La maldición que persiguió a los captores de El Che

Los Militares y políticos que orquestaron y ejecutaron el asesinato sufrieron muertes atroces o accidentes; algunos de ellos incluso desarrollaron enfermedades psiquiátricas

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Militares retratados junto al cadáver del guerrillero, en La Higuera, Bolivia, en 1967. (Foto: Especial)

Pasó hace exactamente 50 años. El 9 de octubre de 1967 el fotógrafo boliviano Freddy Alborta estaba frente a un grupo de militares bolivianos que rodeaban el cadáver de Ernesto Che Guevara —aún con los ojos y labios entreabiertos— que fue exhibido dentro de la lavandería del hospital de Vallegrande, Bolivia, después de su ejecución en La Higuera. Minutos antes el suboficial Mario Terán había descargado su arma a quemarropa sobre el cuerpo del guerrillero.

Freddy preparó su cámara y disparó. La imagen que capturó es un símil gráfico de la obra titulada Cristo muerto, que Andrea Mantegna pintó entre 1457 y 1501. La comparación atribuyó a la muerte del Che un valor sobrenatural a la inquietante maldición que pareció pesar contra quienes ordenaron y consumaron su ejecución.

Apenas dos años después de la captura y asesinato del Che, el general René Barrientos Ortuño, ex presidente boliviano que ordenó la ejecución de Guevara, supuestamente por instrucciones de la CIA estadounidense, murió quemado en un inusual accidente de helicóptero.

“El helicóptero hizo una maniobra y el piloto buscó el paso entre dos colinas de más o menos la misma altura. En la borrachera sumamente alegre, pero obnubilante, de la chicha, no alcanzó a ver que: una mente práctica había aprovechado esas alturas para tender una amplia conexión de alambre telegráfico, ahorrándose dos postes. El helicóptero rebotó en el tenso alambre y cayó verticalmente, incendiándose de inmediato”, escribe el periodista Ted Cordova-Claure, en uno de sus reportajes sobre la muerte del Ernesto Guevara.

Quince años después, el general Alfredo Ovando —comandante en jefe de las Fuerzas Armadas durante la captura de Guevara— murió aquejado de una enfermedad, pero antes tuvo que soportar el trágico fin de su hijo Ovando Jr, quien murió al instante en que el avión —un Mustang F-51— que pilotaba se estrelló contra el lago Titicaca.

También el jefe de Estado Mayor, el general Juan José Torres —presidente entre 1970 y 1971—, encontró la muerte en Buenos Aires, se presume, a manos del grupo paramilitar Triple A, en tiempos del dictador argentino Jorge Videla.

La misteriosa maldición del Che continuó con dos asesinatos y una incapacidad de por vida; el primero, en 1968, cuando dos pistoleros asesinaron al general Joaquín Zenteno —comandante de la unidad que capturó a Guevara—, en París, Francia; tres años después Roberto Quintanilla —el jefe de inteligencia— fue abatido en su despacho del consulado en Hamburgo por la boliviana Mónica Ertl; por último el comandante de la patrulla que capturó al Che, el capitán Gary Prado, fue herido en 1981 por un disparo que aún lo tiene postrado en una silla de ruedas.

Para 1973 el mito mortal alcanzó al coronel Andrés Selich, asesinado tras ser sospechoso de conspirar contra el dictador Hugo Banzer, y a Antonio Arguedas —quien envió a Fidel Castro las manos mutiladas del Che acompañadas por sus diarios, en 1967—. En el 2000 un cuerpo se desprendió en mil pedazos después de que le estallará una bomba de alto poder, el dueño de aquella pedacería era Arguedas.

Cuentan los pobladores de La Higuera que Ernesto Che Guevara, mientras estaba prisionero en ese lugar, horas antes de ser abatido, maldijo la región. Desde entonces las muertes en la localidad que continúa en el subdesarrollo se multiplican, algunas de las cuales, según los locales, son inexplicables.