• Tamaño de fuente: A  A  A  A  
Foto: Especial

I

Habito un departamento de 65 metros cuadrados en el edificio 09 de una Unidad Habitacional que se compone de 38 edificios. Del 1 al 26 cada rectángulo de tabique rojo y hierro negro tiene 72 departamentos; del 27 al 38, 96. Son 3 mil 24 departamentos en total. El conglomerado se extiende de una gran avenida a otra. Oriente a Poniente. Dos calles paralelas con un solo sentido. Seis pisos se elevan en cada bloque desde el suelo infernal de chapopote hacia el aire descompuesto. Vista desde un satélite, es una fila de haches rojizas estampada en la tierra.

Terminal Pandemonio: un fractal de violencia, corrupción, basura, drogas y sexo al aire libre en el que pasamos nuestras vidas un ejército periférico de unos 12 mil obreros, policías, ancianos, dealers, criminales, bomberos, junkies, madres solteras, locos, deformes, jubilados y otros beneficiarios de Programas Asistenciales para contener el descontento y exprimir votos. Caos. Delirios del concreto. Vivienda Social. No hay futuro.

La ciudad es lo mismo, pero más grande.

Contemplo el Tiempo desde Terminal Pandemonio. La modernidad ha encallado en estos rincones. En una urbe donde el hacinamiento es norma, este corral es una de sus sucursales más excéntricas. La noche y el día se atropellan pesarosos en las rutinas de los barrios bajos. Las promesas de campaña han quedado en las bardas cubiertas por grafiti. A nadie le importa nada más allá que pagar el alquiler, llenar el plato, no ser detenido y pasar inadvertido ante el crimen. Como el Saturno de Goya, la metrópoli devora a sus hijos. La Unidad es nuestra casa. Podríamos estar peor. Somos una legión de zombis con un soplo de vitalidad.

II

Mi vecina fuma frente a su puerta su cigarrillo número diez del día. Es diabética, hipocondriaca, rechoncha y sufre permanentemente una tos flemática. Su esposo, un policía en bicicleta, trabaja en turnos de 48 horas. Durante su último descanso le robaron su bicicleta frente a mi puerta, por la madrugada. ¿Quién le roba a un poli frente a su propia casa? ¿El caco sabía a qué de dedicaba su víctima? ¿Ladrón que roba a ladrón? ¿Ojo por ojo?

Abajo, por la calle que nos separa del bloque de edificios número par, una señora canosa y delgada que parece un espanto escupido del inframundo pasa gritando “Paaaannnn chiquitttooooooo”. Lo hace diario por cada andador. Pan chiquito. Ahora se ha activado una bomba de agua dos o tres pisos arriba. Se oyen cuetes (o disparos) no muy lejos. Suenan sirenas y un perro aúlla, otro ladra abajo. Alguien ríe, otros miran la televisión con volumen alto, quizá una telenovela. En el último piso se alcanza a escuchar música norteña. Pongo atención en el regaño de una abuela, una puerta se azota, risas de niños, más ladridos. La sinfonía pantagruélica y permanente de Terminal Pandemonio.

Al segundo piso, donde vivo, lo invade un olor a ajo y cebolla reventando en aceite. Me asomo por mi cocina. Al frente veo a una mujer de rizos cocinar de espaldas hacia mí. Viste un short negro pequeño y una blusa rosa. Sobre un comal de su pequeña estufa da vuelta a unas tortillitas de masa de colores fosforescentes. Azul, verde, amarillo. ¿Son de nata? Me detengo en su figura: tiene las nalgas firmes, espalda media, delgada. Su piel es apiñonada. Parece nueva inquilina. Se menea con cadencia, quizá escuchando música, absorta en el fuego y el comal. A su espalda, en su pequeña azotehuela —exactamente igual que la mía— ha tendido una toalla azul y un par de bragas blancas. La imagen me excita, quiero masturbarme. Estamos flotando. Me imagino a un gigante mirando desde fuera el movimiento al interior de todos los departamentos si no tuvieran una pared o ésta fuera de vidrio. El trajín en cada cama, sofá, salas de estar. Gran voyeur.

Foto: Especial

La señora del pan chiquito se oye más cerca. Sus alaridos son imitados por algunos escuincles que esconden sus risotadas en los arbustos de la primera planta. Bajo y le compro unas piezas. Me siento vivo, fresco, tengo hambre, casi subo corriendo las escaleras. La tarde es de un azul oscuro. La noche llega pronto. Con ella vuelven los Otros: obreros, oficinistas, estudiantes, deportistas, trajeados, maleantes, enfermeras, incluso pilotos de avión con sus pulcros uniformes y sus maletillas rodantes. Quizá sólo el diez por ciento de la población de Terminal Pandemonio —incluidos los mismos pilotos— ha subido a un avión.

Luego el silencio. Que sólo es interrumpido por la narcosis de la noche, los gritos, las peleas. Motocicletas, autos a más de sesenta kilómetros por hora en una zona de treinta presumiendo sus estrambóticos motores y equipos de sonido. Intuyo el cachondeo en andadores de parejitas risueñas y púberes. La madrugada se embarra en el asfalto, igual que nuestras pesadillas. Dios nos mira y cambia de canal.

III

Abro mi Archivo Digital del Crimen en Terminal Pandemonio (ADCTP):

Marzo de 2010: Un hombre de diecinueve años camina frente al edificio 18 cuando al menos dos sujetos lo interceptan y sin mediar palabra lo cosen a tiros. Fallece al instante. “Se desconoce el móvil del homicidio, sin embargo, la Policía capitalina lo relaciona con la venta de narcóticos”.

“A nadie le importa nada más allá que pagar el alquiler, llenar el plato, no ser detenido y pasar inadvertido ante el crimen. Como el Saturno de Goya, la metrópoli devora a sus hijos. La Unidad es nuestra casa. Podríamos estar peor.”

Diciembre de ese año, un reporte anónimo al programa de televisión “A quien corresponda”:

Se ha convertido en un infierno vivir aquí, donde abundan los robos, abuso de poder, política, drogadicción, vandalismo, corrupción, falta de agua, falta de seguridad y vigilancia, etcétera. Mientras que las banquetas, áreas verdes, pasillos y áreas de circulación se encuentran invadidas por comerciantes ambulantes dentro de la unidad, pedimos que las autoridades hagan algo ya hemos echo quejas y al delegado parece no importarle, protección civil, queremos solución por favor ya. (Sic).

15 de septiembre de 2012. Noche del Grito de la Independencia: luego de desatarse una riña en la que estaban unos seis sujetos, José Luis Tomás Cruz El Hueso, de veinte años de edad y vendedor de fruta en la calle de la Unidad, queda tirado en el piso con el abdomen perforado a puñaladas. Muere desangrado. El reporte del día siguiente en un periódico de nota roja tendrá este cabezal: “¡Destripado!”

Cinco meses después, en febrero de 2013, los gritos de una mujer en el 508 del edificio 18 alertan a los vecinos. La Secretaría de Seguridad Pública (SSP) monta un operativo. Rodean el departamento. Dentro, Raymundo Jiménez Álvarez, agente de la Policía de Investigación (PDI), tiene como rehenes a su novia y a los dos hijos de ésta: un niño de
cinco años y otro de un año con siete meses. Amenaza con matarlos. La policía habla al Agrupamiento Relámpago, que rodea el edificio y negocia con Raymundo. Dos horas después se entrega. Los agentes revisan el lugar y encuentran un paquete de cocaína envuelto en papel aluminio y cinta canela. Su valor: 280 mil pesos. La novia jura que no sabía lo que era. Raymundo lo escondió allí luego de decomisarlo en Tepito.

Mayo de 2014, reporte ciudadano en un diario de circulación nacional:

Hago un llamado urgente a las autoridades… para que implementen un operativo de seguridad… ya que desde que hace tres años han sucedido muchos actos delictivos como robos de autos, incendio de departamentos, asesinatos, etcétera. En el lugar hay muchos drogadictos y gente que se asocia para delinquir en contra de ciudadanos honestos.

No hay respuesta. Tres meses después, en agosto, Margarita Navarro Reyes, de veintiocho años, es detenida en el Estado de México por agentes antisecuestro. El 10 de junio de 2011 sedujo a un empresario. Lo citó en una plaza comercial, más tarde fueron a un bar. Finalmente le propuso continuar la noche en su departamento de la Unidad. Unos minutos después de que llegaron, sujetos armados se lo llevaron de allí. Margarita era la carnada. Al día siguiente se comunicaron con la familia para pedir el rescate. Mandaron fotos de la víctima maniatada, en ropa interior. El pago se realizó, pero un mes después el cuerpo del sujeto fue encontrado sin vida en el kilómetro 13 de la carretera Marquesa-Tenango del Valle.

Enero de 2015: Seis sujetos son detenidos en un departamento de la Unidad, con 150 envoltorios de cocaína, un arma nueve milímetros con un cargador abastecido de catorce cartuchos y una báscula gramera.

Cinco meses después, el domingo 7 de junio, día de elecciones federales “intermedias”, cuando se renovaban las quinientas curules de la Cámara de Diputados, Diego, de diecisiete años, y Christopher Álvarez Quijano, de veintinueve, charlaban en el andador del edificio 31. Cerca de las cinco de la tarde dos sujetos se acercaron a ellos, discutieron brevemente y luego le vaciaron un cargador a Christopher. Diego corrió, pero lo alcanzaron en el edificio 18, donde quedó tendido. Una crónica periodística cierra con las palabras de la madre, frente al cadáver de Diego: “Mi niñito hermoso, ¿por qué te me fuiste así?”. Esa tarde había ley seca y un silencio extraño se estacionó en todos los andadores.

Junio de 2017: Patrullas de varios sectores acuden a la Unidad,

luego de que reportaron una agresión hacia unos paramédicos que se encontraban atendiendo a un hombre con heridas de bala. Se desconoce la razón por la cual un hombre presentaba heridas de bala, pero los paramédicos estaban realizando su tarea de ayudarlo. Varios sujetos llegaron y comenzaron a agredir física y verbalmente a éstos… los agresores portaban armas de fuego, pero en ningún momento hicieron uso de ellas, después de atacar a los paramédicos los sujetos huyeron sin dejar algún rastro. No hubo ningún detenido.

Foto: Especial

Septiembre de 2017: Operadores del Centro de Comando y Control (C-2) Norte avisan a la policía del sector que una camioneta Honda CVR color gris, que había sido robada en el Estado de México, se halla estacionada en la Unidad. De ella descienden dos hombres, para subir a un auto Chevrolet Spark blanco. Son interceptados a una calle de distancia. Se les encuentran dos pistolas, una “tipo escuadra” de plástico y otra réplica de revólver. Además de las llaves de la Honda tienen las de dos autos más, también estacionados en la Unidad.

Por la ventana veo a mi vecina fumar el cigarrillo veinte del día. Es medianoche. Cierro mi Archivo Digital del Crimen en Terminal Pandemonio (ADCTP).

IV

Hay personajes que hacen de la Unidad una tragicomedia o circo de frikis con tintes dantescos, en ocasiones habitado por una generosidad inaudita.

Don Juan, del 23: Es un viejo canoso de unos 65 años. Aunque lo parece, no vive del todo solo, comparte su departamento con unos veintitrés gatos y una perrita. Es jubilado y pasa el día alimentando y cuidando a sus mascotas, además de salir a los alrededores a alimentar gatos callejeros que merodean en una estación del Metrobús en busca de comida, o bien que se guarecen en una casa deshabitada cercana. “Son animales indefensos”, me dijo alguna vez, luego de narrarme el recorrido a diario por las afueras. Su tono me dejó helado. No lo cuestioné. Cómo. Don Juan ayuda a todo aquel que vaya a verlo con un perro para ser inyectado o que requiera algunos cuidados básicos. No cobra su trabajo, su ailurofilia no contempla una recompensa monetaria. Viste con viejos trajes bien cuidados cuando su edificio está de fiesta. Buenas noches, Don Juan acá, buenas noches allá. Don Juan sonríe con sus pequeños dientes de gato.

“Una pequeña pero nutrida arboleda entre dos avenidas que surcan de norte a sur con el estrépito suficiente para anunciarle cada alborada a la ciudad que su siniestra carrera hacia la perdición reanuda su marcha.”

La Guayaba: Es una vieja extragorda de rizos y piel blanquecina que habla gritando a través de su boca chimuela. Va de un lado a otro, durante gran parte del día, con el único y firme propósito de llevar y traer chismes. Es un periódico de nota amarilla andante. La he seguido de cerca desde hace un tiempo. Se detiene en algún ventanal que funge como pequeña tienda y se apertrecha ahí más de la cuenta, contando cosas de otros edificios. Luego se le puede ver en la fila de la tortillería haciendo lo mismo. En algún puesto de fritangas. En el mercado, a unas calles. De regreso en un grupito de vecinas. Más tarde incluso en alguna taquería cercana. La Guayaba anda con dificultad debido a su sobrepeso. Normalmente viste de pants gigantescos, una blusa y algún tipo de delantal floreado. Siempre lleva una coca-cola de medio litro y chicle en la boca. Parece ser la mujer más feliz del mundo. Su figura me deprime, a veces, o me saca una risa lejana.

Quasimodo: Tiene unos treinta años, un ojo desorbitado y una cicatriz que le parte media cara en línea vertical. Aunque he estado a punto, nunca me he atrevido a preguntarle cómo es que quedó así. Me limito a comprarle periódicos el fin de semana. Quasimodo es airoso, su tono de voz es suave, como de un niño en un cuerpo adulto. Además de su deformidad visible y que una de sus piernas es más corta que la otra, no parece que sufra alguna enfermedad mental. Algunas tardes he caminado detrás de él desde la esquina donde atiende su puesto de periódicos y revistas, a unos quinientos metros, hasta el interior de la Unidad. Trato de que no note mi presencia y contemplo su andar disparejo, hipnótico. Él sigue después del 09, donde me quedo yo. Cuando está en su pequeño negocio al aire libre se la pasa abismado en la pantalla de su celular. ¿De dónde ha salido Quasimodo? ¿Tiene familia? ¿Novia? ¿Fornica?

La pequeña Annie: Es una solterona que vive con sus tres perros en el 27. Sobrepasa los cuarenta y cinco años, es flaca como una varita de espagueti y desde que la conozco está en espera de que le programen una operación de hernia, para poder volver a trabajar. Es desempleada. Pasa la vida riendo, paseando a sus perros, a los perros de otros, por lo cual cobra, y además funge como niñera de cachorros. Vive de los perros, los ama y procura. Su departamento carece de muebles, excepto por un pequeño comedor, algunas rejas de metal donde alguna vez tuvo unas ratas que salvó de un laboratorio y murieron de cáncer. Jamás he visto que la visite algún familiar, ni que ella se ausente.

Cantinflas, el conserje: Es un cuarentón que vive en unos pequeños cuartos de la entrada Poniente, arriba de la cisterna que abastece a la Unidad. Tiene un aspecto cadavérico, pero rechoncho. Es moreno, con cierto tinte rojizo en la piel. Es un hombre rudo con porte de albañil, pero al que cierto parecido con Cantinflas le da un aspecto afable. Siempre está mugroso y despeinado. Vive con sus dos hijas que son unos pequeños monstruos: descuidadas, sucias, pero juguetonas. Al parecer su esposa o la madre los abandonó o murió. Cantinflas va y viene por los andadores, hace trabajos de plomería, albañilería, pintura. Creo que nunca sale de la Unidad. Cuando el camión de la basura se estaciona en la entrada Oriente, él acude con sus dos hijas y un carrito de metal con ruedas. Separan de la basura lo que les pueda servir: juguetes en desuso, pedazos de madera, muebles vetustos. Sobras de unos, tesoro de otros. Ahí va Cantinflas otra vez empujando su armatoste, de regreso a casa con los dos sonrientes engendros y la cosecha del día.

V

Cada mañana salgo a caminar con mis dos perros al camellón frente a la salida Oriente. Una pequeña pero nutrida arboleda entre dos avenidas que surcan de norte a sur con el estrépito suficiente para anunciarle cada alborada a la ciudad que su siniestra carrera hacia
la perdición reanuda su marcha. No hay momento de mi desazón cotidiana en que mi imaginación fluya sin prisa como cuando paseo. Caminar es perder el rumbo con la visión fija.

A veces me concentro en los elementos más sórdidos a mi paso: gallinas muertas, tiradas entre los arbustos; perros recién enterrados, “ofrendas” extrañas de flores sobre la tierra; patas de gatos, putrefactas; huesos, santería, ropa, basura, cabello, condones… rituales propios de mentes retorcidas en un manicomio: nosotros. Otras me siento en una escenografía. Mientras cruzo la calle veo movimiento, parejas, niños, perros, pero cuando ya camino entre los pinos, granados y eucaliptos, todos se han ido, cediendo a mi presencia.

El camellón es un “Pet Sematary”. Como en la canción de Los Ramones, duendes viejos y señores de la guerra salen del suelo sin hacer ruido. Algunas tardes, alrededor de un pequeño arbusto que no rebasa el metro de altura, un hombre de unos cuarenta años y la que parece ser su hija, de unos quince, se yerguen ensimismados, como si rezaran en voz baja. Sobre la tierra, siempre alrededor del arbusto, colocan algunas flores de colores, semienterradas. Lo hacen cada mes. Un señor viejo que me vio observar el extraño rito me escupió su teoría de que además de perros, gatos y gallinas, sobre esta franja de tierra arbolada algunos vecinos han enterrado a fetos, producto de abortos caseros, clandestinos y negados.

“Piense en el precio —me dijo—, a mucha gente le sale más barato esto, pero no es de Dios”. No le contesté y me largué. “Pet Sematary.” La muerte huele a naturaleza podrida. No quiero ser enterrado en un cementerio de mascotas.

“Los agentes revisan el lugar y encuentran un paquete de cocaína envuelto en papel aluminio y cinta canela. Su valor: 280 mil pesos. La novia jura que no sabía lo que era. Raymundo lo escondió allí luego de decomisarlo en Tepito.”

VI

Por la noche el camellón se torna un bosque oscurísimo. El alumbrado es insuficiente y la mayoría del tiempo no sirve. El aire es frío, denso. En la dirección norte de la avenida, después de las diez de la noche, toman su esquina. Entre dos y tres travestis. Esperan en una bocacalle frente a la arboleda. Morenas entalladas en mezclilla y cuero negro que, socarronas, torean autos y lanzan su oferta. “Qué pasó papito, ¿vamos? 150 el oral, 250 penetración, chulo”. Cuando no las levanta un auto cruzan la calle y se pierden en el camellón con sus fugaces clientes. Sus bizarras siluetas habitan el frío del cementerio.

Es madrugada. Algunas sombras salen desde una combi, una jauría que reclama sangre, unas siete travestis que por un momento han perdido el porte de divas y caminan por el camellón como una pandilla. Se escurren hasta la esquina donde esperan dos más, que en un segundo están en el suelo. Sobre ellas los tacones, bolsas y garras de las otras. Parece una disputa de territorio. Truenan los golpes, las advertencias. Las atacadas se hacen concha en el pavimento. Dos minutos son suficientes para molerlas. Mientras corren de regreso, las siete magníficas sueltan risotadas y se agolpan entre ellas. El trabajo está hecho. La justicia travesti ruge con motor de combi de madrugada. Las otras dos siguen en
el suelo.

El camellón es testigo silencioso. Y yo con él, además de un taxista renuente que me ha traído a casa y mira atónito. El semáforo se pone en verde. Más adelante salgo del taxi y camino ebrio y presuroso a mi andador. Abro la puerta del refrigerador y mientras busco agua fría o una cerveza, veo al otro lado: la luz está encendida pero no se ve a la vecina caminar por ahí. Sobre el tendedero siguen sus bragas. Me acuesto, intento hacerme una paja, pero me quedo dormido. Habito un departamento en Terminal Pandemonio. Estamos flotando, locos y enfermos… La ciudad es lo mismo, pero más grande. C

Latest posts by Eduardo H. G. (see all)

Compartir