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Ilustración: Norberto Carrasco, La Razón

La primera vez que tuve conocimiento de Sergio Pitol (Puebla, 1933–Xalapa, 2018) fue por una novela traducida por él: Las Puertas del Paraíso, del polaco Jerzy Andrzejewski (1909 -1983): fábula mística y enigmática que me marcó para toda la vida. Otros libros cruciales en mi formación fueron trasladados al español por el autor de El tañido de una flauta: Otra vuelta de tuerca, de Henry James,  El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, Un drama de caza, de Antón Chéjov, Madre de Reyes, de Kazimiers Brandys, Diario de un loco, de Lu Hsun… / Después vinieron los libros suscritos por él: nunca olvido cómo leí de un tirón, una noche lluviosa de mayo de 1990: Domar a la divina garza, relato de entusiasmos extremos y de equívocos en la ciudad de Estambul.

Lo conocí en el Puerto de Veracruz en 1995. El musicólogo Helio Orovio y yo fuimos invitados a dictar una conferencia: Alejo Carpentier y la música afrocubana. Yo me detuve en la correspondencia entre la prosa barroca del autor de El reino de este mundo y el jazz afrocubano. Sergio Pitol estaba sentado en la primera fila del auditorio. Fue Orovio, quien me avisó de su presencia. Terminamos, y el narrador nacido en Puebla se acercó muy amable a conversar con nosotros. “Yo no sabía del grupo que usted presentó, Irakere, y menos la obra Misa Negra, que estoy de acuerdo: después de escucharla, es una traslación de la prosodia verbal de Carpentier a la música afrocubana.”

Pitol conversaba despacio, pausadamente. Rompía las palabras en sílabas acompasadas. Cada vez que visitaba Xalapa iba a saludarlo. Me habló muchas veces de su viaje por todo el Caribe cuando era un adolescente. Sus caminatas por Moscú, Praga y Budapest.  Sus estancias en Roma, Barcelona, Pekín y Varsovia. “La ciudad extranjera se hace de uno cuando la caminamos. Una ciudad es su olor y también su sol. El sudor de las mujeres en los mercados. Mira que he viajado, nunca me han gustado las fotos. Han sido mis manos, mis ojos y mis piernas los testigos de mis andanzas. Viajar es trajinar por la polvareda de los sitios que descubrimos”, me dijo en una de mis visitas a su casa de Xalapa.

Cuando se cumplieron 10 años del suicidio de Sándor Márai por  un tiro en la cabeza aquel fatídico febrero de 1989 en San Diego, me llamó por teléfono para decirme que fuera a visitarlo: “Tenemos que rezar juntos por Sándor Márai y leer algunos párrafos de El último encuentro, una novela que acaban de traducir al español y se la quiero regalar, aquí la tengo. Venga a verme y le cuento de este hombre que decidió quitarse la vida a los 88 años. Un acto heroico. ¿Verdad?” Le debo a Pitol mi encuentro con el autor de La Gaviota.

El autor de Pasión por la trama miraba con suavidad inflamada. Se detenía en los ojos de los otros. Sonreía impuntual y cómplice. / Yo le contaba de Reinaldo Arenas y él me hacía cuentos de Bernhard en Viena. Yo le mostraba un paso de chachachá y él me hablaba de la Ópera de Pekín. Yo le leía pasajes en cubano de Tres tristes tigres, de Guillermo Cabrera Infante, y él me recitaba en ruso a Alexander Pushkin. Yo le describía el asma de Lezama Lima y él me departía del poeta colombiano  Darío Jaramillo. Yo le decía de Hemingway en La Habana y él me relataba del Kurtz de El corazón de las tinieblas. /  Conversar con Sergio era como arrumbar en la sinuosidad de una sutil cadencia  de suave espesura.

“El escritor sabe que su vida está en el lenguaje, que su felicidad o su desdicha dependen de él. He sido un amante de la palabra, he sido su siervo, un explorador sobre su cuerpo, un topo que cava en su subsuelo; soy también su inquisidor, su abogado, su verdugo. Soy el ángel de la guarda y la aviesa serpiente, la manzana y el árbol y el demonio”, escribió en El mago de Viena de Tríptico de la memoria.

La literatura como otra representación de lo existente, posiblemente la más auténtica. La imaginación al servicio de lo palpable. Allí donde la realidad se sublima, la poesía se compendia en apariencia luminosa. / “La literatura es una forma íntima de la utopía, no hay tal lugar, pero en la literatura es posible, es habitable. Hay que luchar con el ángel hasta alcanzar la bendición”, decía en medio de la penumbra de la sala de su casa en Xalapa. / Pitol se dejó atrapar por el lenguaje y convivió en la espina de su almanaque. / Un cosmos que es un patio de sosiego: un árbol crece en la presencia del tiempo que estalla sigiloso en la sonata de Dios.   

Escucho el silencio atribulado de un violín. La asimetría del ancladero traza la vacilación. Un delirio se arrebuja en la luz. Distintas circunstancias o quimeras se hacen posibles en la conjetura del desfile del amor. Sergio Pitol baila un vals a la intemperie.

El mago de Viena

Por Sergio Pitol

En Xalapa donde me instalé en 1993, nació un último libro: El arte de la fuga, una summa de entusiasmos y desacralizaciones que a medida que transcurre se convierte en resta.

Los manuales clásicos de música definen la fuga como una composición a varias voces, escrita en contrapunto, cuyos elementos especiales son la variación y el canon, es decir, la posibilidad de establecer una forma mecida entre la aventura y el orden, el instinto y la matemática, la gavota y el mambo.

En una técnica de claroscuro, los distintos textos se contemplan, potencian y deconstruyen a cada momento, puesto que el propósito final es una relativización de todas las instancias.

Abolido el entorno mundano que durante varias décadas circundó mi vida, desaparecidos de mi visión los escenarios y los personajes que por años me sugirieron al elenco que puebla mis novelas, me vi obligado a transformarme yo mismo en un personaje casi único, lo que tuvo mucho de placentero pero también de perturbador. ¿Qué hacía yo metido en esas páginas? Como siempre, la aparición de una forma resolvió a su modo las contradicciones inherentes a una fuga.

Los cuentos de Infierno de todos, mi primer libro, ingenuos, torpones, almidonados en su perversidad, susceptibles de cualquier descalificación que se les pudiera adjudicar, revelan, sin embargo, algunas constantes que sostienen lo que pomposamente podría designar como mi ars poetica. El tono, la trama, el diseño de los personajes son obra del lenguaje. Mi acercamiento a los fenómenos es parsimoniosamente oblicuo.

Existe siempre un misterio al que el narrador se acerca pausada, morosamente, sin que a fin de cuentas logre del todo la incógnita propuesta. En el acercamiento a esa oquedad existente en medio del relato, en las vueltas en las que la palabra da en torno a ella, se realiza la función de mi literatura. Escribir me parece un acto semejante al de tejer y destejer varios hilos narrativos arduamente trenzados donde nada se cierra y todo resulta conjetural; será el lector quien intente aclararlos; resolver el misterio planteado optar por algunas opciones sugeridas: el sueño, el delirio, la vigilia. Lo demás, como siempre, son palabras.

NO SABER NADA. Cuando traduje el diario argentino de Gombrowicz, encontré un fragmento que me interesó mucho y que sentí casi como propio: “Todo lo que sabemos del mundo es incompleto, es inexacto. Cada día se nos presentan mayores datos que anulan un conocimiento previo, lo mutilan o lo ensanchan. Al ser incompleto ese conocimiento previo, lo mutilan o lo ensanchan. Al ser incompleto ese conocimiento es como si no supiéramos nada.

Fragmento

Carlos Olivares Baró

Carlos Olivares Baró

Carlos Olivares Baró es columnista fundador de La Razón. Ha publicado la novela La Orfandad del Esplendor y el libro de textos periodísticos Un Sintagma por Aquí, un Estribillo por Allá. Profesor universitario y conferencista de música y literatura en varias instituciones culturales de México. Sus textos han aparecido en publicaciones de España, Cuba, Puerto Rico y México. Publica en este diario semanalmente las columnas de reseñas y comentarios de discos y libros, El Convite y Las Claves.
Carlos Olivares Baró