombre con cien dólares por poner un cerillo encendido en el brazo de su mujer, el juez Graham anunció que los ojos morados costarán, desde ahora, 250 dólares cada uno, en lugar de 150.

Es decir, hace menos de cien años, estaba estipulado en las normas que los esposos podían “comprar” el derecho de golpear a sus esposas. Y esto sólo es expresión de algo mucho peor y más profundo: en los paradigmas médicos, psicológicos, religiosos, linguísticos, las mujeres eran caracterizadas como débiles, incapaces de raciocinio y de administrar lo público. Resulta esclarecedor de esto que el diccionario de la lengua española defina como “sexo débil” al “conjunto de las mujeres”. Aquellos prejuicios siguen de pie.

Decía que la igualdad moral es la convicción de que, pese a todas nuestras diferencias, las personas compartimos algunos aspectos relevantes que obligan, si se aceptan, a tratar a cada uno de nosotros con la misma consideración y respeto. Pero ¿qué sucede si algunos no aceptan esta idea? Que la igualdad moral se queda en el mundo de las ideas y muchas personas permanecen excluidas del universo de los derechos. No nos olvidemos que para gozar de un derecho, otro debe reconocer su obligación de refrenarse de los actos que violarían tal derecho. Yo gozo de mi derecho a la libertad religiosa cuando nadie me persigue ni discrimina por mis creencias. Una mujer goza de su derecho a una vida libre de violencia cuando nadie la violenta ni la amenaza con violentarla (no está de más recordar que la amenaza de violencia ya es violencia).

El paso del principio de igualdad moral a la letra constitucional y de ahí al pleno goce de los derechos por todos, requiere de la convicción, si no de todos, sí de la mayoría de las personas. No hay normas ni cuerpos policiales y judiciales que basten para garantizar, por ejemplo, la no discriminación. Acabar con la discriminación requiere de una sociedad convencida (personas convencidas) de que es injusta. Y ¿cómo hacemos para que las personas estén convencidas de que somos iguales moralmente y por tanto merecemos la misma consideración y el mismo respeto?

LOS FACTORES DE LA VIOLENCIA

Cambiar las estructuras legales es fundamental y las sociedades democráticas sin duda caminan hacia allá (cada vez reconocemos más derechos). Pero es insuficiente. Diré una triste obviedad: en México, la violencia contra las mujeres está prohibida y, sin embargo, se encuentra en niveles que no veíamos hace muchas décadas.

La OMS, a partir de sus estudios acerca de la violencia contra las mujeres, plantea que hay varios factores que incrementan el riesgo de padecerla. Entre ellos, creer en el honor familiar y en la pureza sexual. La existencia de ideologías que suponen el derecho sexual de los hombres sobre las mujeres. La existencia de sanciones débiles contra la violencia sexual.

El último de los factores está relacionado con la estructura de la sociedad. Por supuesto que un sistema de normas que castigue con fuerza la violencia, acompañado de un sistema judicial eficiente, que evite la impunidad, ayudarían a disminuir los actos violentos. Sin embargo, no basta con el castigo. Los otros dos factores que señala la OMS están enraizados en los fundamentos de las estructuras sociales: si bien la ley prohibe la violencia contra las mujeres, los códigos de honor la exigen; y la idea de que los hombres tienen derecho sexual sobre sus esposas la permite. Esas son las paradojas que la sociedad liberal debe enfrentar. Y tienen que ver con la igualdad moral que, como señalaba, es una convicción de las personas. Sin hombres convencidos de que las mujeres tienen los mismos derechos fundamentales que ellos, no hay marco legal que detenga la violencia.

Así, tenemos que ver toda la lucha por hacer visible la injusticia y la discriminación como una etapa fundamental en el proceso de transformar las creencias milenarias de sociedades prejuiciosas como la nuestra. Y no será tarea fácil: la religión defiende que Eva fue creada de una costilla (una mísera costilla) de Adán. Y encumbra la virginidad. La lengua que hablamos define al sexo débil como al conjunto de las mujeres (es un mínimo ejemplo entre tantos). Las costumbres de muchas familias aún se basan en la idea de que las mujeres han de tener aspiraciones muy distintas a las de los hombres. Los empresarios valoran más, o así lo muestran en sus cheques, el mismo trabajo realizado por un hombre que por una mujer.

A esto, además, debemos sumar un malentendido teórico: la defensa de la equidad frente a la igualdad. Es común escuchar: “Más que igualdad, lo que necesitamos es equidad”. Esto es un error. La igualdad moral es el principio que nos obliga a considerar y respetar a las personas como iguales. La equidad es de orden inferior: una vez que aceptamos la igualdad moral, la equidad sirve para distinguir la manera adecuada de garantizar la igualdad de los derechos. Así, la equidad es un instrumento para la igualdad. La ONU lo pone así: “La idea de equidad se trata de cubrir las necesidades e intereses de personas que son diferentes […] La igualdad es un derecho humano”.

El error consiste en creer que cuando hablamos de igualdad nos referimos al reparto de recursos, a creer que quien defiende la igualdad moral pretende una repartición idéntica de recursos a cada individuo. No, la igualdad es la convicción de que todos tenemos los mismos derechos fundamentales.

Y este es el último punto que quiero tratar. ¿Cómo hacemos para que las personas estén convencidas de que deben considerar y respetar a los demás por igual? El secuestrador, el ladrón, el feminicida, el macho, los corruptos: todos violan el principio de igualdad moral. Y creo que buena parte del desastre en el que nos encontramos surge de la incapacidad que hemos demostrado para enseñar a las personas las obligaciones básicas que trae consigo el principio de igualdad moral y la centralidad de respetarlo para que sea posible la vida democrática. Hemos sido muy duchos para defender el individualismo, pero un fracaso para enseñar sus límites. Y no hay vuelta de hoja: sin fraternidad la igualdad es imposible. No hay instituciones suficientes, ni fuerzas policiacas y judiciales capaces de detener el egoísmo. Además, tenemos tendencias egoístas (también empáticas). En fin, para transformar las estructuras sociales que excluyen a las personas (mujeres, homosexuales, indígenas, migrantes, pobres, enfermos) son importantes, sin duda, los movimientos que hacen visible la injusticia (claramente el feminismo, entre ellos), pero también un cambio en la educación que impartimos durante los primeros años de vida a quienes serán personas: urge reducir el egoísmo y fomentar la fraternidad.

Post scriptum: Las tabletas, los teléfonos y las horas de pantalla no son el camino adecuado para educar ciudadanos. Desgraciadamente no tengo espacio para hablar de la educación en la igualdad. Sólo apunto que toda educación debe ser de género, de clase y de fenotipo para introyectar la igualdad moral. Donde no hay igualdad moral persiste la lucha de movimientos como el feminismo.

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