Razones Literarias

  • Tamaño de fuente: A  A  A  A  

Carlos Olivares Baró/carlos.olivares.baro@hotmail.com

Visión de Laura

UNA TARDE nos quedamos solos en el sillón de la sala mirando la televisión. Laura veía sin reclamo cualquier cosa que yo pusiera, me dejaba cambiar de canal cuantas veces quisiera. No hablábamos mucho, creo que no teníamos tema de conversación. La observé absorta mirando un programa, los labios entreabiertos húmedos. Del otro lado del sofá, extendí mi brazo y comencé a acariciar el suyo. No tuvo gesto alguno de desaprobación. Hacía como si no pasara nada o simplemente me ignoraba. Pasé hasta su hombro y su omóplato mientras registraba su actitud. Me acerqué para alcanzar su pecho en el que inicié primero con sigilo. Sentí casi imperceptible un pequeño sobresalto. Cerró los ojos, contuvo la respiración y se dejó hacer. Mis manos subían y bajaban amasando con cuidado esas pequeñas protuberancias, conociendo su piel suave, su respiración. Entró gente a la casa y nos reacomodamos. Ella tomó el control remoto y comenzó a cambiar de canal un poco nerviosa. Yo esperaba el momento de poder ir al baño sin que nadie notara mi miembro rígido debajo de mi pantalón.

A partir de ese día comenzamos a buscar el momento de quedarnos a solas. De echar a la calle a los hermanos más pequeños en el momento de la tarde en que no había ninguna persona mayor. Aprendí rápido el camino para acariciarla y ser cada vez más osado. El juego consistía en hacer creer a los demás que mirábamos la televisión. Ella la dejaba encendida sin importar el programa y al momento de tocarla hacía como si nada ocurriera. Como si no estuviera allí explorando la reacción de sus senos pequeños que despertaban con el primer contacto de mis dedos o de su sexo cuando se humedecía. Abría pausadamente sus piernas y hurgaba la tibia hendidura de su entrepierna. Laura tensaba su vientre, su respiración se agitaba por momentos y luego recuperaba la calma. Me gustaba llevarla a ese punto en que perdía por breves momentos su propio control. Cuando cerraba los ojos o se sobresaltaba emitiendo un gemido leve. Luego me levantaba al baño a masturbarme con el olor de Laura todavía en las manos.

SORBO

(Tomado del poemario Labios del abismo y la fractura. Editorial CONACULTA, 2007)

La tarde cede el vino del suplicio

anuncia la promesa en agonía
el llanto del creador es celosía
aterra con su pena al beneficio

El cuerpo vespertino es catadura
brebaje al erotismo trepanado
su lumbre es el fulgor del castigado
consuelo despojado de armadura

Voló la contrición desesperada
dolida por el robo y el consuelo
inyectan los avernos su delicia

a nubes con el alma destazada
crepúsculo frugal ojos del duelo
relumbra la amargura vitalicia

César Aríspides (Ciudad de México, 1967).
Poeta y editor.

Liliana Pedroza

(Chihuahua, Chihuahua, 1976)

Licenciada en Letras Españolas por la Universidad Autónoma de Chihuahua y Doctora por la Universidad Complutense de Madrid. Narradora y ensayista, autora del libro de ensayo Andamos huyendo, Elena (2007) y de cuentos Vida en otra parte (2009). Ganadora de varios premios literarios (Premio Chihuahua de Literatura 2008; Premio Extraordinario de Cuento Hiperbreve en 2007; Mención honorífica en el Concurso Nacional de Cuento Agustín Yáñez). Ha sido becaria del FONCA en la categoría estatal y nacional.

Aquello que nos resta ­—libro galardonado con el Premio Nacional de Cuento Joven Julio Torri 2009—, está conformado por seis ficciones de prosa evocativa que emprende un recorrido por temas como el amor, la lubricidad, la violencia, el éxodo o el placer en dibujos de encomiable caligrafía enunciativa. Presentamos un fragmento de “Visión de Laura”: escritura tersa en el centro mismo de una sensualidad arropadora. Erotismo íntimo que nos atrapa por decisivas y alegóricas confluencias narrativas. Pedroza sabe configurar amenos denuedos discursivos.