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Simon Reynolds.
Simon Reynolds. Foto: Especial

De alguna manera, ningún periodista musical puede escapar a la influencia de Simon Reynolds, que hilvana melomanía, memorias y abstracciones propias del ejercicio filosófico. Es probablemente el crítico musical en activo más importante de estos tiempos atascados de likes, apps o canales de YouTube. Desde que su firma comenzó a desatar debates en las primeras publicaciones de la legendaria (y hoy extinta) revista Melody Maker, allá en 1986, Reynolds evidenció que la música pop era más que un pasatiempo radiofónico.

Era cuestión de tiempo para que las revistas y los periódicos le quedaran chicos. Su pasión por las reseñas se volvió una fuente sociológica inagotable y por eso empezó su carrera bibliográfica. Algunos de sus libros son Postpunk: Romper todo y empezar de nuevo; Retromanía; Después del rock: Psicodelia, postpunk, electrónica y otras revoluciones inconclusas; y el más reciente, Como un golpe de rayo, tal vez la primera biografía autorizada de ese fascinante y sexualmente ambiguo movimiento llamado glam rock. Todos editados por Caja Negra.

Es a propósito de su nuevo libro que hablamos en exclusiva con Reynolds, sobre la importancia del glam en la historia del rock, el rigor del periodismo musical y el reguetón en tiempos de linchamiento digital.

Déjame empezar con una blasfemia: del quizá forzado binomio Bowie/ Ferry, yo me quedo con Ferry desde siempre; aun cuando soy gay, la masculinidad y misoginia con la que describes a Ferry en tu libro Como un golpe de rayo terminó de confirmar mi extremo fanatismo por Ferry, incluso por encima de Bowie. ¿Estoy condenado al infierno?

No te preocupes, está bien, y es bastante normal preferir a un artista que a otro: encuentro, tanto a Bowie como a Ferry, igual de fascinantes; como fascinantes encuentro las cosas que no me gustan de ambos, que desapruebo o me resultan cuestionables: por ejemplo, sus coqueteos con el fascismo son algo que no debe tomarse a la ligera. En el caso de Ferry, estos llegaron a ser puramente decorativos, y provienen de su vena estética, que si bien lo hacen verse como imbécil para las superficies que desconocen sus verdaderos motivos ideológicos, no pasa de ser una broma de mal gusto. Pero en el caso de Bowie parecía haber una veta genuinamente autoritaria, una creencia en el superhéroe y la idea de una élite de superhombres (el homo superior). Luego hizo todas esas declaraciones en 1975-76 sobre la necesidad de un líder fuerte y cómo creía que sería Hitler si hubiera sido “jodidamente bueno”. Y aunque más tarde trató de culpar a la cocaína, se podían ver indicios de complacencia fascista, mucho antes de que inhalara cualquier polvo blanco por las fosas nasales. Su lectura de Nietzsche tiene algo que ver con eso, pero también está el típico desdén de un adolescente talentoso ante la masa de ovejas de la humanidad.

 

“Es a propósito de su nuevo libro que hablamos en exclusiva con Reynolds, sobre la importancia del glam en la historia del rock, el rigor del periodismo musical y el reguetón en tiempos de linchamiento digital.”

 

En tu libro mencionas que el cambio de imagen de Bryan Ferry, en su álbum de covers These Foolish Things, sería su definición final y su prisión (cosa que me encanta). En contraste, Bowie hizo del cambio constante un sello. ¿Sería también una suerte de prisión? Aparte de eso, ¿cuál dirías que es la principal diferencia entre Bowie y Ferry?

Para Bowie se convirtió en una trampa porque sabía que todos esperaban que siguiera moviéndose y mutando. Eso estaba bien cuando sus reinvenciones incorporaban personas nuevas y geniales. Pero después de cierto punto (“Let’s Dance” por ejemplo), sus cambios perpetuos comenzaron a producir resultados nefastos. Como el grupo Tin Machine, en el que era sólo otro miembro de una banda y se dejaba crecer la barba, lo cual no le sentaba bien.

En cuanto a las diferencias entre Bowie y Ferry, creo que Ferry fue mucho más conservador: realmente se adaptó al papel de cantante de ojos tristes, y esa imagen basada en la elegancia clásica del showbiz hollywoodense. Había una cierta dignidad en eso: él decidió construir su concepción sónica que en lo básico se reduce al sonido caro y resbaloso de Avalon / “Boys and Girls”, con una imagen enfundada en soberbios trajes y simplemente se quedó allí. Mientras, Bowie intentaba con desesperación estar a la moda, saltando sobre varios bandwags (tendencias tan geniales que todos quieren montarse en ellas), ya fuera en Tin Machine (un intento de alinearse con el sonido de rock alternativo Pixies / Sonic Youth) o más tarde con Earthling, su bienintencionado y serio pero no del todo exitoso intento de sumergirse en el sonido jungle / drum & bass de Londres. Por lo tanto, había una cierta cualidad poco digna en esto, como el típico hombre de mediana edad que va en picada, con el cabello gris y vistiendo ropas demasiado juveniles. Luego, con Heathen y Reality, se estableció en una especie de papel de estadista veterano no muy diferente al de Ferry.

Otra diferencia es que Ferry sí fue a la escuela de arte, mientras que Bowie no lo hizo. Terminó por robarse ideas de otras representaciones culturales, pero abandonó la escuela a los dieciséis años. Entonces, toda su habilidad vino de ser un autodidacta, de su lectura ávida pero indiscriminada. Y de varios mentores que tuvo, como Lindsay Kemp.

Si tuvieras que escoger, ¿quién sería tu ídolo, Ferry o Bowie?

Realmente no podría. Ambos son unos genios, y al menos por un tiempo, tuvieron el buen olfato de involucrarse con otros talentos a los que les pudieron sacar influencias que de otro modo no hubieran surgido. Por supuesto, un ejemplo de lo que ambos comparten es Brian Eno, quien fue para ambos un catalizador de diferentes maneras. Pero a largo plazo, Bowie demostró tener más sentido que Ferry para buscar personas interesantes con quienes trabajar. Ferry finalmente eligió trabajar con músicos de sesión que para bien o para mal terminaron como empleados y subordinados. Para la época de Avalon, efectivamente convirtió a Andy Mackay y Phil Manzanera en hombres de sesiones musicales.

Hablando de gustos: hace poco, algunos lectores me cuestionaron por qué casi nunca escribo sobre la música que me desagrada; aún no puedo contestar y contestarme con claridad, creo que sería inútil y cargado de odio innecesario. En tu caso, ¿escribes de música, artistas, álbumes que no te gustan?

Lo hago a menudo. A decir verdad, es una de mis actividades favoritas. Hoy no sería tan cruel ni agresivo como cuando era un escritor más joven, porque habiendo escrito libros y recibido críticas sobre ellos, muchas de ellas brutales, que no logran comprender mis motivos adecuadamente, me he dado cuenta de que al menos debes intentar entender lo que el artista trata de hacer. Pero si todavía fallan en sus propios términos, entonces es importante decir eso y explicar por qué fallan. En otro sentido, un crítico puede argumentar por qué ciertos tipos de música son más urgentes o relevantes que otros. En ese caso, no importa qué tan bien hecho o de alta calidad sea un registro o interpretación: si el género o el enfoque artístico es irrelevante o pasado de moda, entonces, en cierto sentido, ¡cuanto mejor sea el registro dentro de esos términos, peor será! Como crítico, lo que rechazas son los términos en sí. Entonces, no importa si, por ejemplo, The Black Keys hacen un registro fantástico en términos de su género y de lo que están tratando de hacer. Para mí, el género en sí es históricamente obsoleto y sus objetivos están equivocados.

Más que escribir reseñas negativas (o reseñas de un género completo o sobre el estado de la música actual), me gusta escribir piezas ambivalentes: por ejemplo, cuando te gustan ciertos aspectos de un grupo o un disco, pero no te gustan los demás. O sientes que el proyecto es admirable en algunos sentidos, pero sospechoso en otros. El libro sobre el glam es bastante ambivalente. Me encantan los discos de Roxy, Bowie, Marc Bolan, Alice Cooper, etcétera, pero a menudo no los considero admirables como seres humanos y cuestiono su filosofía de vida.

Bryan Ferry. Foto: Especial

Sigo con Ferry. El capítulo dedicado a Roxy Music en Como un golpe de rayo sólo llega hasta Siren, y no hablas de los otros discos: Manifesto, Flesh and Blood, y el magistral, enorme, sublime —al menos para mí— Avalon (el sencillo “Avalon” me cambió la vida cuando lo escuché por primera vez, como a los nueve o diez años, con la misma intensidad que a ti Space Oddity). ¿Por qué?

Realmente me gusta Avalon. “More than This” y el sencillo principal son canciones de paisajes sonoros sublimes. Creo que la estética de todo ese álbum es como si Ferry creara su propia versión de la música ambiental, como para decirle a Brian Eno: “Yo también pude hacerlo”. Escribo sobre la carrera posterior de Roxy en la sección final del libro llamado en inglés Aftershocks, que analiza el legado y reverberaciones del glamour a finales de los años setenta, los ochenta, los noventa y en el siglo XXI. Así, Manifesto y Flesh and Blood están descritos brevemente en la página 620 de Como un golpe de rayo y Avalon, con más profundidad, en la página 630. También escribo sobre cómo Ferry logra su sueño de unirse a la aristocracia inglesa, y cómo esto es para él una especie de callejón sin salida espiritual.

La música remoldeada de Roxy de finales de los años setenta produjo algunas canciones pop realmente encantadoras, como “Oh Yeah” y especialmente “Same Old Scene”, pero no creo que nadie pueda decir que son tan interesantes en términos musicales, líricos y vocales como el debut, For Your Pleasure y Stranded. Empiezan a convertirse en un grupo que suena más directo con Country Life y Siren, aunque todavía hay algunas canciones geniales como “Just Another High” y “Love Is the Drug”. Cuando se reformaron, estaban realmente decididos a explotar Estados Unidos, porque era ahí donde se ganarían todo el dinero. Puedes escuchar eso en la música, en cómo se va convirtiendo en frecuencias más comerciales, producidas limpiamente, culminando con Avalon, que es un triunfo sobre su propia forma anodina.

 

“si hay algo peculiarmente británico en el fenómeno del glam, eso tiene que ver con la influencia de la actitud camp y la teatralidad, que proviene de dos extremos diferentes del espectro de clases.”

 

Sin embargo y ya entrados en confianza, no puedo interesarme mucho en la carrera en solitario de Bryan Ferry.

El glam, cómo lo entendemos hoy día, ¿sólo pudo terminar de definirse en el Reino Unido? ¿Cómo ayudó Inglaterra a definir el glam?

No creo que sea por completo un fenómeno del Reino Unido: tienes grupos y artistas estadunidenses como New York Dolls, Alice Cooper, Jobriath, Sparks, Lou Reed y otros, y ciudades receptivas a las ideas glamurosas, como Nueva York y Los Ángeles. Pero si hay algo peculiarmente británico en el fenómeno, eso tiene que ver con la influencia de la actitud camp y la teatralidad, que proviene de dos extremos diferentes del espectro de clases.

Por un lado, tienes la tradición de clase alta del dandismo y la decadencia, y por otro, la tradición del salón de música de la clase trabajadora. También hay un tracción casi automática, derivada de cierta comodidad con la idea de que los hombres se vistan con ropa de mujer que puedes remontar hasta los días de Shakespeare, cuando los papeles femeninos eran interpretados por niños en el escenario. También lo ves en la tradición de la pantomima británica, donde la Dama siempre es interpretada por un hombre regordete en la calle, y hay un papel llamado “chico principal” que es interpretado por una chica flaca y de pecho plano (la más famosa, por ejemplo, Peter Pan). Y desde luego, está el entretenimiento popular, espectáculos de variedades en el teatro y la televisión británica, donde algunas de las estrellas más importantes de cuando yo era pequeño, figuras como Danny La Rue, eran hombres disfrazados de mujeres. Las películas de Carry On, esa serie de comedias vulgares, incluyeron a un par de personajes que eran muy fanáticos del camp, obviamente pretendían ser homosexuales y fueron una especie de escaparate liberado. Luego tienes un espectáculo como Monty Python, donde el elenco, aunque con una excepción, aprovechó cualquier oportunidad para vestirse con ropa de mujer. Así que todo esto es parte de la estructura de la cultura británica: camp, perversión, una aceptación no declarada hacia la personificación gay.

Uno de los entretenimientos más populares de la clase obrera después de la Segunda Guerra Mundial fue una compañía itinerante llamada Soldiers in Skirts [“Soldados con faldas”]. Surgió de la guerra, cuando las compañías teatrales del ejército fueron enviadas a zonas de guerra, como Birmania, para entretener a las tropas, por lo que parte del entretenimiento era ver en el escenario a hombres que interpretaban papeles femeninos.

Creo que personajes como Marc Bolan, Alice Cooper, Bowie y Ferry contribuyeron en buena medida a la visibilización de nosotros los homosexuales, a una integración con respeto a las diferencias. Pero al menos aquí, en México, no los ven con el mismo agradecimiento que a Madonna, Cher o Lady Gaga. ¿Cómo trata la comunidad gay al glam en Inglaterra?

No sé cuál es el aprecio del glam rock en la comunidad gay de hoy. En el momento en que surgió, muchos hombres jóvenes, gays y bisexuales, encontraron que era liberador y afirmaron tener estrellas del pop que hablaban abiertamente sobre ser gay o bisexual. Recordemos que casi todas las estrellas del glam eran heterosexuales, y a menudo de manera desenfrenada (y bastante sexista de hecho). Pero la imagen que presentaron fue, no obstante, progresiva y liberadora. Creo que para muchos jóvenes gays que estaban emergiendo en su sexualidad (para 1972 sólo habían pasado unos pocos años desde la legalización de las actividades homosexuales en el Reino Unido), fue inspirador tener un héroe como Bowie o como Eno vistiendo atuendos ambiguos y camp. Estos jóvenes adolescentes homosexuales se convertirían en la próxima ola de glamur ya en los años ochenta: estrellas como Boy George, Holly Johnson y Paul Rutherfood de Frankie Goes to Hollywood, Marc Almond, Pete Burns, Marilyn y muchos más.

Sin embargo, algunos miembros del movimiento de liberación gay en los años setenta sospechaban que Bowie explotaba la idea de la homosexualidad, en cierto sentido de forma masiva y sin vivir realmente la opresión de la minoría, pues en su entorno era un asunto resuelto y le gustaban las chicas, lo que ponía las cosas relativamente fáciles. La homosexualidad era casi como un accesorio de moda.

Mi libro debería tener un capítulo sobre la música disco, porque fue un movimiento hermano del glam rock: toda esa fantasía sexual, escapismo, brillo y una especie de decadencia alegre (vivir para el momento, deleitarse en el placer, cualquier cosa tenía una connotación sexual y química en la música disco). Musicalmente eran diferentes: el glam rock se sacudía con fuerza, la disco se movía y vibraba. Y el estrellato funcionó de manera diferente en la música disco: la mayoría de las cantantes disco eran divas anónimas, y las estrellas eran los DJs en esa escena. Pero definitivamente hay un vínculo ahí, y por supuesto Bowie y Bolan adoptaron con entusiasmo el sonido disco-funk de mediados de los años setenta.

David Bowie
David Bowie. Foto: Especial

¿Tienes un filósofo favorito cuyas ideas te ayuden a construir tus textos musicales?

Son varios los filósofos y escritores que han sido mis guías espirituales en diferentes etapas de mi carrera. Cuando era más joven, en los años ochenta, fueron Nietzsche, Roland Barthes, Michel Foucault, Julia Kristeva y gente así. En los años noventa cambié, para incluir figuras como Paul Virilio, Gilles Deleuze y Felix Guattari: pude ver muchas afinidades entre sus ideas y la música rave y techno en la que me encontraba en ese entonces. En el siglo XXI, cuando comencé a pensar en la cultura retro y la naturaleza de la temporalidad, me influyeron las obras de Walter Benjamin y Derrida, textos como Mal de archivo y Espectros de Marx, en particular su concepto de hauntología. Con este nuevo libro sobre el glam rock he buscado inspiración en lugares inusuales, a menudo trabajos eruditos que han sido olvidados en gran medida. Diría que los tres libros más influyentes en Como un golpe de rayo son The Antitheatrical Prejudice, de Jonas Barish, que es un fascinante análisis histórico sobre el miedo al teatro, la mímesis y la mutabilidad en la cultura occidental que se remonta a Platón; Stolen Lightning: The Social Theory of Magic de Daniel Lawrence O’Keefe; y The Denial of Death [La negación de la muerte] de Ernest Becker, que examina el deseo de ser un héroe, para así escapar de la insignificancia y la mortalidad, que se manifiesta psicológica y culturalmente. También encontré inspiradoras y reveladoras las obras de Oscar Wilde, y muy relevantes para el glam rock. De hecho, describo a Wilde como el primer filósofo del glam rock.

 

“algunos miembros del movimiento de liberación gay en los años setenta sospechaban que Bowie explotaba la idea de la homosexualidad, en cierto sentido de forma masiva y sin vivir realmente la opresión de la minoría.”

 

¿Cuál es la peor reseña que has leído?

De momento no puedo recordar una. Es la memoria que hace su trabajo: descarta todas las cosas mediocres o malas que pasan por el cerebro, ya sean reseñas, programas de televisión, música o películas insignificantes o lo que sea. He recibido algunas críticas sobre mis libros totalmente infundadas y mal concebidas, donde parece que el crítico ha entendido mal lo que yo trato de hacer y de dónde viene. Muy pronto te das cuenta, al ser reseñado ya sea de manera positiva o negativa, que en realidad una reseña dice más sobre el crítico que sobre lo que se critica. Un escritor siempre está, en cierto sentido, creando un pequeño poema, un canto a mí mismo como lo hizo Whitman, al margen del tema explícito sobre el que escribe. Eso se aplica a la mayoría de las formas de escritura, excepto tal vez el periodismo que informa sobre asuntos objetivos, de actualidad o economía. Pero cualquier tipo de escritura que involucre respuestas personales y de personalidad tendrá un elemento que es como una autobiografía sublimada o desplazada.

¿Que opinión tienes del reguetón? Al menos en México este género desata auténticas guerras entre quienes lo defienden y lo desprecian sin matices…

No soy un fanático, aunque me gustan los equivalentes al reguetón en otras culturas, como el dancehall, reggae, afrobeats o funk carioca en las favelas de Brasil. En términos generales, me gustan estas formas de música bulliciosa de la calle que tratan sobre el baile, las drogas, la delincuencia y las mujeres. Al igual que en diferentes países alrededor del mundo, también obtienes este tipo de música de fiesta en diversas ciudades de Estados Unidos: estilos locales como el bounce de Nueva Orleans, el hyphy de San Francisco, juke y footwork de Chicago, etcétera. Y tienes equivalentes en diversas áreas de la clase trabajadora o del centro de las ciudades en el Reino Unido: donk en el norte de Inglaterra, similar al rap pero a una velocidad de infarto cardiaco, 150 beats por minuto, agresivo y brutal; o el grime [mugre] en Londres. Para mí, esto es una zona de la sociedad, el lumpen-proletario según Marx, también conocido como juventud del ghetto, de donde provienen muchas ideas musicales apasionantes, en particular las relacionadas con el ritmo. También hay en esta música un deseo de personas que llevan vidas difíciles y necesitan salir el fin de semana y pasar un buen rato. Así que aprecio la ferocidad y el espíritu hedonista de este tipo de música, su furia y su alborotado lanzamiento. Sin embargo, por las razones que sean, suelo encontrar que el reguetón es un poco aburrido y poco comprometido con la calle. Tal vez no he escuchado las cosas buenas.

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