Las erratas de la biología humana

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La medicina y la literatura profundizan en el lado problemático de la condición humana. Quizá por la zona de intersección entre ambas disciplinas eso es tan amplia. En un extremo del territorio se encuentran los escritos de Paracelso, Alexander Luria o Rita Levi Montalcini, y en el extremo opuesto encontramos a Shakespeare, Cervantes o Thomas Mann. Si menciono los grandes nombres de la ficción no es por mero fetichismo: es que el propio Cervantes, por ejemplo, invoca en las primeras páginas de su obra maestra los conceptos de la enfermedad y el cerebro.

Durante la transición del siglo XIX al siglo XX, entró en escena un nuevo recurso de la medicina y la literatura: el diálogo psicoterapéutico se convirtió en una herramienta clínica y en un espacio narrativo: algo así como una habitación cálida donde la intimidad da condiciones para una reconstrucción paulatina de la identidad personal. La literatura captura, entonces, ese proceso de evaluación y crítica de la memoria autobiográfica, como si tuviera una cámara intersubjetiva: como si la psicoterapia fuera una caja de resonancia, donde el sujeto busca y encuentra a veces su tiempo perdido.

La primera novela en la cual tuve conciencia de las posibilidades narrativas que ofrece el recurso de la terapia psicológica, fue una obra de ficción científica: Más que humano, de Theodore Sturgeon (en un ejemplar hermoso de la editorial Minotauro). Uno de los personajes es confrontado en consultas sucesivas hasta que logra discernir el conflicto ético que constituye la intriga central de su propia vida. Desde entonces, leo obras de ficción y ensayos clínicos que exploran posibilidades literarias de la consulta psicológica. La mujer que no quería amar, y otras historias sobre el inconsciente (Editorial Debate, 2014) relata escenas fragmentarias del psicoanalista Stephen Grosz, quien nos recuerda que el suspenso es un punto de convergencia entre la literatura y la psicología clínica. Aunque las historias de Grosz suceden en Londres, la terapia como recurso narrativo nos plantea la hermandad de las lenguas. En México, por ejemplo, la entrañable pieza autobiográfica de Guadalupe Nettel, El cuerpo en que nací (Editorial Anagrama, 2011) utiliza la escenografía clínica para mostrarnos el desarrollo de la personalidad como un juego de perspectivas: la experiencia primordial de nuestras vidas sucede
en primera persona, pero incorporamos paulatinamente la mirada y la voz de las otras personas que nos miran, y que deforman o corrigen nuestro autoconcepto. La terapia —según las obras de Nettel, Grosz y Sturgeon— es un proceso especializado que desarrolla una inteligencia basada en perspectivas múltiples.

El año pasado leí una estupenda novela clínica, que reúne preocupaciones dispuestas a lo largo del arco amplísimo que conecta la literatura con la medicina. Me refiero a Las mutaciones, de Jorge Comensal (Antílope, 2016).

Hasta donde sé, se trata de la primera novela de este escritor (y epistemólogo) nacido en la Ciudad de México, en 1987. Por lo general, la edad de un autor me resulta irrelevante, pero la madurez de esta obra me obliga a compartir la sorpresa de la edad. Y es que el planteamiento de Las mutaciones tiene que ver con la pluralidad de discursos de la enfermedad:
los lectores podemos asomarnos a los momentos críticos de un abogado exitoso, quien desarrolla cáncer en la lengua y se ve amenazado socialmente por las limitaciones en la comunicación oral y las pérdidas económicas. Pero también escuchamos el vaivén de su mundo social, constituido por su esposa, quien es leal a su esposo, pero prefiere ignorar su código de valores, a diferencia de la sirvienta, quien despliega un amor incondicional, basado en la gratitud, el sacrificio, y un sentido de empatía más auténtico, porque no entra en conflicto con una lucha por el poder. La exploración de los límites de este amor incondicional es una de las muchas paradojas de la novela. Un perico acompaña al abogado y la sirvienta, y funciona como un toque de comedia donde el cinismo se encuentra con la ternura, y a la vez, como un agente vicariante que expresa con desvergüenza las maldiciones que el abogado calla tras la cirugía que lo deja sin lengua. ¿Qué sucede con la conducta humana cuando el pensamiento se disocia de la comunicación oral?
¿Qué mutaciones ocurren en la personalidad, de qué manera se transforman las relaciones humanas que dan soporte a las estructuras subjetivas?

Las mutaciones observa a los individuos que transitan junto al protagonista, quienes forman parte del crucigrama imperfecto de la enfermedad. Jorge Comensal cita a Rosario Castellanos: “Y tienes la penosa sensación de que en el crucigrama se deslizó una errata que lo hace irresoluble.” En efecto, para comprender las tentativas de composición colectiva frente a las erratas biológicas que conducen a la enfermedad, el autor presenta las vidas paralelas de un médico oncólogo hechizado por sus fantasías (más ingenuas que fraudulentas) de gloria científica, y de una psicoanalista lacaniana especializada en víctimas y supervivientes del cáncer, quien prefiere ahogarse y ahogar la angustia de sus pacientes mediante el hechizo farmacológico de unas galletas de cannabis. Con una enorme naturalidad, Jorge Comensal expone las contradicciones, las creencias, las convicciones y puntos ciegos de sus personajes, dentro de una trama hilarante y trágica. Una capacidad de mentalización como la desplegada en Las mutaciones, indudablemente, es el resultado de la experiencia que da la edad, los años de práctica psicoanalítica como paciente y analista, las vivencias como investigador clínico y médico oncólogo, y los años en un doctorado en biomedicina molecular. O no. Porque el autor es joven, no es médico, oncólogo, biólogo molecular, psicoanalista, o superviviente del cáncer. La composición de esta novela es entonces el punto de encuentro de la imaginación intersubjetiva y la inteligencia: lo que llamamos talento literario.

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