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Juan José Arreola. Foto: Especial
Juan José Arreola. Foto: Especial

“Yo señores, soy de Zapotlán el Grande. Un pueblo que de tan grande nos lo hicieron Ciudad Guzmán hace cien años. Pero nosotros seguimos siendo tan pueblo que todavía le decimos Zapotlán. Es un valle redondo de maíz, un circo de montañas sin más adorno que su buen temperamento, un cielo azul y una laguna que viene y se va como un delgado sueño”: así inicia Juan José Arreola (Zapotlán el Grande, 21 de septiembre, 1918-Guadalajara, 3 de diciembre, 2001)  De memoria y olvido, esa carta de presentación que nos pone frente a frente con la luminosa oratoria de uno de los prosistas mayores de la lengua castellana.   

Autodidacto que a los doce años leía a Charles Baudelaire, Walt Whitman, Giovanni Papini y Marcel Schwob, Arreola legó un catálogo desenfrenado, voluptuoso, impúdico y hasta orgiástico en ese libro de culto que es Bestiario (1972). Pero, antes ya había publicado Varia Invención (1949), Confabulario (1952) y Palindroma (1971): tres cuadernos de tempestades lingüísticas volcadas en incitantes extensiones teológicas de apegos metafísicos en las rutas de Franz Kafka y Jorge Luis Borges.

Gráfico: La Razón de México

El autor de El rinoceronte es un heterodoxo cabal. Supo hurgar en los textos bíblicos para conformar parábolas que le dictaban sus obsesiones desbordadas. Dogma teológico y cosmología (ciencia) en extravíos que confluyen en un principio estético de absoluta animación barroca colindante con el Quevedo de Sueños y discursos (De Confabulario: “El converso”). Humor que aborda lo divino en desdoblamiento irónico: “Creo que esto no se acostumbra: dejar cartas abiertas sobre la mesa para que Dios las lea” (“El silencio de Dios”).

En su única novela La Feria (1963), informe de Zapotlán el Grande estructurado en un inquietante calidoscopio de imágenes en que el pasado converge con el presente en incidentes afines y paralelos de singular enunciación: Arreola construye el más atrevido piélago narrativo de la literatura mexicana. Interrupciones de reciprocidades en yuxtaposiciones de voces (perspectivas) en una terracota, lienzo múltiple, sobre la festividad de San José, patrono de Zapotlán.

“Leo todas las noches de mi vida, salvo en las ocasiones en que estuve enamorado, y que ni la lectura me podía aliviar, me aliviaba sólo el ajedrez porque al ajedrez le debo el haber podido dejar a la mujer plantada

Juego de ajedrez (el autor de Monólogo del insumiso era un consumado e imbatible ajedrecista) en ritmos de continuidades que se proyectan a la deriva. Fragmentaciones, suspensiones, pausas discursivas, obstinatos acompasados (Bach, Coltrane…): collage desafiante. Hay cierta contigüidad con Rayuela, de Cortázar, publicada también en 1963.  La Feria es una de las más grandiosas novelas de la narrativa hispanoamericana: correlaciones casuales, interacciones alternas en que lo acaecido se entronca y se desanuda con la presencia.

Revisitar la obra de Arreola es una suerte de reencuentro con el encantamiento, con la magia de una prolijidad que nos deja pasmados. Me detengo en esa obra maestra que es el relato “El Guardagujas” de Confabulario; cruzo el puente y llego al puerto de Palindroma: “Profilaxis”, “Receta casera”, “La disyuntiva”, “Envío” o “Doxografías” conforman momentos clave de la narrativa aforística castellana. Llego a Varia Invención, el libro más cercano a Marcel Schwob del escritor jalisciense: me deleito con el gozoso diario del que Hizo el bien mientras vivió, “El cuervero” y “El fraude”, entre otros prodigiosos textos. 

Juan José Arreola o la dimensión de un fabulador que nos enseñó a leer el mundo en las rutas de los enigmas, desde las orillas donde el silencio proclama las huellas del rastro de Dios. “Veo a los hombres en torno a mí, llevando vidas ocultas, inexplicables”, escribió en “El silencio de Dios”: quizás toda su obra su funda en la tentativa por develar esos índices recónditos de los gestos humanos.

  • El Dato: El escritor aprendió de forma autodidacta. El recuento de los autores que leyó y lo influyeron incluye a Goethe, Jules Renard y Neruda, entre otros.

Distinciones que recibió

El magnífico jugador de ajedrez fue acreedor de diversos galardones.

  • Premio Xavier Villaurrutia de Escritores para Escritores por La feria, 1963
  • Premio Nacional de Periodismo por su participación en televisión, 1977
  • Premio Nacional de Lingüística y Letras, 1979
  • Premio Internacional de LiteraturaJuan Rulfo, 1990
  • Premio Internacional de Literatura Alfonso Reyes,1995

Carlos Olivares Baró

Carlos Olivares Baró

Carlos Olivares Baró es columnista fundador de La Razón. Ha publicado la novela La Orfandad del Esplendor y el libro de textos periodísticos Un Sintagma por Aquí, un Estribillo por Allá. Profesor universitario y conferencista de música y literatura en varias instituciones culturales de México. Sus textos han aparecido en publicaciones de España, Cuba, Puerto Rico y México. Publica en este diario semanalmente las columnas de reseñas y comentarios de discos y libros, El Convite y Las Claves.
Carlos Olivares Baró