Parejas saladas

Soy un supersticioso literario. Las ciencias ocultas, el devenir de los astros y la “vibra” sólo me interesa como material para historias. Sin embargo, me han tocado dos o tres morras que tienen la capacidad de retorcer las cosas de manera sobrenatural.

Tuve una novia que me atraía una pésima suerte en lo referente al dinero. Si eres free lance ya te chingaste. La cuerda floja es pan de cada día. Sabes que el pago se va a retrasar en salir. Forma parte del guión. Pero el tiempo que duré con esta chica ocurría que una factura que se tardaba por lo regular una semana en cubrirse, se tardaba mes o hasta mes y medio. Por cualquier contratiempo. Porque pusiste una coma de más. Porque el encargado de firmar los cheques salió de vacaciones. Porque le realizaron el depósito a otra persona. Etcétera. No importa cuánto tiempo invirtiera en revisar que las facturas no tuvieran errores, siempre ocurría algo. Les juro que no es que desee creer en el mal de ojo, pero apenas corté a esta nena las cosas volvieron a la normalidad. El calvario del freelanceo habitual.

Otra morra con la que salí tenía mala suerte con los meseros. Siempre nos aplastábamos en la peor mesa del restaurante. Hablando en cuanto a servicio. Nos atendían de la chingada. Se tardaban siglos en tomarnos la orden. En llevarnos las bebidas. La comida llegaba fría. La cerveza caliente. Y para colmo era una monserga la cuenta. Porque pasaban hasta treinta minutos y la esperábamos bostezando. Sé que las consecuencias existen, que no todo pertenece a los terrenos de Moni Vidente, pero era como una ley. Una regla. Invariable. Y qué cree. Tarán, dejé de salir con esa morra y dejé de ser la víctima propiciatoria.

Salí con una chava que era imán de ex’s. Sé que la vida me quiere mucho. Por qué. Porque una vez que termino con una persona rara vez me la vuelvo a encontrar. Han pasado diez años y no he vuelto a ver a mi segunda ex esposa. Más prueba que esa imposible. Pues resulta que una vez una de mis parejas era como un pinche papel atrapamoscas. A donde quiera que salíamos me topaba a una ex. O a veces hasta dos. Tampoco es que haya tenido tantas mujeres en la vida. Pero cuando te cae la maldición de la vaca no existe salida. Y pues ya saben. La saludadera. Y cómo has estado. Y nunca me buscaste. Y qué linda tu novia. Agrégame en Facebook. Llámame.
Ocasiones que mi acompañante se ponía unas súper emputadas de antología.
Y por qué te abraza tanto. Oye pos qué les haces. Y otra vez, como si fuera un hechizo mágico, dejé de salir con ella y santo remedio. No me topo a nadie.

La aniquila vajillas fue una que tenía el poder supremo de provocar que todas las cosas de cristal de mi casa se hicieran añicos. Ta n viendo que uno como soltero apenas si tiene dos platos, cuatro vasos, tres caballitos y un cenicero (aunque no fume). La primera vez que me la pimpié en mi casa se azotó la puerta del balcón y se quebró el vidrio. La segunda inexplicablemente saltó de la mesa del comedor, mientras estábamos en la cama, un vaso de cristal cortado para whisky que me había costado un ojo de la cara. La tercera un plato voló hacia el piso en un acto suicida. Quizá se encamotó con unas enchiladas que estaban mosqueándose desde hace dos días. Si esa morra entraba a mi casa, baja segura. Hasta que dejó de ir y ahora tengo una colección numerosa de chalices de Stella Artois.

Y la que no podía faltar. La que hace que te agarres a putazos con everyone.
No ayuda que a ti te guste pelearte, por supuesto. Pero este tipo de morra es la clásica que no sabes cómo pero alguien la ofende y no te queda de otra que defender su honor y de paso demostrar que no viene sola. No soy nadie para juzgar a la gente, pero creo que este tipo de personas disfrutan con esta dinámica. Una vez pasa, dos, tres. ¿Pero siempre? Y luego dijeras, es la mujer más insoportable del mundo. Con justa razón. Pero no. Es una chava de perfil más o menos bajo, en cuanto a pasadez de lanza. Lo que vuelve más ineludible que te rifes un tiro. Porque si un cabrón la insulta no puedes pasarlo por alto. Esto dura hasta que te cansas de traer los ojos morados, los nudillos hinchados y la jeta reventada.

Antes de que se me echen encima, aclaro que me refiero a las mujeres solamente, porque todavía no he andado con ningún bato. Pero no dudo que existan también sus buenos ejemplares de cabrones que jalan el mal agüero.
Lo malo de esta gente es que por fuera no se les nota ni madre. Muchos parece que no rompen un plato. Y resulta que te salan más que si jugaras con la ouija.

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