Spider-Man: Homecoming de Jon Watts

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La era de la guerra sin fin es también la era de la epidemia de los filmes de superhéroes. Después de los ataques del 11 de septiembre de 2001, George W. Bush, lanzó una larga guerra contra el terror, una cacería bélica sin fronteras ni marco temporal ni un objetivo definido. Esta estrategia prepotente, devastadora e injustificable desató la catástrofe de violencia y muerte que está desolando a buena parte de la humanidad. A tres lustros de distancia el terror sigue sano y salvo pero en las pantallas contamos para consolarnos con una larga lista de vengadores, defensores y prodigios de historieta determinados a eliminar a los terroristas
de nuestras fantasías.

En esos mismos quince años se han estrenado seis películas del Hombre Araña, tres dirigidas por Sam Raimi, y estelarizadas por Tobey McGuire (2002, 2004 y 2007), dos de Marc Webb, con Andrew Garfield (2012 y 2014) y la reciente Spider-Man Homecoming, de Jon Watts, con Tom Holland en el papel de un Peter Parker quinceañero, un nerd millenial de Queens, inseguro, inmaduro e inteligente, un héroe fiel al original creado por Stan Lee y Steve Ditko en la década de los sesenta. En Captain America Civil War (Joe y Anthony Russo, 2016) Tony Stark (Robert Downey Jr.) visita a Parker, a quien ha descubierto en YouTube. Ahí descubrimos que la tía May, ya no es una anciana bondadosa, sino una muy atractiva Marisa Tomei, y entendemos que este Hombre Araña tan sólo aspira a ser el proverbial “amistoso Hombre Araña del barrio” que quiere ayudar al hombre común. La cinta de Watts nos presenta una visión alternativa del encuentro del joven arácnido con los Avengers en el aeropuerto, filmada por el propio Parker y de esa manera la película se conecta con la escena medular de Civil War, como si se tratara de un hipervínculo del www. Watts describe el regreso a casa del muchacho tras su breve interacción con las grandes ligas de la justicia. La palabra homecoming del título se refiere a este regreso, así como al baile escolar de fin de año (que es una escena central del filme) y también al hecho de que el Hombre Araña vuelve a Marvel después de sus años en Sony.

Esta nueva reinicialización de la franquicia parece de entrada un exceso tan redundante como innecesario, sin embargo como se ha señalado hasta el cansancio se trata del resultado de una negociación entre Sony y Marvel para coproducir otro filme de uno de los súper héroes más populares de todos los tiempos e integrarlo al universo de los Avengers. Parker regresa aquí a ser un enamorado sin suerte, un estudiante desvelado que por las noches trata de hacer el bien, que tiene que pedirle dinero a su tía y que es llamado Penis Parker por sus compañeros de la escuela. Parker, como cualquier adolescente, está frustrado con su vida y ve en sus poderes un escape a su rutina. Este Hombre Araña comienza persiguiendo ladrones de bolsos y ayudando a señoras dominicanas a cruzar la calle, pero al recibir el uniforme de alta tecnología de Stark, equipado con todo tipo de sensores y dispositivos, así como una computadora con inteligencia artificial y voz sensual que recuerda a Samantha de Her (Spike Jonze, 2013), confronta a una banda de fabricantes y traficantes de poderosas armas creadas con los desechos de las tecnologías alienígenas encontrados en Nueva York, entre los escombros que quedaron del combate de los Avengers contra Ultron (Joss Whedon, 2015).

En esencia el Hombre Araña es un héroe de clase media baja, quien descubre que con un gran poder vienen grandes responsabilidades. Aquí el héroe se enfrenta a un contratista, Adrian Toomes (Michael Keaton), quien se dedica a reciclar desechos, como un buitre la carroña. Toomes es traicionado por el gobierno de la ciudad cuando rompen su contrato para limpiar las ruinas de la urbe para asignárselo a la empresa de Stark, por lo que decide vengarse no sólo de la autoridad, sino del uno por ciento de la población que toma las grandes decisiones. Toomes justifica sus acciones al señalar que Stark se enriqueció vendiendo armas a rebeldes de dudosas inclinaciones y cuestionables alianzas. Toomes se transforma en el poderoso Buitre o Vulture (¿cómo no pensar en Birdman, de González Iñárritu, 2014, con esas enormes alas metálicas?), que es producto de la economía bélica y vive de la infraestructura destrozada por el complejo militar-superheróico.

La cinta de Watts es deliberada e insistentemente antiManhattan (vemos los rascacielos a lo lejos desde los “boros externos”), de esa manera destaca el carácter local, de barrio proletario y multiétnico donde vive Parker. Por tanto tenemos un filme populista, que viene a estrenarse en un tiempo de sórdido populismo presidencial de derecha. Una era en que un millonario, también nativo de Queens, que pretende hacerse pasar por pueblo llegó a la Casa Blanca y sus más fervientes seguidores (aparte de ciertos billonarios, políticos y banqueros) son los hombres y mujeres comunes que el Hombre
Araña quiere defender, y que han sido las víctimas de las políticas neoliberales y neoconservadoras. El Hombre Araña es tentado por el poder corporativo de Stark, sin embargo, en un acto de madurez rechaza la seducción de unirse a los Avengers (finalmente Spidey es un protector y no un vengador) y regresa a la escuela. Y el Buitre resulta ser un hombre de familia que más que villano es una consecuencia extrema del fenómeno de la rabia del hombre blanco anglosajón que capitalizó Trump con destreza.

Si bien hay muchas cosas bien logradas en esta reincidencia fílmica, también abundan los síntomas de esta epidemia que se llama blockbuster de superhéroes, cuya garantía del éxito depende de elaborar filmes “promedio”, con dosis crecientes y catastróficamente aburridas de efectos computacionales, acción explosiva coreográfica, destrucción de inmuebles y vehículos, humor probado, ligero coqueteo erótico y políticas de identidad progresistas (el interés amoroso es Liz —Laura Harrier—, que es birracial y la diversidad étnica refleja con realismo a Queens).

Como escribió Matt Zoller Seitz, el problema de las cintas de superhéroes es que aspiran a la homogeneidad, debido a que cuentan con enormes bases de datos, comisiones de analistas, auditorios suburbanos llenos de padres de familia y spin doctors que guían las ideas hacia lo convencional y la seguridad financiera, para hacer que las malas películas se vuelvan filmes mediocres y las ideas atrevidas o excéntricas se suavicen en conceptos triviales pero aceptables. Un blockbuster “promedio” podrá ser grandote pero nunca correrá el riesgo de ser grandioso. La misión fundamental es garantizar la continuidad, la próxima secuela-precuela-spin off-reboot. Spider-Man:
Homecoming
es carismática (en gran medida por las actuaciones de Holland y Keaton pero también por breves pero determinantes presencias como la ex estrella de Disney, Zendaya, y el multitalentoso músico y actor Donald Glover), pero a fuerza de repetir fórmulas es inevitable que esta franquicia terminará por echarlo todo a perder y no habrá pista sonora melancólica o cita-homenaje a Ferris Bueller’s Day Off (John Hughes, 1986) que pueda redimirla.

Mientras tanto la guerra sin fin sigue, las culpas se acumulan y el entretenimiento explosivo de los seres con poderes sobrehumanos sirve para canalizar la ansiedad y estimular el apetito de violencia popular.

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