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Foto: Especial
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Nadie interpreta mejor las canciones de Dylan que Dylan, profirió en alguna ocasión un crítico a propósito de un tributo a Bob. La frase se convirtió en axioma. Podría parecer un disparate pero es verdad. Cuando uno escucha I’m Not There (el soundtrack de la ficción documental sobre su leyenda) o Chimes of Freedom (el cuádruple que le organizó Amnistía Internacional), por mencionar sólo dos de los últimos discos tributo que se le han hecho, ocurre que a uno le entran unas ganas endemoniadas de oír las versiones originales. Entonces quitas cualquier disco homenaje y vas a la fuente de la verdad. Porque para cualquier dylaniano irredento los cóvers son lo mismo que para cualquier amante de la Biblia al que ponen a leer la Biblie for Dummies.

Hace unos días el New York Times publicó un artículo donde Chuck Klosterman se preguntaba cómo será recordado el rock en el futuro. Su hipótesis contempla que a través de una sola figura. Y arroja una moneda al aire. Elvis o Dylan. Si el futuro se decanta por el Rey, el rock será considerado espectáculo. Si lo hace por Dylan, “la autenticidad lírica se vuelve todo; el rock se califica como un arte intelectual, entrelazado a la tradición folclórica”. Pero lo que Klosterman no menciona es que Dylan ha sido versionado en 25 mil ocasiones. Y Presley, con toda su preponderancia, no es un artista que inspire tantos discos tributo. Entonces quizá la respuesta es que el futuro ya se está perfilando. Es probable que la leyenda de Dylan se preserve hasta el final de los tiempos.

El tributo más reciente desencadenado por el fenómeno es Songs of Bob Dylan (2017), de Joan Osborne. Nacida en Anchorage en 1962, Osbourne conoció las listas de popularidad por su hit “One of Us” de 1995. El grunge estaba de salida y la invasión inglesa comenzaba a causar estragos. Pese a contar con una voz llena de personalidad, el segundo disco de Osbourne sería fallido, lo mismo el siguiente. Y el siguiente. Y el siguiente. De la generación a la que pertenece Osbourne, también Jewel, Paula Cole han visto cómo sus carreras se han desdibujado, Sheryl Crow es la que ha sacado mejor partido, pero también ha dejado de sonar en la radio.

Para cualquier dylaniano la salida de un disco de cóvers sobre Dylan es una provocación.

La crítica ha sido consentidora con Songs of Bob Dylan. En la mayoría de publicaciones medianamente serias el disco ha sido calificado con cuatro estrellas. Para cualquier dylaniano la salida de un disco de cóvers sobre Dylan es una provocación. Independientemente de la calidad del disco va a comprarlo. En esa otra guerra, que no es mencionada por Klosterman, la de la memorabilia, también Bob lleva la delantera. En este departamento sólo es superado, junto a los Beatles, por los Rolling Stones.

Las cuatro estrellas de Songs of Bob Dylan son engañosas. Qué mejor manera de retomar tu carrera que con un tributo a Dylan. Sin embargo ocurre lo mismo de siempre. Mientras escuchas “Trying to Get to Heaven” con la Osbourne te entran unos deseos incontrolables de escucharla en voz de Dylan. Es normal que un disco de estos despierte la conmiseración. Pero una escucha a fondo no la resiste por una sencilla razón. Osbourne no arriesga nada. Por el contrario. Cae en todos los lugares comunes del rock para adulto contemporáneo. Las cuerdas, los metales, etcétera.

Hay cosas rescatables, por supuesto. Pero un disco de cóvers de este tipo lo escuchas todo el tiempo o sólo lo escuchas una vez, para procesar la info, y lo mandas a la repisa con los otros tributos a Dylan. Este último es el caso del atrevimiento de Joan Osbourne. Pasa hasta con el mismo Dylan. A quién de sus fans no se nos ha ocurrido poner el disco de Christmas in the Heart antes de la cena de navidad y gozar del abucheo general de la familia.

Uno de los discos de cóvers que más me han sorprendido es Wicked Grin, el quitadón de sombrero que hace John Hammond Sr. ante el cancionero de Tom Waits. Si bien las versiones de Hammond están insufladas del sonido del Waits de sus años post Atlantic, son versiones que te hacen levantarte de la silla. Que te meten chingaderas en el cuerpo. Nada de eso ocurre con el disco de Osbourne. “Rainy Day Woman #12 & 35” y “Highway 61 Revisited” son las rolas más rescatables. El problema es que el disco luego se convierte en un abanico de estilos. De pronto estás arriba y dos tracks después te estás durmiendo. El disco de Hammond tiene un sentido de unidad del que Songs of Bob Dylan carece.

La música de Dylan sigue despertando pasiones. Y también traicionando a sus seguidores, sean Joan Osbourne o no. Te puede crear la ilusión de que te va a resucitar pero
en realidad te va a hundir más. 

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