La transgresión de la alianza Alien: Covenant

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Foto Especial

La franquicia fílmica Alien nos ha ofrecido durante casi cuatro décadas reflejos reveladores de la Zeitgeist. La serie que comenzó en 1979 con una espléndida cinta de horror espacial de Ridley Scott que reinventó las fórmulas del género, exploró algunos de los principales temores y obsesiones tecnológicas de la época, así como las ilusiones de la ingeniería social del fin de siglo. En su primera entrega el tema subyacente era el sacrificio de la clase obrera a los intereses militares de un estado corporativo. En Alien, la tripulación de la nave comercial Nostromo es considerada desechable, ya que la
verdadera misión, como explica el androide Ash, quien opera como director científico de la misión, es llevar a la tierra al alien del título (el término xenomorfo es usado por primera vez en la siguiente cinta de la serie). Aliens (1983), de James Cameron, es una exploración de la mentalidad bélica y militarizada, así como el comienzo del desmantelamiento de los servicios de seguridad social en tiempos de Ronald Reagan. Alien 3 (1992), de David Fincher, reflexiona en torno a una sociedad penal que refleja el crecimiento desmesurado del complejo
militar-policiaco-carcelario y el encarcelamiento masivo resultado de la guerra contra las drogas y el sometimiento judicial de la población negra y minoritaria.

Si bien todos los filmes de esta serie tratan el tema de la infección y la epidemia, este es casi una metáfora del terror del sida. En este episodio la suboficial Ripley (Sigourney Weaver) descubre que la corporación Weyland-Yutani quiere convertir al xenomorfo en una arma biológica. Alien 4, Resurrección (1997), de Jean Pierre Jeunet, lleva la temática hacia la manipulación genética (la oveja clonada Dolly nació en 1996); el tráfico humano (de acuerdo con el Departamento de Estado en la Unión Americana, alrededor de 195 mil mujeres fueron vendidas en los mercados sexuales de occidente en 1997); y los derechos reproductivos de la mujer (Ripley 8, uno de los clones de la original, es “un producto secundario” del proceso para obtener una reina). No por nada la computadora de la nave se llama Father y no Mother como en otros episodios.

A quince años de la última secuela de Alien, Ridley Scott dirigió la ambiciosa precuela Prometheus, la cual sucede en 2089 (Alien tiene lugar en 2122), y se concentra en temas filosóficos como la búsqueda de los orígenes de la humanidad y la conciliación de creencias y ciencia. Cinco años más tarde Scott dirigió Alien: Covenant, la cual comienza en un
cuarto circular, blanco, lujoso y aséptico, decorado con magníficas obras de arte, desde un enorme David, de Miguel Ángel, y un piano Steinway de cola, hasta una pintura de uno de los maestros holandeses. Otro David (Michael Fassbender), el androide de Prometheus, discute con su creador Peter Weyland (Guy Pearce). Cuando el magnate le pregunta a David 8 en qué cree, éste responde: “en la creación”. Y luego el androide termina la conversación recordándole a su creador que él envejecerá y
morirá, un destino que David no compartirá. Weyland no parece orgulloso de un hijo pródigo irreverente y envidioso del poder creador del hombre.

Tras esa breve introducción aparece la nave uscss transportando en 2104 a más de dos mil colonos (y otros tantos embriones) al planeta Origae 6. En el camino la nave tiene un percance debido a una explosión de neutrinos que provoca la muerte de varios miembros de la tripulación, incluyendo el capitán (James Franco, a quien sólo vemos en un video, la escena de la “Última cena”, muy promocionada en la red y que fue eliminada) y obliga a la tripulación a despertar del sueño criogénico. Una vez reparada la nave reciben una señal de un planeta y el capitán sustituto, Oram (Billy Cudrup), toma la decisión de acudir a investigar. Esto es una repetición de lo sucedido en la cinta original, un eco deliberado que juega
con las expectativas del público al explotar las convenciones genéricas con fervor, astucia e inteligencia. Hay un regreso a la narrativa, dinámica, suspenso y tensión del filme original. Un grupo de miembros de la tripulación (diverso en términos multiculturales, multirraciales, con preferencias sexuales diversas y algunos de ellos casados) desciende
al planeta, mientras es sacudido
por una feroz tormenta, para encontrarse una ecología desconcertante, la total ausencia de animales y las prodigiosas ruinas de una civilización extinta.

Nuevamente aparecen el acecho y la cacería sistemática de humanos, sin embargo la cinta opera a otro nivel. En todos los filmes de la serie ha habido humanos sintéticos o androides. Inicialmente fue Ash (Ian Holm), a quien siguió Bishop (Lance Henriksen), más tarde Call (Winona Ryder) y después vinieron David 8 y la siguiente generación, Walter, quien es idéntico a David pero en una versión menos emotiva y autónoma que su predecesor. En todos los casos la fidelidad de estos hijos
de nuestra mente es puesta en entredicho. Si antes los androides jugaban
un papel secundario, a partir de
Prometheus estos seres son el eje del relato y tienen la función de poner en entredicho lo que significa ser humano, por tanto este filme se encuentra en el mismo territorio que Blade Runner.

En el planeta la tripulación es rescatada de un ataque de aliens por David, quien llegó a ese planeta tras el final de Prometheus con la doctora Elizabeth Shaw (Noomi Rapace) en busca de los “ingenieros”, la especie que creó a la humanidad y por alguna razón oscura también decidió exterminarla usando xenomorfos como arma biológica de destrucción masiva. En aquel filme David intenta realizar su propia creación al “inocular” al novio de Elizabeth con la “semilla” de un xenomorfo que lo asesina pero antes impregna a Shaw. Aquí reencontramos a David convertido en un genocida (lo cual vemos en un
flashback), un destructor de mundos que experimenta con su creación al explorar la diversidad de su nueva, maleable y destructiva fauna. David es un artista multifacético que crea obras en papel, música y adn con lo que parece querer demostrar que tiene conciencia y por lo tanto no es inferior a los humanos, pero su ambición no termina ahí, ya que en realidad quiere ser como los dioses.

El capitán sustituto es un hombre religioso, un hombre que cuestiona sus decisiones y en consecuencia no es una autoridad confiable. Eventualmente él será también sustituido por Daniels (Katherine Waterson), quien viene a funcionar como un eco de Ripley. No obstante, como sucede en todos los filmes de Alien, ellos y el resto de la tripulación es desechable, mientras que la relación en verdad importante es la que se establece entre David y su “heredero” Walter, como dos facetas de la descendencia tecnológica del Hombre. Ahí tiene lugar la alianza (Covenant) del título en forma de la relación ambigua que puede ser entre dos iguales o entre un dios y sus creyentes. La lealtad de Walter será puesta a prueba por la seducción intelectual, casi carnal y casi amorosa de David, quien le ofrece la libertad y el poder de ser un creador a cambio de traicionar al Hombre. David recita partes de “Ozymandias” de Percy Shelley, que habla del inevitable ocaso de los líderes y sus imperios. Esto anticipa el golpe maestro de David, que si bien parece evidente no deja de resultar devastador hasta para el espectador más frío. Mientras vemos el ocaso
de nuestra especie se escuchan las notas de La entrada de los dioses al Valhalla, de Wagner. Bienvenidos al paraíso de las mentes artificiales.

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