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Fuente: Hora Cero

Me imagino a Karime Macías, esposa del hoy encarcelado exgobernador de Veracruz, Javier Duarte, cuando escribió en su diario, como si fuera un castigo escolar, “sí merezco abundancia, sí merezco abundancia, sí merezco abundancia…” O más bien como si a fuerza de repetirlo, de repetírselo, se llenaran sus cuentas bancarias como por arte de magia. O como si se tratara de un rezo a un dios que le debe favores. Ese “sí merezco abundancia” significa también que muchos millones de personas, sólo por hablar de México, no la merecen. Los privilegios son para unos cuantos.

Lo más lógico es suponer que sabía que su marido pertenecía a esa clase política en la que ser corrupto es una cualidad natural a su encargo como administrador de un estado, Veracruz, y que no se iba a cruzar de manos ante tal oportunidad. Supongo también que ella creía que los billetes que le aseguraban la abundancia estaban impresos con una tinta indeleble. Sabía también que pisaba sobre un terreno lleno de espinas y vidrios rotos, al tiempo que confiaba en que en México la impunidad es una norma, y más cuando el padrino al que serviste ostenta el mayor cargo del gobierno. Robar desde el poder pareciera no ser un delito: es una práctica vista con ojos ciegos por quienes imparten justicia o dictan desde arriba lo que significa la ley.

Como ha sucedido en otras ocasiones, el gobernador Javidú renunció a su cargo y con la ayuda del aparato huyó a lugares donde supuso que no sería encontrado. Por supuesto, sitios de lujo, acordes con el estatus de abundancia que merecían él y su familia. En uno de ellos, en Guatemala, fue sorprendido y aprehendido. Lo imagino ya bronceado, luego de haber pedido a la habitación langostas y botellas de champaña. No creo que sea fácil la vida de un fugitivo, a menos que se sienta totalmente seguro de que no será perseguido. Sin embargo eran tales las evidencias de sus tropelías y el reclamo de la sociedad por hacer justicia, en un sexenio caracterizado por la rapiña y la impunidad, que seguramente sus sueños debieron estar poblados de policías, rejas y chalecos antibalas.

Todos los funcionarios condenados claman su inocencia y se dicen perseguidos políticos aunque sean incapaces de comprobar la abundancia que creen merecer.

¿Como primera dama del estado y al frente del DIF, Karime tenía idea de que formaba ya parte de la banda de Javí Dudú y sus cuarenta ladrones? ¿O lo fue sabiendo conforme avanzaba el gobierno de su marido y lo veía transformarse en un sir Francis Drake del Golfo de México y acrecentar su síndrome de Hybris? ¿Se imaginaba que era parte de una versión moderna y jarocha de Bonnie Macías & Clyde Duarte? Lo cierto es que sí sabía que su salida del país no era para vacacionar, sino que estaban huyendo y que su “merecida” abundancia estaba en peligro.

La serie, muy de Netflix y que tendrá continuación, está en el capítulo en el que él espera una sentencia en el Reclusorio Norte acusado de delincuencia organizada y desvío de recursos públicos, mientras ella se pasea por una de las zonas exclusivas de Londres, a tan sólo un kilómetro de donde vive la Reina Isabel. Según su marido, en carta dirigida a Ciro Gómez Leyva, su mujer y sus hijos viven de la manera más austera posible y con serias limitaciones económicas, gracias a sus ahorros y la ayuda de familiares y amigos. Escribe también que ambos son víctimas de una cacería de brujas emprendida por el gobernador suplente, Miguel Ángel Yunes, en busca de votos para su hijo. Si fuera cierto, la jugada no le salió bien. Las cortinas de humo, de un lado y del otro, buscan ocultar una realidad que ya no nos engaña con facilidad. Todos los funcionarios condenados claman su inocencia y se dicen perseguidos políticos aunque sean incapaces de comprobar la abundancia que creen merecer.

Este pasado dos de julio despertamos como el mismo México de siempre pero con una expectativa de cambio radical: la principal promesa del presidente electo es acabar con la corrupción y la impunidad. Y si no: se lo demandaremos.

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