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Foto: Especial

Pobrecita de la Comedia: ¿cuántos siglos lleva siendo denostada por artistas y críticos convencionales, que persiguen desaforadamente a su hermana melliza, la Tragedia? A pesar de la defensa que hace Platón de ella —y aquí cito la contraportada de La ley de Herodes— como una “mezcla de placer y dolor”, el género predilecto de Aristófanes encuentra su Waterloo antes de que se acaba el banquete, cuando el dramaturgo de Las ranas es silenciado para privilegiar puntos de vista más solemnes sobre el Eros. Generaciones posteriores de letrados han logrado transformar incluso algo tan hilarante como su descripción de aquella especie de fruta andrógina rodante que se parte en dos para crear los sexos masculino y femenino —dando así inicio a nuestro impulso de buscar a la media naranja perdida— en algo tan de flojerísima como es el amor platónico.

Hasta la fecha, a pesar de personajes icónicos para la fundación de nuestras letras tales como Alonso Quijano o Pedro Sarmiento, la Comedia se trata como si fuera un género menor o, peor aún, vulgar. Y sin embargo, ahora trae una sonrisa dibujada en los labios porque rendimos homenaje a uno de sus paladines más valientes: Jorge Ibargüengoitia.

Por azares del destino, Ibargüengoitia nació hace noventa años bajo la identidad equivocada, como si fuera él mismo el protagonista de una comedia de errores: dentro del seno de una familia repleta de mujeres cuya gran esperanza consistía en que él fuera ingeniero, para así reestablecer las fortunas de una estirpe venida a menos por falta de testosterona. ¿Cómo iban a saber que aquel hijo pródigo se dedicaría no a construir la nueva identidad mexicana con sus magnas obras negras, sino a deconstruirla con esas mismas? Y a diferencia de los demás titanes de la literatura latinoamericana, lo haría sin delirios de grandeza, armado únicamente con algo poco visto dentro del gremio: un sentido agudo de autocrítica, expresado como una burla continua e inmisericorde de sí mismo.

A pesar de ser el género que menos triunfa, tanto en los premios Nobel como en los Óscares, la Comedia lleva el consuelo de ser el más subversivo. En novelas como Los pasos de López, Los relámpagos de agosto, Las muertas o Maten al león, la sátira clava la garra con una crítica despiadada que derrumba los mitos identitarios nacionales y hasta regionales. Por otro lado, los cuentos de Ibargüengoitia, cuyo protagonista es invariablemente una versión nada halagadora de él mismo, son recuentos de los daños. Recuentos que autorretratan una letanía de fracasos: el desertor de la ingeniería resulta además ser un pésimo don Juan, un guionista cinematográfico fallido, un malinchista irredento, un editor insolvente, un dueño de propiedades inexistentes, un católico caduco y el peor de todos los scouts.

En cuanto a los temas y las imágenes que se destacan en La ley de Herodes, sin duda para el gran horror de la parentela guanajuatense, incluyen sin limitarse, a: las úlceras en el recto, las erecciones, el adulterio, la náusea, la caca, la caca en forma de diarrea, la orina —vertida en la cama, o en una muestra médica, o en público—, los basureros que hacen las veces de excusados públicos o “lecho de parejas pobres o urgidas”, las patas metidas, las nalgas tocadas, los suéteres que no quedan, los pesos prestados que jamás se vuelven a ver o se malgastan. Dentro de esta grotesca cotidianeidad, cualquier dilema personal es digno de desembocar en una situación imposible: ¡puro fiasco!

El autor apenas ficcionalizado no es inmune al ridículo de ser un Ibargüengoitia que se pone impermeable por falta de bata, que siempre trae alpargatas y cuyas peluqueadas quedan fatales. Lleva la mano en la cara para evitar ser reconocido mientras le va no mal, sino “requetemal”. Este personaje no gris, sino lo que le sigue, beige, debe, sin embargo, proseguir en una misión literaria que consiste en recordarnos, por ejemplo, que las estatuas de la Alameda son pornográficas (y sí, qué onda con ese Beethoven…).

¿Qué está al fondo de esos fracasos tan nimios, que se salvan de ser trágicos? En un momento revelador, el autor nos confirma su sospecha de que todo lo que contiene la palabra libertad es “un organismo antialgo” —lo cual incluye, sin duda, la literatura. A cambio de tantos defectos, le tocó a Ibargüengoitia el superpoder de estar a prueba de las ideologías: confrontado con las opciones dicotómicas de la Guerra Fría, concluye que ambas llevan al infierno. El proceso de anagnórisis de La ley de Herodes le ha revelado que ni los autores marxistas van a cambiar al mundo, ni sus contrapartes capitalistas van a convertirse en unos magnates de las letras. Si como personaje, Ibargüengoitia se dedica a buscar migajas en lugar de elegir un rumbo dentro de ese jardín de senderos bifurcantes, es porque bajo La ley de Herodes da lo mismo: o nos chingamos o nos jodemos. Está tan condenado a perder como cualquier personaje de Rulfo, con la diferencia de que conserva minuciosamente el registro de su propio papel deplorable en el desenlace de cada fiasco. Por eso, en lugar de un solo fallo trágico, posee una sobreabundancia de fallos cómicos.

La Tragedia le ganó a la Comedia una vez más cuando segó la vida de Ibargüengoitia demasiado temprano, destruyendo de paso el manuscrito que llevaba consigo en el vuelo 11 de Avianca, más todos los otros libros que el futuro Ibargüengoitia nos hubiera concedido, sin duda. Propongo que no se la perdonemos. Que la Tragedia se muera: viva la Comedia.

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