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El joven Alfonso Reyes. Foto: Especial

A José Emilio Pacheco, a tres años
de que te mudaras de ciudad

 

I. POBREZA Y LIBERTAD

veces se nos olvida que Alfonso Reyes (Monterrey, Nuevo León, 1889-Ciudad de México, 1959) no nació siendo el maestro, el erudito, el polígrafo, ¡vamos, no era siquiera don Alfonso! En ocasiones, revisamos su biografía y creemos que su vida y obra se dieron como los frutos frescos, por obra y arte de la naturaleza. En ese sentido, algunas notas, algunos análisis y aproximaciones a su figura adolecen de una interpretación casi arqueológica, como si se tratara de un monumento vetusto exhumado de las ruinas de las letras mexicanas. No dudo que suceda lo mismo con figuras como las del lingüista Wilhelm von Humboldt, el naturalista Wolfgang von Goethe o el viajero y comerciante Michel de Montaigne. En tales casos, podemos decir que debieron pasar muchas cosas antes de
que estos escritores encontraran el sosiego del gabinete.

Alfonso Reyes hizo de su vida un constante enfrentamiento con la tempestad, un tránsito incesante, un desplazamiento sin fin. Un apunte en su Diario 1911-1927 nos muestra el estilo ya puntual de sus veintidós años:

Escribo un signo funesto. Tumulto político en la ciudad. Van llegando a casa automóviles con los vidrios rotos, gente lesionada. Alguien abre de tiempo en tiempo la puerta de mi cuarto, y me comunica las últimas noticias alarmantes que da el teléfono. Por las escaleras, oigo el temeroso correr de la familia y los criados. Pienso con fatiga en mi madre enferma y en mi hermana viuda, Amalia, y hago ejercicios de serenidad, esforzándome para que los rasgos de mi pluma sean del todo regulares. Bettina, pensando en Goethe, solía recordar la sentencia de David: “Cada hombre debe ser el rey de sí mismo”. Atmósfera impropicia (¿o propicia?) a mis ejercicios espirituales. ¡Y estos días estaba yo tan enamorado de los análisis minuciosos y lentos! Goethe —lleno estoy de su recuerdo estos días, seguro que la observación amorosa de las particularidades de cada objeto y los matices de cada idea es el principal secreto de su poesía.1

El joven Alfonso Reyes. Foto: Especial

Sin duda, el joven Alfonso, que exponía sus ideas frente al público de la Sociedad de Conferencias, después llamada Ateneo de la Juventud, estaba en un proceso que lo llevaría a un lugar desconocido como escritor, como estudioso y como ser humano. En carta a Pedro Henríquez Ureña, desde Monterrey, relata que avanza en sus lecturas en inglés con cada vez menos necesidad de consultar el diccionario; éste le da consejos para tener una biblioteca fácil de transportar y con libros esenciales, le sugiere que lea novelas pero que no las conserve. Asimismo, Henríquez Ureña le llama la atención dos veces, al declinar erróneamente marginalia2 y al mostrarse demasiado aquejado por problemas sentimentales que lo distraen del estudio y el trabajo. Por su parte, el maestro dominicano le sugiere que alcance a Max, hermano suyo, en Estados Unidos, un proyecto que habían fraguado en conjunto. Semanas después, Reyes contesta en tono confesional que su padre, el general Bernardo Reyes, uno de los hombres más importantes del Porfiriato, ha perdido sus ahorros debido a un inversionista estadunidense, por lo cual, el solo hecho de recordarle su promesa anterior le resulta inconcebible:

Lo he oído quejarse [al general Reyes] de que está atrasado económicamente, por la quiebra de un capitalista que tenía sus fondos, y tan preocupado lo veo que ya seriamente pienso en pedirle (como cosa mía, pues de otro modo no aceptaría mi proposición) que no me mande a New York.3

Con estas líneas, el joven ateneísta descubre la razón por la cual, con el surgimiento de la Revolución Mexicana —y con ésta, su exilio—, el hijo de un militar relevante del régimen, que fuera gobernador de su estado y secretario de Guerra y Marina, quedara en la calle.

En su momento José Emilio Pacheco se lo cuestionó: ¿qué hubiera pasado si Reyes se vincula al mundo académico de Estados Unidos, al cual Max Henríquez Ureña lo introduciría? ¿Cuáles serían las repercusiones si Reyes hubiera escrito en inglés una buena parte de su obra? ¿Qué hubiera pasado si su padre no pierde todo su caudal por la desafortunada o dudosa asesoría del inversionista de marras? El azar en la vida de Reyes repartió sus naipes y a él no le quedó más que hacer la jugada debida.

La guerra mundial lleva a la familia Reyes, con todo y nana bretona, a Madrid, España, donde vive penurias que prueban el temple y el carácter de quien fuera alimentado con cucharita de plata. Compra un saco de papas que la humedad del sótano junto con el calor de una hornilla hacen germinar.4  Para resistir el frío madrileño, Alfonso se hace un chaleco de periódico. Cuando piensa abandonar la escritura con tal de mantener a su familia, la mítica pluma Waterman —antiguo lujo de
juventud, hoy herramienta de trabajo— le da tres golpecitos en el corazón: No olvides que eres escritor.

Me dispuse a buscar fortuna, sin duda esperando que algún pájaro del señor me trajera la media torta como a san Antonio. Crucé el tercer patio, el segundo patio, el primer patio… y al pasar frente al cuarto de los porteros, éstos me entregaron una tarjeta:

—Vino este señor a buscarlo. Que vaya usted a verlo, que lo necesita. Vive en Lista, a la vuelta.

La tarjeta era de don Luis Ruiz Contreras [Castellón de Ampurias, España 1863-Madrid 1953]. Fui a verlo.

—Estoy algo cansado —me dijo—. Durante la cena de la otra noche lo estuve observando a usted. Se me ofrece traducir la Historia de la guerra europea. Alguien que me desbroce el camino. Después, entro yo en acción y lo voy reduciendo todo a mi estilo personal. Le pago tanto por cuaderno. Viene el invierno y usted necesita calentarse: aquí está el pago adelantado.5

Después entra a trabajar con el francés Raymond Foulché-Delbosc (Toulouse, Francia 1864-París 1929), quien lo convierte en la mano de obra de las investigaciones sobre Luis de Góngora y Argote. Reyes se nutre metodológicamente de esta experiencia, hace el arduo trabajo de la investigación pero, como le sucedió con el crítico teatral Luis Ruiz Contreras, es otro el que se lleva el crédito. El regiomontano Reyes se vuelve un obrero del trabajo que lucen los europeos; algunos más jóvenes repiten el ardid, como Juan Luis Alborg, que sólo parafrasea su “Silueta de Lope de Vega” en el capítulo “V. Lope de Vega. Su vida. Obra no dramática”, en Historia de la literatura española. II. Barroco. De igual manera, Reyes ayuda a reconstruir la relación México-España desde el café, desde el corrillo, pero también desde su presencia generacional. Como señala José Emilio Pacheco, Reyes es parte de los escritores ubicados como la Generación del 1914, que podría ser una “segunda promoción” de la del 98. Y aunque su condición de extranjero no le permite participar en actos políticos, sí es una de las mentes que más aporta, como lo muestra en sus estudios sobre Luis de Góngora. Según Pacheco:

Al ser admitido por Ramón Menéndez Pidal en el Centro de Estudios Históricos, donde trabaja al lado de sabios como Américo Castro, Federico de Onís y Tomás Navarro Tomás, Reyes participa en la ordenación de nuestro clasicismo español.6

“Para Reyes, la escritura de ficciones tenía la misma valía que la ensayística, debido a las necesidades expresivas y creativas que ambas labores convocan”.

Reyes participa de la vida cultural y colabora en medios de España y de Cuba. Esto lo hace fraguar una frase monumental para definir su oficio: “Soy un lector de libros que escribe para lectores de periódicos”. Para entonces, México se encuentra inmerso en la guerra intestina entre revolucionarios, constitucionalistas y el Chacal Huerta. El regreso es imposible para Reyes, sin embargo, es un pensador ecuánime, su trabajo como investigador de guantes y tapaboca, de manos teñidas por la Waterman, de pruebas de imprenta y máquinas de escribir, lo muestra como un filólogo en ciernes. La empatía que provoca, la capacidad de adaptación a cualquier trabajo y la hondura de sus reflexiones lo consagran como un pensador de la tempestad. Si quería ser el soberano de sí mismo, lo tenía que demostrar mientras su alrededor se transformaba frenéticamente. Desde luego, pienso en la muerte de su padre, al cual dedicaría un soneto excepcional, “Oración del 9 de febrero”, donde no sólo rehúye del sentimentalismo sino que logra hacer un homenaje a la figura paterna desde una perspectiva casi primigenia, la del surtidor de luz:

¿En qué rincón del tiempo nos

[aguardas,

desde qué pliegue de la luz nos

[miras?

¿Adónde estás, varón de siete

[llagas,

sangre manando en la mitad del

[día?

A fin de dimensionar y justipreciar la vida intempestiva de Alfonso Reyes, yo la contrastaría con la del logócrata, aquella idea de George Steiner sobre el pensador, estudioso o ideólogo que prefiere la estructura de los estados conservadores, la ley y el orden que acallen el rumor de las muchedumbres para llevar a cabo su pontificado entre el logos y los hombres. El logócrata es el último en posar su mirada sobre la sociedad, observa el cielo o el pasado para recibir el mensaje intangible: “una concepción ‘logocrática’ del lenguaje exige necesariamente un orden cultural elitista, incluso sacerdotal o mandarinesco”.7  Y peor aún:

Como es “pura”, la “logocracia” heideggeriana va todavía más lejos. El “humanismo”, en el sentido cartesiano o liberal, falsea completamente el lugar auténtico del hombre en la totalidad del ser. No está en el centro de esta totalidad. No es el iniciador ni el poseedor del lenguaje y del sentido. Cuando “el lenguaje se habla en él y a través de él” es cuando el hombre está más cerca del ser verdadero. Este “contra-humanismo” o, en ciertos momentos de su vida y de su pensamiento, este “in-humanismo”, hace de Heidegger [y de varios logócratas] un autoritario en el sentido más profundo de la palabra.8

La figura de Reyes se sitúa en las antípodas de esta figura logocrática, específicamente porque siempre ostentó su devoción por el estudio, la reflexión, el diálogo y la comprensión de las ideas. Como dice en “La casa del grillo”:

Al revés del caro Disraeli, tengo la debilidad de dar explicaciones de cuanto hago; y a veces a gente que no debiera. Esto viene, por una parte, de mi afición a conversar y de mis bellas experiencias de los veinte años… y por otra parte, viene de la intelectualización excesiva, segundo, de explicar bien lo que he entendido, de explicarme por medio de la palabra.9

Esta etapa de la vida de Reyes es descrita por su nieta Alicia Reyes como un tiempo de “pobreza y libertad”.10  Es muy atinada la descripción porque el veinteañero ha pasado numerosas penurias, pero también ha entregado a la imprenta libros interesantes y de una precocidad asombrosa, como Cuestiones estéticas (1911) y Visión de Anáhuac (1917); asimismo aparece Cartones de Madrid (1917), El suicida (1917) y, finalmente, El plano oblicuo (1920). Alicia acierta al mostrar que la vida de Reyes cambia al ser reincorporado al servicio diplomático en junio de 1920 —tomemos en cuenta que es hasta octubre que aparece El plano oblicuo. Por su parte, José Luis
Martínez apostilla y engloba toda la etapa española de una manera pertinente:

La década que va de 1914 a 1924, o de sus veinticinco a sus treinta y cinco años, será la de su mejor periodo de creación y en la que se convertirá al mismo tiempo en gran escritor y en maestro de la investigación literaria.11

II. EL PLANO OBLICUO, UN PIE DE CRÍA

Dentro de la obra alfonsina, El plano oblicuo corresponde a esta etapa de penurias y se hermana en la tesitura de El suicida, El cazador y varias ficciones que se reunieron en el tomo XXIII de sus Obras completas. Pero también con el tomo XXI, especialmente con “La caída” de Ancorajes y Los siete sobre Deva. A diferencia de nuestro centenario José Luis Martínez (1918-2007), quien pensaba que para Reyes las ficciones eran “una curiosidad un poco lateral, una manera de escape o descanso dominical a los que volvía de tiempo en tiempo”,12 considero que para Reyes la escritura de ficciones tenía la misma valía que la ensayística, debido a las necesidades expresivas y creativas que ambas labores convocan y requieren.

Me explico. Siguiendo con la idea planteada en el inicio de este escrito, El plano oblicuo funge como una de las primeras aproximaciones a diferentes géneros que va a practicar Reyes, ya que logra fincar algunas de las piezas clave de lo que desarrollará a lo largo de su trayecto artístico y creativo. El plano oblicuo funge como una suerte de pie de cría de la obra narrativa, ensayística, siendo más precisos: narrativa-ensayística, pero también dramática. Las once piezas que componen el tomo fincan los reales de la obra de ficción, de la misma manera en que Cuestiones estéticas anuncia los temas centrales de las disquisiciones futuras, Goethe, Mallarmé, los autores españoles de los siglos de Oro y, muy especialmente, la tragedia ática y la cultura helénica en general.

En su brillante colaboración de “Inventario”, José Emilio Pacheco describe de una manera puntual el libro que aquí nos interesa y su “conexión argentina”:

Reyes publica en 1920 su libro de cuentos El plano oblicuo. En él veo dos conexiones posibles y apasionantes: hacia el pasado, Reyes se aproxima a las “novelas” de Unamuno y Azorín al escribir una prosa narrativa que ya no es la del realismo naturalista. Hacia el porvenir, los cuentos de El plano oblicuo —excepto el primero: “La cena”— son relatos-ensayo que, sin alcanzar su maestría, se acercan a los que Borges hará a partir de 1939. Es decir, diez años más tarde de que su amistad en Buenos Aires con Reyes y Henríquez Ureña lo lleve a explorar las nuevas posibilidades de la ficción y a simplificar y refinar la prosa de sus años juveniles.13

Me llama la atención lo dicho por Pacheco y atrae aún más mi interés el aserto siguiente, en el cual señala que los elogios a la prosa de Reyes por parte de Borges se suscitaron por la lectura de esta obra, lo cual no está nada desencaminado. Lo imaginativo y novedoso son tangibles en textos como “En la república del Soconusco” y “Los restos del incendio”, de manera que podemos atribuir una influencia alfonsina en el autor de Ficciones. Sin embargo, habría que incluir en las influencias “hacia el pasado” a otros autores, pues como han señalado estudiosos de la obra alfonsina —pienso en Adolfo Castañón14 y Marcos
Daniel Aguilar—,15 la presencia de Rodó dejó una huella indeleble en su estilo y sus ideas. La libertad y agilidad de reflexión que legó el autor de Ariel a Reyes y gran parte de la generación ateneísta es ya indiscutible.

Aunado a lo anterior, me interesa señalar que en El plano oblicuo asoma la influencia de otra voz igualmente portentosa y de una afinidad con Reyes fácil de detectar: me refiero específicamente al caso de Rubén Darío (Metapa, ahora Ciudad Darío, Nicaragua 1867-León, 1916). El libro alfonsino muestra un aire de familia con Azul… (1888-1890),16 publicado hace ciento treinta años. A la primera parte de Azul…, “Cuentos en prosa”, que muestra un tipo de texto abierto en su anécdota, carente de remate o cierre dramático —indispensable en el cuento— y que da oportunidad de mostrar la prosa de altos vuelos, la ubicaríamos como un libro de relatos. Pienso en líneas de Darío en las que la imaginación pero también la eufonía están presentes:

En el castillo que últimamente acaba de adquirir Lesbia, esta actriz caprichosa y endiablada que tanto ha dado que decir al mundo por sus extravagancias, nos hallábamos a la mesa hasta seis amigos. Presidía nuestra Aspasia, quien a la sazón se entretenía en chupar, como una niña golosa, un terrón de azúcar húmedo, blanco entre las yemas sonrosadas. Era la hora del chartreuse. Se veía en los cristales de la mesa como una disolución de piedras preciosas, y la luz de los candelabros se descomponía en las copas medio vacías, donde quedaba algo de la púrpura del borgoña, del oro hirviente del champaña, de las líquidas esmeraldas de la menta.17

Y en Reyes, de igual manera, hay esta filigrana:

Mis canciones (yo lo sentía) atravesaban la gasa de llamas que flotaba sobre la dulcera: el margen azul, casi invisible, la sombra cálida del fuego. Y, evaporadas después en una nube de chisporroteos, inundaban el espacio del vasto y penumbroso corredor. Penumbroso, porque así era mi capricho. Pero el señor Clavijero (oh, demasiado joven: inservible aún), el señor Clavijero, que creía que no es tolerable tener caprichos, no podía disimular su asombro. Su estúpida expectación iba de la lámpara apagada que colgaba sobre la mesa —y que, según él, debería arder— a la vergonzante y semioculta que no ardía, sino soñaba, en el ángulo del salón, y que, según él, debería estar apagada. Aquella noche, para colmo, como sucede siempre en París, la luz eléctrica padecía una titilación exquisita y subterránea.18

De hecho, hay ingredientes que saltan a la vista al lector atento: en “La ninfa” de Darío todo comienza en una merienda mundana a la hora del chartreuse, y en “La cena”, de Reyes, las dos anfitrionas y el joven nervioso comparten el Chablis. De igual manera, el terrón de azúcar aparece en el cuento de marras lo mismo que en uno de los de Reyes. Por su parte, ambos libros muestran la prosa poética que he mencionado y también dan lugar a una suerte de reflexión: ensayan y narran, como ya lo señaló Pacheco. Evidentemente, están emparentados en línea directa con Les Chants de Maldoror (1868), de Lautréamont, Le Spleen de Paris. Petits poèmes en prose (1867), de Charles Baudelaire, y con Gaspard de la nuit (1836), de Aloysius Bertrand, donde la inquietud es acezante y la prosa busca la tensión lingüística del verso. Aunque despojados de la crueldad por parte del narrador, Azul… y El plano oblicuo han cambiado la dirección de la angustia, alojándola en la voz narrativa. De cierta manera, el poema y el relato se nutren de los ambientes. Buscan experimentar y explorar las facilidades que les ofrece la prosa.

Uno de los aspectos más interesantes de El plano oblicuo es la aparición del diálogo como recurso narrativo, en “Lucha de patronos. (En los Campos Elíseos)”, el cual enfrenta a Eneas contra Odiseo para mostrar —con la absoluta erudición de Reyes— quién es el legítimo padre fundador de Roma. Rodeados de sombras, estos dos héroes polemizan sobre los honores que han adjudicado a sus mitos:

Eneas.– ¡Oh, vosotros, los que escucháis! No hagáis caso de sus palabras: ya sé adónde va. Acordaos de mis fatigas. Mirad las cicatrices de mi cuerpo y la curvatura de mi dorso cansado. Si yo no me sé explicar, ¿qué tiene de extraño? ¿Acaso los dioses me dan explicaciones a mí? ¡Yo qué sé lo que de mí han hecho los dioses!19

Por su parte, Odiseo cuestiona a Eneas que haya perdido el Paladión, la figura tallada de Palas Atenea en madera.Recurriendo a su conocimiento del mito según Apolodoro, Reyes induce un ingrediente interesantísimo para cuestionar la valía del legado de Eneas:

Odiseo.– No te devanes más el seso, hijo predilecto de los azares. Yo voy a aclararte tu historia, que no tiene nada de sobrenatural, a pesar de lo que tú pretendes. Escucha, y escúchenme estas sombras. Cuando tú escapabas de Roma, llevabas a tu padre a cuestas, y de la mano a tu hijo. Aunque los poetas no lo digan, se entiende que tu esposa Creusa, que corría tras de ti, era la encargada del Paladión: tú ya no tenías cómo llevarlo. Pero Creusa no corría tan de prisa como vosotros. Y tú y tu hijo os deteníais de tiempo en tiempo para que os diera alcance. En tanto el incendio cundía. Todos sabemos el desdichado fin de la historia: Creusa se quedaba atrás, se quedaba atrás…, os perdió el rastro. Y cuando volviste a buscarla, ya había desaparecido para siempre, y en vano tu voz llorosa resonaba por las calles en ruinas repitiendo el nombre querido: sólo te respondía un fantasma.20   

Podemos pensar en el impacto que debe haber causado esta personificación de los héroes míticos en el joven Jorge Luis Borges, a quien le habrá abierto posibilidades interesantes que materializaría en cuentos como “El inmortal”, de Ficciones, o en posibilidades imaginativas como “El otro”, de El libro de arena.

“Azul… y El plano oblicuo han cambiado la dirección de la angustia, alojándola en la voz narrativa. De cierta manera, el poema y el relato se nutren de los ambientes.

Asimismo, este diálogo inaugura la posibilidad de hacer una narración multifónica, como Los siete sobre Deva, o dramática como Ifigenia cruel. Es posible sugerir que El plano oblicuo fue un bosquejo de murales de mayor magnitud y calado.

Y no olvidemos uno de los textos fundamentales de finales del siglo XIX como una presencia tangible en Reyes: “La decadencia de la mentira”, de Oscar Wilde, el cual sienta un precedente respecto a la forma de hacer un ensayo o, como decía Paul Valéry, una forma de “ignorar en voz alta”, por medio de la discusión entre dos personajes, Cyril y Vivian, en la biblioteca de una casa en el condado de Nottingham.

El diálogo ensayístico también dio sus frutos en la obra de José Emilio Pacheco —un alfonsino avant la lettre. Si Reyes puso a discutir a Odiseo y a Eneas, Pacheco creó una polémica entre Vasconcelos y el propio Reyes en su magistral “Diálogo de los muertos:
Alfonso Reyes y José Vasconcelos”.21 Los sitúa en la “Y en Tacubaya”, “la esquina de lo que fueron calzada de Tacubaya y Juanacatlán” y los enfrenta en una esgrima verbal de grandes vuelos. Reyes reprocha sus última inclinaciones políticas a José, y éste le revira: “Tú no te arriesgaste”. Reyes le pregunta qué hubiera pasado si el
PNR (ahora PRI) no le hubiera robado las elecciones:

Y si no te las hubieran robado ¿sabes cuál hubiese sido tu destino? A los tres meses los generales, los empresarios y el embajador norteamericano te hubieran echado a patadas. […] —Y agrega Reyes—: Me arriesgué a ser nada más escritor, a darle a mi país lo único y lo mejor que podía darle.

Ya en la Capilla Alfonsina, Vasconcelos exclama: “Un museo. Qué espanto”, a lo cual don Alfonso responde con donaire envidiable: “Pepe, estás a punto de alcanzar tu centenario (te quitabas la edad, como tu coterráneo don Porfirio). Los desplantes juveniles ya no quedan. ¿Por qué no te sientas?”. Y como gran conocedor del Vasconcelos nietzscheano, Pacheco retrata al oaxaqueño: “El mundo es de los fuertes y de los crueles”, y Reyes muestra mano de hierro en guante de seda: “Pienso siempre en lo que dijo T. W. Adorno: ‘Del mundo, tal como existe, uno nunca estará lo suficientemente asustado’”.



Notas

* Una versión extensa de este ensayo aparece en el tomo II de El plano oblicuo (UANLFCE, México, 2018).

1 Alfonso Reyes, “I. [1911-1914] Días aciagos. México, [domingo] 3 de septiembre 1911”, en Diario 1911-1927, edición crítica, intro, notas, fichas e índice Alfonso Rangel Guerra, FCE-Academia Mexicana de la Lengua-El Colegio de México-CNCA INBA-UAM-UANL-UNAM, México, 2010, p. 3. La descripción de esos días es emblemática de la sensibilidad y del estilo de Reyes.

2 Alfonso Reyes/Pedro Henríquez Ureña, Correspondencia 1907-1914, edición de José Luis Martínez, FCE, México, 2004, p. 62.

3 Alfonso Reyes/Pedro Henríquez Ureña, op. cit., p. 66.

4 Alicia Reyes, Genio y figura de Alfonso Reyes, FCE, México, 2000, p. 73.

5 Alicia Reyes, op. cit., p. 67-68.

6 José Emilio Pacheco, “Alfonso Reyes en Madrid (1914-1924)”, en Inventario. Antología, tomo II, 1984-1992, selección de Héctor Manjarrez, Eduardo Antonio Parra, José Ramón Ruisánchez y Paloma Villegas, ERA, Colegio Nacional, UAS, Dirección de Literatura, Coordinación de Difusión Cultural de la UNAM, México, 2017, pp. 522-527.

7 George Steiner: “Los ‘logócratas’: De Maistre, Heidegger y Boutang”, en Los logócratas, María Condor, FCE-Siruela, México, 2010.

8 Ibid., p. 30.

9 Tomo la cita del centenario de José Luis Martínez, “Las ficciones de Alfonso Reyes”, en Voces para un retrato. Ensayos sobre Alfonso Reyes, compilación de Víctor Díaz Arciniega, FCE-UAM, México, 1990, pp. 153-169. Este texto también funge como el prólogo al tomo XXIII de las Obras completas alfonsinas.

10 Alicia Reyes, op. cit., p. 69.

11 En José Emilio Pacheco, op. cit., p. 523.

12 Víctor Díaz Arciniega, op. cit., p. 153.

13 José Emilio Pacheco, op. cit., pp. 526-527.

14 Adolfo Castañón, “Rodó, Reyes y Henríquez Ureña, una ciudadanía intelectual”, en El Cultural, número 130, suplemento del periódico La Razón, 06/01/2018.

15 Marcos Daniel Aguilar, La terquedad de la esperanza. Cuatro cuadros circundantes a un libro revolucionario, UANL, Nuevo León, 2015.

16 Rubén Darío, Azul… en Poesía. Obras Completas I, Julio Ortega (editor), con la colaboración de Nicanor Vélez. Introducción general y notas de Julio Ortega, prólogo de José Emilio Pacheco, Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, Barcelona, 2006.

17 Rubén Darío, “La ninfa. Cuento parisiense”, op. cit., p. 72.

18 Alfonso Reyes, “De cómo Chamisso dialogó con un aparador holandés”, en El plano oblicuo, Obras completas, tomo III, p. 19.

19 Alfonso Reyes, ibidem, p. 62.

20 Alfonso Reyes, ibidem, p. 65.

21 José Emilio Pacheco, “Diálogo de los muertos: Alfonso Reyes y José Vasconcelos”, “Inventario”, 22 de diciembre de 1979. En la versión de Proceso que está en la red hay muchos errores de puntuación, corregidos en la versión de la página Cátedra Alfonso Reyes en Cuernavaca (http://bit.ly/2FxZl1Y), última consulta: 31 de enero de 2018. Llama la atención que la antología de los “Inventarios” no incluya este texto emblemático y se limite a recabar el “Diálogo de muertos: Ramón López Velarde y Amado Nervo”.

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