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Foto: Especial

A y para Susana Quintanilla

I

En 1908, “por orden del gobernador del estado de Nuevo León”1 Bernardo Reyes, se hace en México la quinta edición de Ariel, tercer opúsculo del ciclo La vida nueva. Las cuatro ediciones anteriores fueron impresas por Dornaleche y Reyes en Montevideo

… bajo su misma dirección […] la tercera, como suplemento de la Revista Literaria de Santo Domingo, 1901, la cuarta, en Cuba literaria, La Habana, 1905 […] la sexta, impresa en el mismo país por orden de la Escuela Nacional Preparatoria, 1908 […].

Lo que motivó una carta de José Enrique Rodó a Porfirio Parra. Max Henríquez Ureña recibió de Rodó la autorización para editar el Ariel en Cuba literaria y en 1905 su hermano Pedro publicó en esas mismas páginas el texto sobre Ariel que recogería en sus Ensayos críticos de ese mismo año. Que Rodó apreció las páginas del dominicano consta por la carta que le escribió en borrador fechado el 28 de junio de 1906 al crítico peruano Francisco García Calderón recomendándole el tomo de Ensayos críticos recién publicado y advirtiendo que “es espíritu muy cultivado y de fino sentido literario, que tiene mucho de nuestra orientación”.2

 

II

En 1908, acaso por sugerencia de Pedro Henríquez Ureña y acaso por tácita imantación de Rubén Darío, en cuyas Prosas profanas se recogió como prólogo el ensayo que el uruguayo había dedicado en 1899 al nicaragüense, Bernardo Reyes —amigo de ambos— hace en Monterrey una edición de Ariel. Pedro le había dedicado un capítulo de sus Ensayos críticos, y en 1902 lo había citado en su ensayo sobre Gabrielle D’Annunzio: “Nadie como él [D’Annunzio] realiza el deseo de José Enrique Rodó de modelar, ‘con el cincel de Heredia, la carne viva de Musset’”.3 Alfonso Reyes debe haber leído desde esos años a Rodó. El 9 de febrero de 1909, Pedro Henríquez Ureña le escribe a Reyes:

Recibí carta de Rodó. Me dice que le gustó mucho la edición de Ariel y que pronto me mandará un libro grande. Además quiere que se le den las gracias más expresivas a tu padre por la edición (aquí sí cabe lo de expresivas, pues él recomienda que así sean y no califica las que él mismo da, como hacen la mayoría de las gentes con “expresivas gracias” y “sentido pésame”). Haremos una carta, que firmarán aquellos del grupo que se encuentren aquí (pues faltan Ricardo y Max) y la enviaremos próximamente. Yo me encargaré de que se haga. Te contaré que hace tiempo, cuando estuvo lista la edición, hicimos una carta de gracias, la cual, por pereza de uno de los encargados de recoger firmas, se quedó sin firmar y no se envió al fin. He querido que se supla esa barbaridad aprovechando esta ocasión.4

La carta de Pedro a Reyes llama la atención sobre la necesidad que tenía y predicaba Henríquez Ureña de cuidar las formas como parte de una ética intelectual. Rodó había publicado fragmentariamente Motivos de Proteo en la Revista moderna de México5 que tuvo, como le dice PHU, “buena acogida”. A “La obra de José Enrique Rodó” le dedicaría PHU en 1910 la conferencia dictada en el marco de la serie de las impartidas en El Ateneo de la Juventud.6

La edición de Ariel en México produjo un intercambio de letras y libros entre el mexicano y el uruguayo. Rodó dedicará a Alfonso Reyes en 1909 sus “Motivos de Proteo”, que el mexicano recibe junto con un ejemplar para su padre y una carta del propio Rodó, y en 1914 le dedica “El mirador de Próspero”:

A Alfonso Reyes cuya obra juvenil es una de las más bellas promesas de la nueva generación. Su amigo, que no lo olvida, José Enrique Rodó.

La conexión, la química eficaz de Reyes con Rodó se traduce y cosecha en las no escasas referencias que el mexicano hace del uruguayo a lo largo de su obra y que documentan la fidelidad y constancia de su estima por sus escritos y aun por su vida. Consta que Alfonso Reyes leyó y releyó a Rodó a lo largo del tiempo. La química eficaz que los unía se explica por la alta concepción que el uruguayo tiene de la crítica literaria y del oficio de la lectura como uno de los más altos momentos de la (auto) conciencia humana. Si el artista representa un tipo superior de humanidad, el crítico literario, el filósofo, el ensayista proteico alcanza en su ejercicio alturas sólo comparables a las del poeta y artista. Hay al menos diecisiete títulos de Rodó en la biblioteca de la Capilla Alfonsina que se encuentra en Monterrey. Reyes lee y relee las obras de Rodó. Comparten una idea de la literatura y de la forma de hacer libros y aun de la organización de la vida literaria que, como diría
Henríquez Ureña, pasa por el cedazo y cristalización de “grupos cortos” y de una aristocracia intelectual, de lo que, en otros ámbitos, Elías Canetti llamaría “cristales de masa”, como levadura de una ciudadanía intelectual. Comparten la idea de una literatura en movimiento y de un horizonte intelectual abierto, caracterizado por una “perspectiva indefinida”. A Reyes le gusta que Rodó haya traído a la conversación americana una “palabra de bravura, un consejo de valentía aplicado a la concepción de la conducta”.7  Y lo cita:

“No desmayéis —repetía Rodó—, no desmayéis en predicar el Evangelio de la delicadeza a los escitas, el Evangelio de la inteligencia a los beocios, el Evangelio del desinterés a los fenicios”.8

Aplaude que Rodó

… persista en su ritmo lento y amplio, en divino sonambulismo, oponiendo al atropellamiento de la historia aquella serenidad provinciana… ¡O, felix culpa! A éste no lo despedazó la guerra, y pudo salvar su conciencia intacta, para que un día reconstruyamos por ella una imagen de las armonías perdidas.9

Acaso esa lentitud se deba a un influjo geográfico:

A pocos pasos de la casa de Rodó, en Montevideo, se ve por tres partes el mar. El autor [Max Henríquez Ureña] sugiere la influencia que la contemplación del mar pudo tener en la mente, en la filosofía misma, en el modo intelectual de Rodó […]. El estudio sobre el “medio”, en rápido y seguro trazo, sitúa a Rodó en su escenario. Mente armoniosa, Rodó busca una conciliación entre los partidos de su país. Fue francamente liberal, pero sin extremos pueriles ni arrebatos salvajes.10

Ese temple conciliatorio, compasivo y propenso a la concordia es una de las fibras que unen a Reyes con Rodó. Acaso sea la formación francesa de Rodó, es decir, en última instancia latina, la que lo lleva a afirmar la idea y sentimiento de América como una “magna patria”. Ese sentir regional o trasnacional y trasfronterizo se afirma como una genealogía. Ese sentir es la chispa que anima al genio del lugar americano inventado por Rodó y compartido por Reyes.

Rodó, lo advierte Reyes, se arma sobre Montalvo. A los tres los vertebra un impulso hacia la excelencia y los anima un escrúpulo casi religioso del hacer literario y del aseo intelectual. La universalidad de Rodó es más bien una ubicuidad, un saber estar ahí dispuesto a todo, un movimiento espontáneo para ser el “hombre de todas las horas”, en fin, una aspiración a encarnar a

… ese discreto tipo de hombres sociales y solícitos que tienen cierta oportunidad en la conversación o que se dan maña para hacer mil cosas mediocres e insignificantes de verdadera bonne-à-tout-faire: sacar punta a un lápiz, divertir al nene, cambiar el fusible de la instalación eléctrica, hacer un guiso, contar un chiste, clavar un clavo, pagar el tranvía antes que nadie, conseguir un billete gratis para algún espectáculo. Amables criaturas domésticas, cuyo sitio está entre el hombre y el perro.11

 

“Alfonso Reyes leyó y releyó a Rodó a lo largo del tiempo. La química eficaz que los unía se explica por la alta concepción que el uruguayo tiene de la crítica literaria”

 

Y a Reyes le gustaban los perros, como puede verse por la fotografía que le tomó Gisèle Freund con Kola, el samoyedo siberiano. Esta aproximación, ¿no hace pensar en las palabras de Santa Teresa, que dice al Señor “Qué mandáis hacer de mí / Que a todo digo que sí”? Rodó será para Reyes no sólo un guía intelectual sino un maestro en el arte de la vida.

Mientras vivimos —repetía Rodó— nuestra personalidad está sobre el yunque. Tal es la doctrina de la vida, como una perenne educación —ideal de Goethe.12

Esta lección ética es una lección de fortaleza estoica, una invitación a reconocer “aquel goce fundamental que nuestro Rodó define así: ‘… aquel orgulloso no importa que brota del fondo de la vida’”.13 La escritura de Rodó articula algo más que literatura: “la filosofía moral de Rodó corre sobre el dorso de los pueblos”. 14 Hay que estar conscientes, dice Reyes, de que “las vicisitudes históricas nunca igualan el ideal”:15

Vivimos muy por debajo de nuestra esperanza. Pero, contestaba Rodó, hay un orgulloso: “¡No importa!” que surge del fondo de la vida. El sentido de América está en seguir amparando los intentos por el mejoramiento humano, y en seguir sirviendo de teatro a las aventuras del bien. O éste es el sentido del americanismo (esfuerzo para armonizar un continente, en servicio de la humanidad).16

La doctrina enunciada por Rodó “es fragmento de una perspectiva indefinida”.17 Así dice Reyes: “El ensayo en José Enrique Rodó es un gran discurso epidíctico”,18 similar al de Sócrates. El pensamiento de Rodó está muy cerca de la comprensión como acción: hay un pasaje de Rodó que cita Reyes y que se encuentra en Los últimos motivos de Proteo (1932) “sobre la interpretación de las intenciones animales: para comprender a la serpiente [hay que] reptar y silbar”.19 Dice Rodó: “hágase usted serpiente…” 20

 

III

La sombra de Rodó corría como una mancha de aceite bajo las fuerzas de los escritos de sus lectores o como un elemento infeccioso que los teñía voluntaria o involuntariamente. Pedro Henríquez Ureña advirtió con exactitud quirúrgica este fenómeno en una carta a Alfonso Reyes comentando un ensayo suyo sobre Federico de Onís, sin darse cuenta Reyes de que Onís había plagiado a Rodó:

181 De Pedro Henríquez Ureña
a Alfonso Reyes

New York, May 4, 1916.

[…]

Otra queja: has elogiado Disciplina y rebeldía de Onís 21 (que leí anoche) sin darte cuenta de que es una mediana imitación del Ariel y del Proteo de Rodó. Martín dice que ni tú ni él lo notasteis; pero el hecho es evidente, tanto, que aseguré a Martín que todo el que hubiera leído el Ariel reconocería el ritmo robado por Onís y las reminiscencias verbales. Hoy hice la prueba: Salomón de la Selva reconoció a Rodó a las tres líneas y media. Enrique Jiménez, delante de Martín, lo reconoció a las diez líneas. Las reminiscencias son verbales en la página inicial (11); en la siguiente, donde se recuerda la cita de Goethe en Ariel: “Sólo es digno de la libertad y de la vida…”; en la p. 17; en la 18 (de Proteo); en la 22 (Renán22 citado por Rodó: “la juventud es el descubrimiento de un horizonte inmenso, que es la vida”; de manera que ha ido a Rodó para imitar hasta las citas); en la p. 23 (Proteo); en la 25, directísima de Proteo: “Todo es tesoro oculto en las cosas”, dice Rodó —frase que yo cité en mi González Martínez. Si no creyera que me engaña la vanidad, diría que Onís leyó también ese prólogo mío (por las fechas, bien pudiera ser); su “el camino estaba en ti”, en la p. 31, parece que lo escribió quien leyó aquel prólogo; sin contar “única e incomparable”, en la p. 27, par de adjetivos que yo he usado mucho. Pero no veo tan evidentes, respecto de mí, las reminiscencias; quizás no sean sino coincidencias. Lo de Rodó, en cambio, es imitación descarada; vid. todavía la página 35, y una que otra más. Por supuesto, que Onís coge mal el ritmo de Rodó: el uruguayo tiende a menudo a los yambos, y suele rematar en endecasílabos; el gachupín le imita el trick, pero, como lo hace mal, llena de versos su prosa: de las edades de la vida humana… la mitad del camino de la vida… (p. 17); en caprichosas y proteicas nubes, / para en un vuelo rápido / volver al seno de la tierra opaca… (p. 21); en su día florezca y fructifique… que el mundo al paso deposite en ti (p. 31).

¿Quiere esto decir que Onís no valga nada? No. Lo que censuro es que tú hayas procedido como descastado al no reconocer a Rodó en Onís y que éste tenga la desvergüenza de no dignarse citar a su fuente: la cita, en estos casos, es declaración honesta. Así son los gachupines: nos plagian, pero no nos citan, “así los aspen” [sic], como dice Rufino. Nadie le ha dicho a Villaespesa sus infinitos plagios, como los que ha hecho en el Viaje sentimental; y Valle-Inclán, en Cuento de abril, y más aún en Aromas de leyenda, no hace más que diluir textos de Rubén (esto es más sabido, pues Juan R. Jiménez me habló de ello en ese tono).23  Ahora imitan hasta a los desconocidos en España, con el tino del Lamarchito de Santo Domingo que glosó a Justo A. Facio;24 Moreno Villa, que me parece buen poeta (Jiménez dice que es el mejor de los nuevos) y me gusta, tiene reminiscencias verbales de Guillermo Valencia. Y para mí la reminiscencia verbal prueba más que la ideológica: pueden las ideas venir por coincidencia, y el desarrollo puede demostrar que surgieron espontáneamente y no por recuerdo. He de escribirle una larga carta a Rufino dándole nota de estos plagios para que haga, si es posible, un libro sobre nuestra influencia en España.

De Onís me hablan todos maravillas. Me parece bueno que un hombre escriba así en España. En general, su lenguaje es bueno, fino, de acuerdo con el ritmo elegante que imita; pero a veces se le van palabras toscas, de gachupín, del archivo culinario de D. Juan Valera: muchachas bajo los pórticos (qué orejas para la ch); corazón… amasado; por todos los poros; dar el alma al diablo; el alma esponjada… Se explica uno que Benavente 25 pase por hombre fino en España. No sé si Onís resulte, a la postre, mejor que Ortega, cuyo prólogo a no sé qué mal poeta es un desastre (1914), una muestra de que sólo es inteligente a medias o a ratos. […]

186 De Alfonso Reyes a Pedro
Henríquez Ureña

Madrid — 25 Mayo 1916.

[…] En efecto, no me dí cuenta de que Onís se hubiera inspirado tan de cerca en Rodó. […]

José Enrique Rodó fue para Pedro Henríquez Ureña, Martín Luis Guzmán y Alfonso Reyes uno de los escritores decisivos no sólo para ellos sino para las letras americanas y españolas por venir, incluidas las de sus eventuales plagiarios.


Notas

  1. Emir Rodríguez Monegal, en José Rodó, Obras completas, editadas, con introducción, prólogos y notas de Emir Rodríguez Monegal, Aguilar, Madrid, 1967, p. 205.
  2. José Enrique Rodó, Obras completas, edición, introducción, prólogos y notas de Emir Rodríguez Monegal, Aguilar, Madrid, 1967, p. 1439.
  3. Pedro Henríquez Ureña, Obra crítica, edición, bibliografía e índice onomástico por Emma Susana Speratti Piñero, prólogo de Jorge Luis Borges, FCE, México, 2001, p. 5.
  4. Alfonso Reyes / Pedro Henríquez Ureña, Correspondencia 1907-1914, edición de José Luis Martínez, FCE, México, 1986, p. 139.
  5. Del 1 de septiembre de 1909 hasta el 1 de mayo de 1911.
  6. Pedro Henríquez Ureña, “La obra de José Enrique Rodó”, “Conferencia pronunciada en el Ateneo de México, el 22 de agosto de 1910. / Con pocas modificaciones —especialmente con adiciones—, esta conferencia fue leída después en el Ateneo de Barcelona, con motivo de la muerte de Rodó, en julio de 1917”, dice la nota manuscrita en el ejemplar de PHU conservado en su archivo del Colegio de México. Obras completas, 2, 1899-1910, I, Miguel D. Mena compilador y editor, Editora Nacional, Santo Domingo, República Dominicana, 2013, pp. 366-379.
  7. Alfonso Reyes, “Rodó (Una página a mis amigos cubanos)”, Obras completas, t. III, FCE, México, 1995, pp. 135.
  8. Idem, pp. 135-136.
  9. Idem, p. 136.
  10. Alfonso Reyes, “Sobre Rodó”, Obras completas, t. VII, FCE, México, 1996, p. 377.
  11. Alfonso Reyes, “Napoleón I, orador y periodista”, Obras completas, t. III, FCE, México, 1995, p. 470.
  12. Alfonso Reyes, t. IV, op. cit., p. 273.
  13. Alfonso Reyes, “Saludo a los amigos de Buenos Aires”, Obras completas, t. VIII, FCE, México, 1996, p. 144.
  14. Alfonso Reyes, “Sobre la tumba de Graça Aranha”, Obras completas, t. XII, FCE, México, 1997, p. 143.
  15. Alfonso Reyes, “En la VII Conferencia Internacional
    Americana”, Obras completas, t. XI, FCE, México, 1997, p. 73.
  16. Idem.
  17. Alfonso Reyes, “Apuntes sobre la ciencia de la literatura”, Obras completas, t. XIV, FCE, México, 1997, p. 356.
  18. Alfonso Reyes, “Cicerón o la teoría del orador”, Obras completas, t. XIII, FCE, México, 1997, p. 408.
  19. Alfonso Reyes, “El enigma de Segismundo”, Obras completas, t. XXI, FCE, México, 2000, p. 202.
  20. José Enrique Rodó, Los motivos de Proteo, LVI, LVII, “La víbora que ondula”, Obra completa, edición de Emir Rodríguez Monegal, p. 970.
  21. Se refiere a la lectura dada por Federico de Onís y Sánchez en la Residencia de Estudiantes la tarde del 5 de noviembre de 1915: Disciplina y rebeldía, publicada en Madrid por Publicaciones de la Residencia de Estudiantes en 1915. Las palabras de Alfonso Reyes acompañarían la edición que se hizo en El convivio (1917). Más tarde, AR las recogerá incorporándolas en el “Diario de un joven desconocido”, en El cazador (OC, t. III, pp. 207-215). En esta incorporación ha desaparecido toda mención a Federico de Onís y a J. E. Rodó, a quienes AR en este ejercicio de libre intertextualidad parece haber devorado.
  22. Joseph Ernest Renan (1823-1892). Escritor, filólogo, filósofo e historiador francés.
  23. Ramón Jiménez y PHU sostenían por aquella época una cercana amistad como se puede documentar por la dedicatoria que le hizo el poeta español al dominicano de un poema en prosa: “La negra y la rosa”: “A Pedro Henríquez Ureña” fechado en Nueva York, el 4 de abril de 1916. E incluido en el libro Diario de un poeta recién casado (Libros de poesía, recopilación y prólogo de Agustín Caballero, Aguilar, Madrid, 1957, pp. 340-341).
  24. Justo A. Facio (1860-1931). Poeta y escritor modernista costarricense. Entre sus obras destacan: Mis versos (1894) y Ojeada sobre el origen y desenvolvimiento del romance castellano (1931).
  25. Jacinto Benavente Martínez (1866-1954), dramaturgo español. Algunas de sus obras son El nido ajeno (1894); Gente conocida (1896); La comida de las fieras (1898); La noche del sábado (1903); Los intereses creados (1907); La malquerida (1913).

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