Péter Esterházy y su anti Danubio /
Un recuerdo

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Por Héctor Orestes Aguilar

Nunca podré olvidar que el tema de conversación que verdaderamente rompió el hielo, durante mi primer encuentro con Péter Esterházy en Budapest en 2003, fue el gol que su hermano le había metido a la por entonces aún temible selección brasileña de futbol durante un partido amistoso jugado a mediados de los años ochenta. Me acordaba sobre todo de la imagen
de Márton Esterházy durante el festejo de su tanto, corriendo hacia la banda con los brazos abiertos, luciendo su gran bigotazo húngaro, aventando besos a la grada enloquecida por el repaso en el marcador que le estaba dando su equipo nacional (el partido se jugaba en Hungría) al “Scratch du Oro”. Subrayo lo del marcador porque en realidad en Brasil habían lucido un par de sus grandes estrellas, sobre todo Renato Gaúcho, quien hizo jugadas alucinantes y trajo a su marcador por el piso… sin reflejar su virtuosismo en el score.

Como ante casi todos los temas de la vida real y ante las innumerables ficciones literarias por él concebidas, Péter Esterházy (1950-2016) abordó las anécdotas de aquel partido con su refinadísima ironía, con un espíritu de ligereza y una agilidad mental fuera de serie. Se ve que le tenía mucho cariño e incluso bastante envidia a Márton, quien a la postre también comenzó a escribir después de retirarse del balompié, pero me hizo reír mucho que lo evocara en sus años de estrella popular como un “asaltabancos” (así dijo en alemán), tanto por la pinta como por su destreza y rapidez. Se me figuró oírlo decir “corría como ratero”, para decirlo en buen español mexicano. Yo pensaba que era sólo por su semblante de pocos amigos rematado en su gran mostacho. Me engañaba. Ahora que vi los videos de aquel memorable 3-0 jugado el 16 de marzo de 1986 en el otrora Nepstadion, constaté que la memoria no me había fallado respecto a la escena de la celebración antes referida, pero me asombró la velocidad de Márton, corría como lince, los brasileños tuvieron que “bajarlo” más de una vez y ni así evitaron la galopada propiciatoria del segundo gol ni el arrancón culminado en un mano a mano contra Leão para su estocada final en el encuentro. También constaté que sólo en la madurez avanzada los Estérhazy realmente alcanzaron parecido fraterno: a sus treinta años, el fulminante número 11 de la selección magyar no echaba por delante el aire pizpireto de la familia.

EL HOMBRE
CON CUALIDADES

Esterházy Péter, como se diría en su lengua, era El escritor con muchas cualidades de la literatura húngara de nuestro cam-bio de siglo. Tengo para mí, no obstante, que la mayor de todas sus facultades fue la de inyectar un arrebatador acento satírico a la narrativa de su país, que hasta su consolidación como autor estaba dominada por novelistas con un registro o una retórica muy densas, en ocasiones excesivamente solemnes. (Me veo obligado a hacer un excurso porque bien vale la pena, como mero ejercicio de contraste, referirse a uno de los contemporáneos de Péter que durante mucho tiempo fue una de las figuras protagónicas de las letras húngaras; llegó a dirigir el PEN Club internacional; fue traducido a muchas lenguas, incluida por supuesto el castellano; vino a México, donde lo entrevisté para La Crónica de hoy, por cierto, para visitar la Casa Refugio Citlaltépetl; y, sobre todo, era una presencia habitual y muy representativa en Austria y Alemania, llegando a dirigir incluso la Akademie der Künste, la academia de las artes de Berlín. Hablo de György Konrád, quien de alguna forma fue durante años un disidente “autorizado” por el régimen comunista húngaro y quien en realidad era el candidato oficial de su sociedad literaria para el Nóbel que terminó llevándose Imre Kértesz.

En una de las veladas literarias más agobiantes y estrafalarias de toda mi vida, que doy gracias al cielo haber podido compartir con Javier García-Galiano —a.k.a. La Pulga—, pues él dará fe de lo que ahora cuento, asistí en 1997 a una conferencia de Konrád en la Literaturhaus de Viena. Poco faltó para que nos durmiéramos. De no haber sido porque estaban allí Ernst Jandl y Friedericke Mayröcker, extraordinaria pareja de escritores austriacos que escuchaban con muchísimo respeto y atención aquel soliloquio interminable, quizá nos hubiéramos ido sin chistar, pero esperamos hasta el final de las soporíferas dos horas y pico que Konrád nos asestó. El tipo leyó ¡cuarenta cuartillas!, La Pulga y yo fuimos contándolas. No que no hubiera momentos interesantes en su perorata, con muchos más temas políticos que literarios, pero su solemnidad tenía el efecto de un tanque de gas. Al menos sobre nosotros. De no haber sido por la agudeza y el sentido del humor de La Pulga, aquello hubiera sido un calvario letal. Fin del excurso.)

La obra de Péter Esterházy está en las antípodas de cualquier forma de pomposidad, aburrimiento o estulticia. Era un archienemigo de la retórica y de los fuegos artificiales. Hablaba poco, con pausa, sin levantar casi la voz ni perder el temple. En ningún momento de las tres o cuatro conversaciones que sostuvimos ya fuera en su restaurant favorito de Pest o en la Feria Internacional del Libro de la capital húngara registré el mínimo gesto de exaltación de su parte. Si algo tienen sus miles de páginas es el derroche de ingenio de quien construía tramas algo estrambóticas o parodias desternillantes e implacables. De todos sus libros, y aun sobre las corpulentas Harmonia Caelestis y Los verbos auxiliares del corazón, prefiero La mirada de la condesa Hahn-Hahn bajando por el Danubio (1991), gran antihomenaje a Danubio, de Claudio Magris, y magistral parodia de la nostalgia real-imperial habsbúrguica y su extrema fetichización. A veinticinco años de su aparición parece escrito ayer. Empezando por un muy bienhechor escarnio de su linaje y del desproporcionado boato con que aún se recuerda a su familia en recintos palaciegos de Austria, Esterházy compuso en estas poco más de trescientas páginas un mosaico de viñetas satíricas sobre la literatura de viaje, el ensayo incrustado en la ficción y la sobremitificación de Europa central y sus culturas literarias. A partir de la cita de una carta de Heinrich Heine a Karl Marx —donde el poeta menciona su repetido chiste sexista de que las mujeres escritoras siempre están echando un ojo a sus textos y otro ojo a los hombres, con excepción de la Condesa Ida Hahn-Hahn, tuerta—, Esterházy despliega una narración, ciertamente segmentada, sobre la experiencia del viaje, los desplazamientos mentales y físicos de quien emprende un trayecto, los hallazgos y pérdidas de los nómadas literarios y de los viajantes en general, las trampas y encantos de la nostalgia y la fatuidad de la erudición inútil, negada para hacer
de las lecturas exquisitas algo más que una maquinaria del name dropping exotizante. Al final del libro, Esterházy incluso remata con una hilarante bibliografía real-imaginaria sobre el viaje por el Danubio, en algo parecida al registro de personajes de La literatura nazi en América, de Roberto Bolaño.

LA MEMORIA, UN MONSTRUO TRAIDOR

Lo formulo de la manera más clara que viene a mi cabeza: en relación a dos procedimientos convencionales utilizados por muchos escritores centroeuropeos para la construcción de una historia, el recorrido mental hacia recovecos del pasado y el trayecto físico hacia el lugar de acontecimientos traumáticos, Esterházy no sólo era encarnizadamente irónico y escéptico, sino que sabía distanciarse sana y hábilmente de todo sentimentalismo huero o fabricado con efectismo. Para Péter la memoria era un monstruo traidor. A diferencia de Milan Kundera o de Bohumil Hrabal (a quien por cierto le dedicó un libro muy disfrutable), de Miroslav Krleža o de Danilo Kiš, y sobre todo a diferencia de compatriotas suyos como Magda Szabó y Tibor Déry, Esterházy nunca se planteó llevar a cabo un ajuste de cuentas con el pasado. Péter era muy consciente, por completo lúcido al respecto, que uno de los aspectos más delicados para la construcción
de la identidad de la nueva Hungría
donde coincidimos era la ausencia absoluta de voluntad política para llevar a cabo una especie de Pacto de la Moncloa. No había forma de instrumentar una pacificación de los agravios históricos ocurridos desde la posguerra hasta el fin del gobierno comunista en su país. Entre otras cosas, porque el proyecto neoliberal que había llevado al poder a Viktor Orbán por primera vez en 1998 tenía a la desmemoria como uno de sus ejes. Mejor dicho, a una antimemoria muy sesgada, dirigida al desmantelamiento acelerado de un sistema de valores y a la negación de cisuras en su historia oficial. En Hungría, y esto lo conversamos por lo menos en dos ocasiones Péter y quien esto escribe, nunca se ha dado luz de manera amplia sobre el colaboracionismo antisemita de varios segmentos sociales y políticos magyares antes, durante y notablemente después de la II Guerra Mundial. Al debatir sobre la muy célebre película Music Box, de Costa-Gavras, cuyo guión había escrito Joe Esterhaz, apócrifo pariente remoto suyo, y aun a sabiendas de que el filme había permitido a mucha gente conocer la existencia de los paramilitares fascistas húngaros militantes en las “cruces de flechas”, Esterházy execraba precisamente de ese tipo de reconstrucciones, a modo para el gusto y la sensiblería culpígena occidental, listas para convertirse en productos hollywoodenses, donde víctimas y victimarios se diferencian con toda certeza y las ambigüedades esenciales de la vida real quedan suspendidas. O excluidas. Y me dio un contraejemplo rotundo cuando comentamos la posibilidad, aún latente a principios de siglo, de que la novela El último encuentro de Sándor Márai fuera llevada al cine con Juliette Binoche y Sean Connery en los papeles principales. Esterházy aseguraba que no habría forma de reducir pulsiones humanas coexistentes, tan enigmáticas y contradictorias como el apego, los celos y el deseo de venganza, fibras de la que están hechas las páginas de Márai, al previsible e insulso código maniqueo del melodrama para consumo global. Por suerte, tuvo razón.

Péter por supuesto que se reconocía como integrante de una muy prolongada tradición de autores para quienes la ecúmene de la monarquía austrohúngara los había dotado de un pasado colectivo, significaba un orden de valores y de referencias vitales y estéticas comunes, que no se me malinterprete. Al respecto basta evocar su chocarrera simpatía por los cafés vieneses (que ya referí en “Una visita a las siete casas”, en mi libro El asesino de la palabra vacía), pero sobre todo su fervorosa intimidad con Desző Kosztolányi (1885-1935), el más regocijante autor húngaro moderno, quien, a su manera, con recursos que Esterházy luego hizo suyos, escribió piezas memorables sobre la Hungría de los estertores de la era habsbúrguica.

Con la muerte de Péter cobro conciencia de muchas cosas. La más importante: si de un libro y de un autor aprendí que la mejor forma de recuperar el glorioso pasado cultural danubiano de los siglos XIX y XX era leyéndolo e interpretándolo con mucho sentido del humor, sin inventarse datos, sin una devoción acrítica y con espíritu de ligereza, esos fueron La mirada de la condesa Hahn y Hahn y Péter Esterházy, el escritor con melena de león y mirada de niño, el narrador húngaro de nuestros días que, a su manera, como lo demostró en las páginas de otro libro inolvidable, Una mujer, más se acercó y más quiso a México.