Seguir viviendo sin Spinetta

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Maldito cáncer está acabando con más músicos que el stylelife del rockstar. Hace cuatro años murió “El Flaco”. Y su deceso me paralizó. Enmudecí. Fui incapaz de escribir una sola línea al respecto. Ni homenaje. Ni despedida. Por lo que la redacción de este texto es chapucera. No va a hacerle justicia a todo lo que Spinetta aportó a mi vida.

La muerte de un artista es un pretexto para hablar de uno mismo. Es la única explicación que encuentro para mi silencio. Por eso ahora no entiendo por qué no me callo. Sería complicado asociar la música de Spinetta a pola-
roids específicas de mi vida. Como todo aquel que fue adolescente en los 90’s estuve mediatizado por MTV. Y no me apena confesar que conocí a Spinetta a través del Estrelicia, el unplugged. Sí, la televisión me enseñó a “El Flaco”.
Era el 97. Tenía 19 años. Dos años antes mi madre me había informado que no iría a la universidad porque no podía costeármela. Ni la pública. No había dinero ni para el transporte. Ella no sospechaba que yo no deseaba ir. No a ésa. Mientras los de mi generación vivieron una época dorada, yo acudía a esa otra gran universidad: la tienda de discos donde pasé mis años de formación. Y la música de Spinetta fue una de mis principales asignaturas.

Descubrir a Spinetta fue un viaje en la máquina del tiempo. Pero que no realicé de inmediato. Primero me eché un clavado en su obra noventera.
Pelusón of milk se convirtió en una droga. Un álbum tan celoso que no me permitía desplazarme al encuentro del resto de la obra de Luis Alberto. Me comencé a reponer de ese mal con la versión de “Perdido en ti” de Spinetta en Obras. Y el incombustible, trepidante, incendiario San Cristóforo. Un álbum que me define. Sin el que no podría explicarme a mí mismo. Entonces metí la reversa. Y contraje la enfermedad de Spinetta. Primero Artaud. Que desarmó todos mis prejuicios alrededor del rock en español. Un disco al que vuelvo siempre. Cuando estoy feliz. O triste. Es el soundtrack eterno de mi vida. Suena si me caso. Suena si me divorcio. Y contiene la que quizá sea mi rola favorita de Spinetta: “Las habladurías del mundo”.

Realicé entonces un recorrido cronológico. Deteniéndome en cada una de las estaciones. Desde Almendra hasta Las Bandas Eternas. Sintiéndome unas veces súper Pescado Rabioso, otras más Invisible, más Almendra, Socio del Desierto, o Spinetta en solitario. Por cuestiones de espacio es imposible enumerar todos los highlights que contiene cada faceta. Pero considero que existe un punto a destacar. En 2001 fui afortunado en presenciar cómo
Spinetta continuaba siendo un genio. “El enemigo”, de Silver Sorgo, es una canción que no le pide nada a las mejores de su repertorio. Demostró que no había nada escrito en materia de Spinetta. Que nunca perdería vigencia. Nunca se quedó sin nada que decir. Refrendó su posición de indiscutible.

Que Spinetta haya grabado un show para MTV habla del papel que desempeñó en la música. Para quien conozca su historia, sabrá que jugó distintos roles. Desde el músico que gozó de la popularidad con su banda Almendra; el que recibió el favor de la crítica; el que conquistó a varias generaciones de públicos; el under; el masivo; el inspirador de nuevas generaciones de artistas, sin él jamás hubiéramos tenido a un Gustavo Cerati; hasta el creador de Artud, un álbum que ahora se presume como el producto más elevado del rock argentino, pero que para grabarlo su autor tuvo que vender todas sus pertenencias porque la disquera que lo contrató desistió de publicarlo. Y por encima de todo, uno de los guitarristas más excelsos del rock en español. Con un estilo personal. Un virtuoso.

Hace cuatro años, en febrero de 2012, por fin firmaba mi divorcio en un juzgado. Me había separado en febrero de 2011. Ese mes se desató una helada histórica en mi ciudad. Se registró una temperatura de menos 8 grados. Salí de mi relación directo a una casa vací a, sin muebles. Con sólo un colchón y sin cobijas ni sábanas siquiera. Tuve que sobrevivir dentro de un sleeping y con varios whiskies encima. Al año siguiente se fue “El Flaco”. En febrero cumplo años. Pero también se ha presentado como un mes oscuro en mi existencia. Y una de las últimas enseñanzas que me ha legado es que desde 2012 he tenido que aprender a seguir viviendo sin Spinetta. Recuerdo bien que tras salir del juzgado y ver por última ocasión a la persona con la que imaginé que pasaría el resto de mi vida, me puse los audífonos y le di play al Pelusón of Milk y me fui al aeropuerto a tomar un vuelo.

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