Sólo era cuestión de tiempo que se presentara alguna evolución o se generara una mutación que le permitiera a los organismos sobrevivir ante el cambio de su ecosistema, aunque, para ser del todo claros, quizá hubiera tardado mucho más, si no nos hubiéramos puesto a jugar a la divinidad.

Estábamos felices, después de llenar el mar de desechos plásticos, habíamos modificado la bacteria  Lysinibacilus sphaericus para que no sólo se comiera el petróleo sino sus derivados y si bien, el grupo de bacterias oceanospirillales, marinobacter, alcanivorax, se ocupaban naturalmente de ciertas moléculas y terminaban limpiando los derrames, no, nosotros queríamos velocidad, en lugar de atacar la raíz del problema, decidimos podar las ramas y darles formas “lindas”. No aceptamos que si evitábamos la contaminación, el planeta se ajustaría y corregiría, no, nosotros queríamos ver en nuestro minúsculo lapso de existencia como solucionarlo.

La bacteria reaccionó excepcionalmente bien, no tuvimos que hacer mucho, el plástico era derivado del petróleo así que era como salpimentar su menú. La vida es maravillosa, se adapta y modifica en tiempos de vacas flacas pero, cuando hay vacas gordas, se reproduce exponencialmente en una eufórica sobrepoblación. Modificamos un organismo para que pudiera alimentarse de miles de toneladas de un alimento que ningún otro le disputaría. Lo soltamos y nos olvidamos, mientras nos dábamos palmaditas en la espalda por rescatar al mundo de lo que nosotros provocamos.

Ilustración: Norberto Carrasco

Todo fue sonrisas mientras el enorme continente plástico se reducía a ojos vistas, la bacteria era un éxito, lo que tardaría centurias en desaparecer, ahora lo hacía en semanas, la prensa hacía eco de las buenas noticias, logramos callar esa vocecilla en nuestra consciencia que nos recriminaba ensuciar nuestros mares, que nos hacía sentir culpables al beber con pedazos plásticos y que nos escocía el saber que en la visita a la playa, nuestros desechables eran la ofrenda depositada en ella. Ya no teníamos culpa, el problema había sido resuelto y sin culpa, no era necesaria la contención. Además de las ingentes cantidades de comida para las bacterias, seguíamos siendo una fuente inagotable de la misma, plásticos por todos los rincones de nuestro mar, desde diferentes costas, en todo momento, en cualquier clima, de día, de noche pero llegó un punto en que los 7,000 millones de humanos no éramos nada en comparación de los 600,000 trillones de bacterias que crecerían al doble al día siguiente, que consumieron hasta el último desecho, que cubrieron como un manto las olas, que impidieron la luz solar, que sin alimento, se adaptaron y buscaron otro y devoraron todo a su alcance hasta convertir nuestra cuna de vida, en muerte líquida, una mar que no sustentaba más que un organismo, un devorador insaciable, que, siendo además un insecticida natural, volaba con la brisa acabando con los insectos de la costa, que se adaptó al agua dulce y subió por ríos, matando todo a su paso, usamos cloro, ácidos, antibióticos pero, lo que hubiera sido suficiente antes, con nuestra modificación, hicimos que su adaptabilidad se incrementara y lo que funcionaba una vez, dejaba de hacerlo en la siguiente generación, al día siguiente.

En tan solo seis meses, la mitad de nuestros continentes eran zonas muertas, la hambruna, el calor y la falta de agua nos llevaron inexorablemente a la extinción, quizá hubiéramos podido evolucionar o adaptarnos pero jugar a ser Dios nos resultó bastante bien, creamos a nuestro sucesor en la pirámide, a nuestro némesis y también fuimos expulsados del paraíso. Ahora no tenemos ni ganas, ni fuerzas, ni las herramientas para subsistir, no importa que hagamos, las colonias bacterianas se adaptan, se comunican entre ellas, se propagan, por lejos que estemos de la costa, necesitamos agua y nuestro manto freático está contaminado así que dedicamos lo poco que nos queda en tecnología a su purificación y esterilización, el fuego aún sirve pero, la madera es ahora un bien escaso, no hay gas y casi todo, tenía alguna pieza plástica y eso, es ahora un recuerdo.

Quisiera poder decirles que tenemos alguna salida, que hay esperanza pero somos la consecuencia de nuestros actos, nosotros contaminamos hasta hacerlo insostenible, nosotros buscamos la rápida solución y tal vez, la encontramos, quizá el verdadero problema éramos nosotros y la solución definitiva es nuestra extinción junto con todo lo que conocemos y si todo sigue igual, las bacterias seguirán evolucionando, se dividirán, se especializarán, tal vez exista una nueva generación de especies, una más resistente, quizá la inteligencia aparezca otra vez en este pedazo de cosmos y si así fuera, ruego que no cometan el terrible error de creerse por encima de la perfección.

Veo las colonias bacterianas a la distancia, crean unos cristales que en su reflejo dan un tono azulado, si no supiera que son, sería un bello espectáculo y cada día que pasa, el planeta se cubre hasta que el antes verde azulado, se vea desde las estrellas completamente azul y seguirá teniendo vida solo que no… La nuestra.

 

 

 

 

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