Nunca creí en el amor a primera vista hasta que la vi entrar a la oficina, iba vestida con sobriedad, una falda gris y una blusa de seda, aunque, para ser francos, eso de sobriedad era solo un decir pues la falda entallada resaltaba sus curvas, y la blusa de seda color hueso era ligeramente transparente por lo que, al estar a contraluz, no dejaba nada a la imaginación y si a eso le sumamos unos zapatillas de pulsera con un tacón alto, era imposible no verla, admirarla, desearla o incluso, como me pasó a mí, enamorarse injustificada, absurda, perdidamente.

Pero si bien, antes no conocía el amor a primera vista, era especialista en el desamor, en ese cruel destino de no ser correspondido por la persona de tus afectos, que no importa cuánto, cómo, dónde o por qué demuestres el amor, este rebotará en la más fría de las emociones, la indiferencia. Esa costumbre me hizo guardar ese amor extraño e irracional en el más olvidado rincón de mi psique, ahí donde iba dejando aquello que me hacía o me había hecho daño y aunque, este no fuera el caso, mi mente le incluía un “aún” como epílogo a lo que mi corazón clamaba por iniciar.

Los primeros días fue relativamente sencillo, evitaba verla en toda forma posible aunque poco a poco, el resto de mis sentido se confabularon en mi contra, el aroma de su perfume me llegaba desde lo más recóndito del área de café y me encontraba, sin darme cuenta, cerrando los ojos en una inspiración profunda mientras me estremecía de anhelo, mi oído aprendió a identificar el taconeo y podía aislarlo de todo ruido de fondo, así que, a pesar de no verla, sabía perfectamente donde estaba y si me descuidaba un poco, terminaba dirigiéndome hacia donde estuviera buscando inconscientemente, toparme, cruzarme, chocar, o cederle el paso para que su sonrisa de educada gratitud, me hiciera sonreír como idiota el resto del día soñando despierto en decenas de situaciones descabelladas en las que yo iba desde el héroe hasta el objeto de su deseo, llegaba incluso, a imaginar diálogos completos que terminaban, invariablemente con ella dentro de sus brazos, en un apasionado beso.

Era inútil, por mucho que quería apartar la emoción y cerrarme a cualquier ilusión, esta seguía apareciendo, en las noches me despertaba sudoroso con el corazón latiendo apresuradamente, con su imagen resaltando en la oscuridad y, aunque pareciera increíble, su aroma flotaba en el ambiente.

Esperé que, el tiempo que todo lo cura, fuera disminuyendo mi ansia, que transformara ese amor a simple vista en un anécdota difícil de creer pero, no fue así, me encontré contando los minutos para verla a la mañana siguiente y los días que ella tenía que permanecer en la oficina por alguna razón, yo me inventaba cualquier excusa o retraso para permanecer hasta que ella se fuera y hacía como que hacía hasta que ella terminaba, entonces salía disparado para chocar después de que lo hiciera y compartir elevador hasta el estacionamiento donde me hacía tonto hasta que se subía a su carro para irse y solo minutos después, tomaba la rampa esperando alcanzar algún autobús que estuviera retrasado.

Según yo, guardaba bien mis emociones hasta que un buen día, fui convocado al despacho del director general. Ahí se encontraba la encargada de recursos humanos, el abogado de la empresa y sentado tras el escritorio de cristal totalmente vacío el hijo mayor del fundador que cada vez más, interpretaba las funciones que al menos en papel, aún eran de su padre.

No pretendo describir la humillación y la vergüenza, baste decir que los vídeos que me mostraron eran prueba suficiente para que presentara mi renuncia con carácter de irrevocable, era eso o el despido y la subsiguiente demanda por acoso laboral.

El vídeo me mostraba a mí, o mejor dicho, a un sujeto con mi rostro pero que miraba lascivamente a una empleada, que la seguía con los ojos mientras se relamía los labios y pasaba horas sentado con las manos en el teclado sin presionar una sola tecla, volteando de un lado al otro hasta posar sus ojos sobre ella poniendo, después, sus manos sobre el regazo, en una más que sospechosa y asquerosa suposición murmurando y frunciendo los labios en la representación de un beso; que sin hacer nada productivo para la empresa, sin ninguna asignación especial, esperaba hasta el anochecer para seguirla al estacionamiento y permanecer oculto tras una columna, viéndola subir a su vehículo.

El dolor más fuerte, fue ver el rostro de su amada, el rictus de temor, el ver las manos temblar mientras buscaba frenéticamente las llaves en su bolso y el llanto de alivio al salir del estacionamiento.

Argumenté que no era lo que pasaba, que no tenía ninguna intención oculta, que no estaba acosándola, que no buscaba incomodarla, que la amaba profundamente pero, era inútil, el amor a primera vista es imposible de explicar y aunque mis palabras hicieran eco, lo que corría en el vídeo, a simple vista… no era lo que sentía.

Aún sigo soñándola, no puedo acercarme a la empresa pero, desde el techo del edificio enfrente del sueño, tengo una vista privilegiada de su habitación y algún día, me armaré de valor, le confesaré mi amor y entonces, todo ello que he pensado vivir con ella… se hará realidad… lo sé… lo soñé.

Latest posts by Raúl Sales (see all)

Compartir