La memoria es un caballo volador

Leo que el hipocampo es un pez en forma de S, con una coraza ósea anillada y una cresta dorsal. Su cola es larga, prensil y arrollable en espiral y su cabeza recuerda a la de un caballo. Antes de reproducirse, dos hipocampos se entrelazan en una danza de ocho horas, parte imprescindible de su ritual de apareamiento. Lo asimilo: el hipocampo es un pez de diminutas y múltiples aletas que se agitan rápidamente. Un pez que nada en posición vertical.

En la mitología griega, los hipocampos eran monstruos marinos similares a caballos acuáticos: con la cabeza y las patas delanteras del caballo pero la cola serpentina del pez o el delfín. Poseidón, el Dios del Mar, era llevado a través de los mares en un carro jalado por hipocampos, que a veces lo sacaban de las aguas. Era el hombre de los caballos, los terremotos y los mares. Dicen que en una ciudad en las costas griegas llamada Helike construyeron, hace miles de años, un templo a Poseidón. Tras un terremoto, la ciudad quedó sumergida, y con ella ese templo del Dios de los mares rodeado de sus fieles hipocampos de mármol. Para los fenicios, el hipocampo albergaba la mezcla del comercio, representado por el caballo, y el viaje marítimo, representado por el delfín. Sus
monedas llevaban hipocampos: caballos nadadores, algunos de ellos, alados.

En neurociencia, el hipocampo es una estructura escondida en el fondo del lóbulo temporal del cerebro, que consta de dos mitades curvadas en espejo, una en cada hemisferio cerebral. Plegadas en una estructura de forma semi-circular, las neuronas del hipocampo hilan el pasado y el futuro, siendo una parte esencial del aparato cerebral que consolida nuevos recuerdos y pondera desenlaces. Cuando el anatomista
Giulio Cesare Aranzio observó estos cuernos que acompañaban a los
ventrículos del cerebro en el siglo xvi, dudó si llamarlos “hipocampos” o “gusanos de seda”. Se decidió por la primera opción, cediendo ante su semejanza con el caballito de mar, o tal vez inspirado por la mitología grecorromana.

Tras horas de analizar cifras que intentan calcular patrones de actividad eléctrica cerebral, encuentro en una revista neurocientífica un subtítulo sobre la historia del estudio de la anatomía del cerebro. “De la poesía a la estadística: de la inspección visual y descripción verbal a las medidas independientes del observador”. Es una referencia al modo en que ha cambiado nuestra adquisición y descripción del conocimiento. Hoy, en los tiempos del boom de la neuroimagen y los potentes programas de análisis estadístico, siento a veces envidia por esos hombres que, hurgando con la mirada en la morfología del cerebro, adivinaron caballos de mar en su superficie.

En los años cincuenta, un afamado cirujano canadiense operó a un hombre con epilepsia intratable y le extirpó una parte del lóbulo temporal. Junto con ésta, extrajo sus hipocampos. La epilepsia del hombre quedó curada, pero a partir de ese momento fue incapaz de fijar nuevos recuerdos. Las iniciales de ese paciente son HM, letras imborrables en la historia de la neurociencia. Al realizarle pruebas y ejercicios de memoria, la neuropsicóloga Brenda Milner descubrió la importancia para los sistemas de memoria del lóbulo temporal, que alberga, en sus profundidades, al hipocampo. Brenda Milner está, a sus 96 años, aún activa en el Instituto Neurológico de Montreal. Cuando me he cruzado con ella, he deseado pedirle que se tome una foto conmigo. Después me detengo y la dejo alejarse, legendaria y sonriente, con la espalda curvada por la edad asemejando la curvatura anillada de la cola de un caballito de mar.

Por una iniciativa de divulgación de la ciencia de mi universidad, voy una vez por semana a hablar con niños de diez años sobre el cerebro. Les gustó
saber que la formación de nuevos recuerdos la realiza una parte llamada hipocampo. Les dije que es fundamental en la consolidación de nuevas memorias y también en la navegación espacial. Nos permite la memoria pero también la especulación del futuro, las decisiones posibles. Rara vez los niños recuerdan los nombres precisos de las partes del cerebro que les platico, suelen olvidar, por ejemplo, la pronunciación correcta del lóbulo “occipital”. Pero nunca olvidan el hipocampo.

Me gusta pensar que esa C enterrada bajo la corteza cerebral está llena de neuronas que tejen recuerdos cifrados en impulsos eléctricos, y en la sonrisa de Brenda Milner, gracias a quien entendemos gran parte de su función. Y me gusta también el hipocampo como el caballo mitológico sobre el que navegaban y comerciaban los fenicios, o como el monstruo marino sobre el que salía Poseidón del mar, su laberinto. Me gusta pensar en la danza ritual del hipocampo, en el cortejo de ese extraño pez con forma de S, su coraza ósea anillada y sus múltiples, diminutas aletas que bate vertiginosamente.

Al contrario del subtítulo de aquel artículo, el hipocampo me abstrae de la estadística y me trae de vuelta a la poesía: la memoria —pienso— es un caballo alado; un pez que nada en posición vertical.